“Adagio”. Por Santiago Galicia Rojon Serrallonga

ADAGIO

Por Santiago Galicia Rojon Serrallonga*Te amo 

La gente insiste, cuando la encuentro en las calles, en conocer tu identidad. Busca, a hurtadillas, algún indicio en las páginas de mi libreta de apuntes, en las hojas donde anoto los poemas que me inspiras, en los libros que leo, como si tu nombre y tus apellidos estuvieran inscritos a mi alrededor, ligados a los textos literarios, plasmados en las palabras que escribo y pronuncio. Nadie desconoce mi locura. En las plazas, en los cafés al aire libre, en los museos y en los teatros, todos preguntan si existes y hasta sienten curiosidad por conocer tu rostro y tu sonrisa de niña consentida, como te he definido, acaso por llamarte color de mi vida y ángel de mi cielo, probablemente por admitir que me descubro en tu mirada de espejo, quizá por expresar que de tu belleza natural construyo un poema, tal vez por todo. Te he descrito en mis cartas de amor, en mis confesiones diarias, en mi romancero, hasta aceptar que eres mi musa, mi compañera de juegos y la otra parte de mí; sin embargo, hay quienes preguntan por ti y algunos más, en tanto, escudriñan mis palabras y conductas, como si fueras mi invención, mi capricho o mi obsesión. Desean mirar un retrato tuyo, una fotografía o una pintura que te defina o descorra el telón de tus rasgos enigmáticos, leer o escuchar accidentalmente tu nombre y tus apellidos, comprobar que tus manos no necesitan disfrazarse con barnices y que tu rostro y tus ojos no requieren ornamentos artificiales, precisamente porque en estos días de inmediatez casi resulta imposible coincidir con seres etéreos, con criaturas extraordinarias, sublimes e inolvidables. ¿Definiría tu rostro, tus manos y tus ojos, a los que alguna vez, embelesado, compuse mis creaciones literarias, cuando sé que mañana y los días que siguen transitarán a otros ciclos? Quienes hoy preguntan por tu voz, por tu semblante, por tu aspecto, estimulados por la debilidad que produce en la naturaleza humana la curiosidad, ¿estarían dispuestos a amar, después de rendirse la hermosura y la lozanía juvenil ante la caminata de los años, los rasgos tiernos de una ancianidad iluminada por la dicha de una biografía especial? La medida del amor no son la belleza física ni una noche placentera que posteriormente se olvida o sustituye por otros apetitos; es, parece, el sentimiento del que brotan la vida y la luz, la alegría y la fidelidad, la inmediatez y la eternidad, tú y yo. Me encantan tus facciones y el perfume de tu piel, tu cabello y hasta tu estatura; pero me subyuga, cuando visito la morada de tu ser, el resplandor que irradias. Las personas que leen el poemario que me inspiras, el amor que transformo en letra y arte, reconocen en mis obras el canto que hago de ti. No necesitan, si descifran el peso de mis palabras, diccionario ni intérprete, porque te defino con la esencia de un artista enamorado y fiel; no obstante, una vez más describiré los rasgos que me cautivan de ti, la lectura que doy a tu ser, precisamente con la idea de que siempre recuerden tu esencia. El viento sopla implacable y arrastra los rumores de la vida hasta dispersarlos en rutas lejanas. La apariencia física, tan subyugante, es sólo espejismo, instantes, suspiros, porque bastan unos años para que las arrugas y las canas modifiquen el aspecto de un hombre o una mujer, de tal manera que quienes se inclinan ante las sensaciones de la piel. olvidan la belleza y lo excelso del interior. Tu nombre con apellidos, tus ojos y tu perfil los conservo en el relicario de mis sentimientos. El espejo refleja la belleza natural de tus facciones ausentes de maquillaje; tus ojos, en tanto, devuelven la imagen de tu alma. Tus besos me entregan tu sabor, tu mirada me da tu amor y tus manos me ofrecen tus detalles. El susurro de tu voz, cuando hablas, se parece tanto a los murmullos del aire, el mar, la lluvia y el cielo que a veces creo que floto en un sueño mágico, en las fronteras de la imaginación o en los linderos de Dios. Abro el libro de la vida y descubro con alegría e ilusión nuestra historia y tu código existencial. Eres yo. Soy tú. Somos nosotros. Admiro tus detalles, movimientos y dulzura cuando te vistes de dama y actúas como ente femenino; sin embargo, admito que me asombra tu capacidad y me emociona tu éxito en los asuntos del mundo. Tras nuestro reencuentro, aquella ocasión que no olvido, supe que tu risa, tus juegos, tus ilusiones y tu vida son mis días y mis noches, mis anhelos, mi realidad y mis sueños, mi destino y mi historia. ¿Importan tanto tu nombre, tus apellidos, tu apariencia, cuando eres una dama, la niña que se enorgullece de su naturaleza femenina, la mujer con la que uno está dispuesto a seguir el itinerario hacia la inmortalidad? Y eso significa expresar “dichoso el hombre que se une a una mujer y comparte con ella sus sueños y realidades, su historia, su amor, su paso por el mundo y su tránsito a la morada sin final. Esa mujer es la bendición de una estancia en el plano material. Bendito quien se une a ella y comparte a su lado todos sus días existenciales”. Eres diferente y especial, y eso, amada mía, es imposible reproducirlo en una fotografía, observarlo en el reflejo de algún espejo o plasmarlo en un documento. ¿Tendrá sentido revelar tu nombre si resulta más importante resaltar la riqueza de tu interior? Alguien que es capaz de inspirar un poema, un texto romántico, una historia subyugante e irrepetible, es más que un nombre o un retrato, es el amor, es el cielo, eres tú.

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* Santiago Galicia Rojon Serrallonga, es escritor y periodista con más de 25 años de experiencia en diversos medios, así como en oficinas de comunicación social de varias instituciones públicas y privadas.e 25 años de experiencia en diversos medios, así como en oficinas de comunicación social de varias instituciones públicas y privadas.

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