“Carta desde el cielo”. Por Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Santiago Galicia

“Carta desde el cielo”.

Por Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hija mía, hace dos semanas abandoné mi cuerpo, la envoltura física que cada día, bien lo sabes, envejecía e impedía que me comportara como antaño, cuando eras niña y te arrullaba con ternura, te cargaba con la ilusión de comprarte un globo o un dulce, te aconsejaba, te relataba cuentos, te llevaba a la escuela y te tomaba de las manos para después soltarte y mirar emocionado tus primeros pasos.

Te consta que ya no podía con la carga física que llevaba, y no porque me hubiera dado por vencido, sino por el agotamiento inherente a la edad. Bien hubiera deseado tener energía para convivir contigo y con nuestra familia, compartir los alimentos en la mesa, acompañarte en tus oraciones, sumar mayor número de capítulos a la maravillosa e irrepetible historia que nos tocó vivir.

Quienes nos atrevemos a desafiar al tiempo, enfrentamos una hora y muchas más sus embates, y si yo lo hice, mi niña amada, no fue para prolongar, como otros seres humanos, mi estancia terrena con sus placeres y locuras, sin un sentido justificable y real, sino con la intención de permanecer contigo y con la encantadora y bendita familia que tu mami y yo formamos con tantas ilusiones. Me encantaba estar con ustedes, y vaya que al final de mis días, ya con mis debilidades y padecimientos de la ancianidad, disfrutaba, aunque no lo creas, los consejos, las reprimendas y los cuidados que me dabas, ¿y sabes por qué? Porque me sentía amado y consentido por un ángel que orgullosamente es mi hija.

No sabes cuánto valoro el amor, los detalles y el tiempo que me regalaste, sobre todo porque los días de la vida son como las hojas que se desprenden de las ramas. Llega el momento en que el árbol, al envejecer, se deshoja totalmente, y tú, mi hija amada, cediste parte de tu vida para cuidar de mí, un anciano que aparentemente desatendía tus indicaciones, pero que en el fondo te escuchaba y agradecía a Dios por tenerte como bendición. No sabes cuánto te lo agradecía.

Admito que traje conmigo el calor y la ternura de tus manos, el tono de tu voz, tu mirada brillante y límpida, y hasta las palabras que me repetías al llegar de tus actividades y dedicarme aquellas tardes y noches que jamás olvidaré.

Te he mirado caminar por el cementerio, ante la tumba donde amablemente sepultaron mi cuerpo, y si bien entiendo tu tristeza por mi ausencia física, me preocupa tu dolor. Al deslizar tus lágrimas por tu rostro, se han convertido en perlas diáfanas que milagrosamente penetran por los poros de la tierra para iluminar y disipar cualquier sombra. Así eres de angelical. Me siento agradecido y orgulloso de ti.

Tu sufrimiento y tristeza han tocado hasta la puerta del cielo, donde permanezco pleno y atento a ti y a nuestra familia. Sé que un día se dulcificará tu dolor y lo que hoy son lágrimas, tormento y melancolía, mañana serán recuerdos gratos, riqueza espiritual y bendiciones.

Recientemente, hija mía, expresaste que te falta un trozo de corazón porque partió conmigo; sin embargo, quiero recordarte que las almas son etéreas y puras, y de ninguna manera, al llegar a la morada de Dios, arrebatan la felicidad a quienes se quedan en el mundo, y menos a aquellos que tanto aman.

Tu corazón es muy hermoso, mi niña, y no le falta una porción porque yo no me la llevé al cielo, donde esperaré pacientemente tu llegada y la de nuestra familia, cuando sea el momento señalado por nuestro Creador. Lo que sí traje conmigo son tu imagen y la de nuestra familia, los capítulos que compartimos en el mundo, los recuerdos, el amor que derramamos entre nosotros.

Gracias a Dios y a que eres de otra arcilla, tu corazón está intacto porque lo necesitas en el mundo para seguir viviendo y derramando tus más nobles sentimientos. Consérvalo íntegro porque yo estaré contigo cada instante de tu existencia. Siénteme, hija.

Nuestras almas están unidas, hija preciosa, y así permanecerán toda la eternidad porque es una promesa y un regalo que Dios nos ha concedido. Es un alivio saber que la vida no termina con la muerte del cuerpo. La finitud corporal sólo es el inicio de la jornada espiritual por la inmortalidad.

Me siento muy agradecido contigo, pero también orgulloso de ti porque tu alma es resplandeciente e innegablemente se refleja en el gran ser humano que eres. Me tranquiliza saber que al marcharme del plano terreno, se quedan mis descendientes como parte de los seres humanos que desean trascender.

Cuando me miraste inmóvil y yerto en el ataúd, con tus ojos cubiertos de lágrimas y tu corazón inconsolable, notaste tranquilidad en mi semblante. Hija, no equivocaste. Mi rostro inerte irradiaba alegría y paz no solamente por el gozo de haber entrado al reino de Dios, sino por la dicha de tener una familia ejemplar y maravillosa, de la que formas parte.

Hoy no necesito darte consejos porque eres una mujer de valores sólidos. Conserva tu esencia porque tus principios y trayectoria te conducirán hasta los jardines del cielo.

Posees un código de conducta y valores que asimilaste desde pequeña. Vive plenamente tus principios, hija querida, pero no olvides, mientras permanezcas en el mundo, diseñar y protagonizar tu propia historia.

Si alguna ocasión, en vida, te hice sentir mal o te causé aflicciones, te pido disculpes mis actitudes o palabras. Fui un hombre con los claroscuros de todo ser humano, tal vez muy estricto por mi formación, pero siempre interesado en dar lo mejor de mí en beneficio tuyo y de toda nuestra familia.

Quiero recordarte que la vida, con sus luces y sombras, es bella y preámbulo de la eternidad. Sólo hay que vivirla en armonía, con equilibrio y plenamente. A veces hay que ceder y experimentar unas cosas por otras, pero mientras conserves tus valores y actos, tendrás la salvación.

No olvides vivir. Voltea a tu alrededor y descubrirás que existen muchos motivos para ser feliz. No renuncies a tu dicha. Dios coloca pruebas a los seres humanos y por algo da oportunidad de evolucionar. No todo es tan rígido ni tampoco endeble como para prohibirse la verdadera felicidad. El cielo se conquista por medio del amor, de los valores y de las acciones.

La vida no es nada comparada con la eternidad que nos espera. Te lo digo yo, tu padre, quien ahora moro en el hogar de Dios. Cierra tus ojos e interpreta los susurros del viento que te dice “vive, vive, vive”. Sé que tienes ante ti muchas bendiciones y la oportunidad de protagonizar una historia intensa, noble, bella, irrepetible, excelsa e inolvidable. No te detengas. Sube a la mejor embarcación, a la que te conduzca a lo más sublime en todos sentidos.

En cuanto a tu mami, hermanos y sobrinos, son tu gran tesoro. Ellos, tú y yo siempre seremos bendecidos y ricos porque nos identifican una historia compartida, capítulos mutuos, la familia a la que pertenecemos, y si algunos estamos aquí y otros allá, nuestras almas palpitan al unísono del amor de Dios. Ámense y cuídense unos a otros.

Resulta innegable que entre el cunero y la tumba sólo existe un suspiro. Vive lo que te corresponde como ser humano porque habrá días alegres y tristes, horas de ilusiones y otras de desaliento; mas el amor auténtico, aunado a los valores y a los actos, salva.

Para consuelo de tu ser, hija bella, el alma no muere; al contrario, goza el privilegio de una vida eterna y dichosa. He observado tu llanto, y es natural, mi pequeña; por lo mismo es que deseo comunicarte que aquí estaré siempre, unido a tu alma. Únicamente bastará que en medio del silencio y la soledad, cierres tus ojos y llegues hasta tu alma para sentir la mía.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Pin It on Pinterest