“A 75 años de la erupción del volcán Paricutín”. Por Hénoc Pedraza

A 75 AÑOS DE LA ERUPCION DEL VOLCAN PARICUTIN
José Revueltas y su visión del Paricutín

Por Hénoc Pedraza*

Dionisio Pulido, la única persona en el mundo que puede jactarse de ser propietario de un volcán, no es dueño de nada. Tiene, para vivir, sus pies duros, sarmentosos, negros y descalzos, con los cuales camina en busca de la tierra: tiene sus manos, totalmente sucias, pobres hoy, para labrar, allí en donde encuentre abrigo. Sólo eso tiene: Su cuerpo desmembrado, su alma llena de polvo, cubierta de negra ceniza.
José Revueltas

El 20 de febrero de 1943, a las 5:00 de la tarde hizo erupción el Volcán Paricutín, en el pueblo del mismo nombre al cual destruyó. En Purhépecha Paricutín significa: “A un lado del camino”. “En aquel lado”.
El Paricutín es considerado el volcán más joven del siglo XX, la lava que expulsó abarcó 11 kilómetros y su secuencia principal de actividad duró nueve años; Así, el diario que circulaba a nivel nacional, EI Popular, que dirigía el maestro Vicente Lombardo Toledano, mandó al joven escritor de izquierda José Revueltas, de veintinueve años, que, como periodista, era un observador implacable, minucioso, conmovido, un magnífico reportero, para que hiciera un reportaje sobre la erupción del Volcán Paricutín.


El trabajo lo realiza Revueltas en Uruapan, cuarenta días después de la erupción; el resultado es un texto de once cuartillas que publico por entregas, del 9 al 11 de abril de 1943, con el título de “Visión del Paricutín”; por su importancia, el reportaje de Revueltas fue republicado, en el suplemento cultural, de la revista Siempre! La Cultura en México, que dirigía el maestro Fernando Benítez, el 2 de noviembre de 1976, también Carlos Monsiváis lo publicó en su libro: A ustedes les consta en 1980. Hoy figura en las obras completas de José Revueltas, en el volumen 24, publicado por editorial Era.

El siguiente texto se basa exclusivamente en lo anterior.
El 2 de abril de 1943, José Revueltas y su compañero fotógrafo Mayo, considerado en esa época uno de los mejores fotógrafos del país. Llegan a Morelia de donde toman un camión hacia Uruapan, para realizar su reportaje sobre la erupción del volcán Paricutín.
En el camino Revueltas lee una biografía del conquistador español Francisco Pizarro. “En Uruapan –narra un pasajero cercano a Revueltas– a las doce del día se tuvo que encender la luz en las calles, porque era imposible ver de tanta arena. Dicen que se hunde uno hasta las rodillas en la arena por las calles de Uruapan”.
Hacen una escala en Paracho. La gente de este pueblo le parece al escritor de una actitud comunicativa, risueña y dispuesta a explicar cuanto se le pregunte sobre el Volcán Paricutín. Llegan a Uruapan, por la tarde y se hospedan en el Hotel Progreso.Al día siguiente, Revueltas observa que la gente de Uruapan se mueve de un lado para otro, aprehensiva y sin la desenvoltura como la de Paracho. “Los transeúntes –escribe– con el paño en la boca para no aspirar el polvillo del volcán, cruzan la acera mirando turbiamente los montones de negra ceniza. La gente de Uruapan es escéptica”.
Sobre las famosas carnitas de Uruapan cae una fina lluvia de polvo. Casi no pueden comerse de tanta tierra. Y a Revueltas le toca estar también en la ciudad, cuando en pleno día cae una fuerte lluvia de arena y ceniza procedente del volcán, que deja a oscuras a la ciudad, es el día hecho noche en Uruapan, “un sudario negro sobre el paisaje” escribe también Revueltas. Posteriormente él y su compañero, parten de Uruapan para acercarse lo más posible al volcán. Se van en camión en donde caben treinta personas de manera apretujada, pero antes de salir, a una persona se le ocurrió informarle al grupo de gente, que ya estaba lista para salir, lo siguiente: “se apagó el volcán, ya no vayan; aquello es puro humo: Lo dijo a voz de cuello y parecía muy satisfecho de haberles hecho un favor”. Los turistas lo miraron con ojos de rabia, como diciendo: ¿y a él qué le importa?“A qué diablo tenía que meterse con el volcán, –agrega Revueltas– propiedad común, belleza del pueblo, más del pueblo que de todas las honorables legislaturas juntas y que todo lo más inalienable de los ciudadanos!”
En efecto, la gente que llega de fuera quiere ver al volcán, está dispuesta a cualquier sacrificio con tal de admirar la majestuosa, la imponente fumarola del Paricutín, en el día o en la noche; más tarde el escritor y militante de izquierda, arriba a la zona del volcán por el Noroeste, con sus guías Purhépechas, Manuel Mateo y Delfino Rangel, a una distancia aproximada de ciento cincuenta metros.Esta osadía les vale soportar –mientras huyen despavoridos– una terrible granizada de arena gruesa. De tal manera que aquí, Revueltas estuvo bajo el fuego del “pequeño y hermoso monstruo volcánico” como él lo define. Conoce en el pueblo de Paricutín, al indígena Purhépecha Dionisio Pulido, dueño de la parcela donde surgió el volcán que sepultaría las verdes campiñas del pueblo, su antigua tierra fértil, hoy calcinada. Dionisio Pulido es propietario de un volcán, no es dueño de nada más en el mundo. “Son delgados los tarascos de Paricutín –dice Revueltas– y se han vuelto de arena ellos también, como sin sonido”. Está cerca de la gente de los pueblos cercanos al Paricutín, platica con ellos, ve sus ojos: “He visto los ojos de la gente de San Juan Parangaricutiro, de Santiago, de Zacán, de Angahuan, de San Pedro, y todos ellos tienen un terrible, siniestro y tristísimo color rojo. Parecen como ojos de gente perseguida, o como de gente que veló durante noches interminables a un cadáver grande, espeso, material y lleno de extensión.


O como de gente que ha llorado tanto. Rojos; llenos de una rabia humilde, de una furia sin esperanza, y sin enemigo. Dicen que es por el implacable y adverso elemento que penetra entre los párpados, irritando la conjuntiva. Quién sabe. Creo que nadie lo puede saber”.
También aquí José Revueltas, hace una fuerte crítica sociopolítica: “En San Juan Parangaricutiro hay un fervor religioso, una fe extraída del fondo más profundo de la especie, cuando el hombre huía de la tempestad y un Dios frenético ordenaba el destino. Tarascos de Zirosto, de Santa Ana, desfilan en procesiones tremantes, arrodillados, despellejándose la carne, piden perdón y que las puertas de la Gloria, se abran para sus almas desamparadas, definitivamente sin abrigo.Las procesiones se realizan llevando enfrente una bandera nacional y junto a ella, otra, de la Unión Nacional Sinarquista”.
Revueltas concluye su trabajo con la impronta de dos visiones cruzadas, la de la ciudad de México de noche con sus luces, cuando van llegando a la gran urbe, y la imagen del Volcán Paricutín: “cuando el día 6 por la noche, avistamos el valle de México y la luminosa pedrería de la ciudad le pregunté a Mayo: “¿No te parece la ciudad de México, en estos momentos, con sus millones de luces, como la falda del Paricutín después de un bocanada de fuego?”. Mayo asintió silenciosamente con la cabeza.

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* Henoc Pedraza Ortiz es Maestro en Filosofía de la Cultura por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Profesor en diversas universidades. Exdirector de Cultura en el Ayuntamiento de Uruapan.

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