“El ánima suplicante”. Por Paco López Mejía

 

EL ÁNIMA SUPLICANTE

Por Paco López Mejía

Como ya lo he comentado en otras ocasiones, mi abuelita paterna era muy valiente ante los embates de los entes del más allá. Sin embargo, no siempre fue así.
El hecho que ahora narraré, debe haber tenido lugar a la mitad o a finales de la segunda década del siglo pasado.
Mi abuelita Isabel vivía en una población de Michoacán bastante lejana a la capital; había quedado viuda y con un bebé de brazos y, viviendo en la casa de la familia de su recién fallecido esposo, escuchó que planeaban quitarle al niño, por lo que una noche escapó de la casa y se trasladó a Morelia… ¡En plena revolución, sola, con un bebé y de noche…! ¡Mujer valiente…!
Ya en Morelia se acogió al amparo de un hermano de ella llamado Pedro, soltero y que se había hecho cargo de otra hermana viuda y una soltera. Don Pedro era zapatero, fabricaba y arreglaba zapatos, lo que le daba la suficiente solvencia para hacerse cargo de todos ellos; de tal manera que proporcionó a su hermana recién llegada y a su pequeño, una habitación en la casa que rentaba por el rumbo del Templo de La Columna, con una reluciente cama de tablas y su correspondiente colchón relleno de “borra”, como eran en esa época.
Poco a poco, la joven madre se fue acostumbrando a su nueva vida; con sus hermanas atendían las labores de la casa y las necesidades de su hermano y a su pequeño hijo…
Por las noches, colocaba la aldaba de la puerta que separaba su habitación de las restantes y después de dormir al niño en el lado de la cama junto a la pared, se acomodaba en el otro lado y toda vez que no contaban con luz eléctrica, con dos velas pegadas en la cabecera leía sus novenas, sus vidas de santos y hacía sus oraciones acostumbradas… durante un buen tiempo, todo fue tranquilidad…
Cierta noche, cuando acababa de apagar las velas y empezaba a quedarse dormida… “¡Cliiiinck…!” Claramente escuchó cómo alguien quitaba la aldaba que se encontraba ¡por dentro de su habitación…!
Isabel abría los ojos desmesuradamente tratando de ver en la oscuridad… ¡Nada…! ¡Nadie…! Pensó que tal vez era su imaginación y trató nuevamente de dormir… “¡Sshshsh… shshshs…!” ¡El roce de unos pies sobre el suelo…!
Sentía un nudo en la garganta… algo le impedía gritar… palpó con la mano el pequeño cuerpo de su hijo… como para cerciorarse que ahí estaba…

“¡Shshshsh….shshshs…!” ¡Más cerca…!
¡Alguien… algo… estaba junto a su cama…!
“¡Criiick…!”
Las tablas de la cama rechinaron, sintió que alguien se subía a la cama y casi al mismo tiempo sintió un peso sobre ella… estaba paralizada… aquello… aquel miedo le impedían gritar, cerró los ojos fuertemente, trató de sacudirse pero no podía moverse… en eso… junto a su oreja… aquel peso sobre su cuerpo susurró algo que no pudo entender “¡Brshbrshbrsh… brsh… brshbrsh…!” en un tono de ruego… de petición… de súplica…
Isabel sintió que aquello duraba una eternidad…
De pronto su cuerpo fue liberado de aquel peso… un suave rechinido de las tablas y… “¡Shshshsh… shshshs…!” Los pasos se alejaban… “¡Cliiinck…!” aquel visitante –o lo que fuera- había colocado la aldaba nuevamente… en ningún momento se escuchó el acostumbrado chirriar de la puerta de madera…
Se incorporó de inmediato sobre la cama, trató de ver en la oscuridad y no vio nada… no vio a nadie…
Pensó que había tenido un mal sueño y poco a poco se tranquilizó y se quedó dormida.
Al día siguiente, al levantarse, vio que la aldaba estaba en su lugar y se convenció, o quiso convencerse de que había sido una pesadilla. Lo platicó con sus hermanos y todos estuvieron de acuerdo en que se había tratado de un sueño… terrorífico, pero un sueño al fin…
Pasaron los días y las noches, sin ninguna novedad… pero una noche… nuevamente aquel “¡Cliiiinck…!” ¡La aldaba…! ¡alguien había movido la aldaba…! “¡Shshshsh… shshshsh…!” ¡Los pasos…! Isabel extendió el brazo como tratando de proteger a su hijo…
¡Y nuevamente aquel rechinar de la tabla! ¡Y otra vez el peso sobre su cuerpo…! ¡No podía moverse… no podía gritar…! Aquel susurrar suplicante pero incomprensible en su oído: “¡Brshbrshbrsh… brsh… brshbrsh…!” Y nuevamente los pasos al alejarse y el sonido de la aldaba…

Al día siguiente, nuevamente la aldaba en su lugar y, otra vez, lo platicó con sus hermanos, por lo que decidieron que rezarían en su cuarto antes de dormir. Así lo hicieron… por la noche, se reunieron en el cuarto de Isabel y alrededor de una mesita con una vela encendida los cuatro rezaron pidiendo que cesaran aquellas visitas… inexplicablemente, pues todo estaba cerrado, la flama de la vela parecía crecer de pronto y enseguida disminuía su tamaño… oscilaba y lo hacía a veces en forma tan violenta que estuvo a punto de apagarse… Sin embargo, más atentos a las oraciones, no le dieron importancia al hecho y ya más tranquilos se dispusieron a dormir…
Esa misma noche… nuevamente el ¡Cliiiinck! de la aldaba… aquellos pasos suaves… terroríficos acercándose a la cama y otra vez el peso sobre su cuerpo y aquel balbuceo implorante, suplicante en su oído, pero además… un suave pero notorio “¡raaassshhhh… raaaaassssh…!” en la tabla que quedaba precisamente bajo su cabeza…¡como si alguien raspara con una pequeña piedra sobre la tabla…! ¡Como si se frotara la piedra de un anillo sobre la tabla…!
Los rezos con los extraños movimientos de la flama, se repitieron en las noches siguientes, pero de nada valieron… aquellos ruidos, aquel peso, el susurrar implorante pero incomprensible y ese ruido como de una pequeña piedra, como de la piedra de un anillo raspando la tabla, continuaron casi todas las noches. Isabel pensó que tal vez, si cambiara de lugar para dormir cesarían, de tal manera que empezó a dormir junto a la pared y en la orilla de la cama, protegido con unas sillas, colocaba a su hijo… una… dos… varias noches sin molestia alguna…
De pronto, otra noche ¡los ruidos…! ¡Sintió claramente que alguien… algo –o lo que fuera- se subía a la cama por la parte de los pies…! Y nuevamente aquel peso sobre ella y aquel “¡Brshbrshbrsh… brsh… brshbrsh…!” suplicante… ¡aquella imploración incomprensible…! y el “¡raaasshhh… raaasssshhh…!” en la tabla bajo su cabeza… ¡Esa noche y otras más! La salud de Isabel se deterioraba notoriamente; algunas amistades de confianza le sugirieron rezar “La Magnífica”, y hubo alguna que hasta le recomendó que le dijera malas palabras al ánima que la incomodaba, pero ella era incapaz –y lo fue hasta el último de sus días- de decirlas… Le asustaba la llegada de la noche, le angustiaba el pensar en “aquello” que la visitaba, que se posaba sobre su menudo cuerpo… que le suplicaba algo que… no entendía… y que frotaba una pequeña pìedra, como la montura de un anillo, en la tabla de la cama…

Por alguna razón que no alcanzaba a comprender, relacionaba aquello con Salvador, un sobrino de ella al que había querido mucho y que había fallecido poco tiempo antes; joven alto, delgado, de tez blanca y que fue sepultado con un anillo que él apreciaba mucho y que tenía montada una piedra de regular tamaño… aquel roce que escuchaba en la tabla de su cama, parecía como el de una piedra de anillo frotada contra la tabla…
Ya con la salud bastante quebrantada, alguien le recomendó que acudiera con un sacerdote de San Agustín que entendía de esos temas… Así lo hizo y al entrar a la tan antigua iglesia, se encontraba ahí el religioso… Isabel se acercó y de inmediato el sacerdote le preguntó: -¿Quién es el joven que venía detrás de tí…?- Isabel volteó y no vio nada… –Vengo sola Padre…
-No, detrás de tí venía un joven alto, blanco y delgado…
Isabel rompió en llanto y entre sollozos narró al clérigo su sufrimiento…
-Es una ánima que te sigue para pedirte algo…
Le recomendó hacer oraciones, que mandara decir misas y que al amparo y al valor que le dieran su hermano y hermanas, tratara de hablarle… de preguntarle qué necesitaba… que si no podía hablar, lo dijera en su pensamiento…
Todo fue inútil… Cuando ya no podía más, pues llevaba casi seis meses con esa terrorífica e implorante visita, Don Pedro consiguió rentar otra casa por el rumbo de San José, con la esperanza de que aquella alma en pena dejara en paz a su hermana…
Apenas instalados en ese querido barrio moreliano, en una habitación cuya puerta no tenía aldaba, una noche… de pronto… “¡Cliiiinck…!” ¡Una aldaba inexistente…! ¡Y nuevamente aquella tortura…! ¡Aquellos pasos… aquel rechinar de las tablas… aquel peso sobre su cuerpo… aquella súplica, aquella imploración que no entendía en su oído… y en la tabla bajo su cabeza aquel roce tan conocido y tan temido…!
Dos o tres noches igual…
El temor a la oscuridad… el miedo a la noche… las oraciones ya desesperadas…
Por fin, a las pocas noches… de pronto, sin ruido de aldaba, sin pasos… un rechinido de tablas, el peso sobre su cuerpo muy brevemente… sintió cómo aquello la liberaba de su peso y con un suave, lastimero y prolongado lamento… se fue alejando… alejando… lentamente… lentamente… para nunca más volver a presentarse…
Mi abuelita paterna tardó bastante tiempo en recuperar su salud y en olvidar el terror que sentía al caer la noche, pero nunca olvidó aquellas visitas ni aquella súplica incomprensible… Así lo narraba ella…

Un comentario sobre ““El ánima suplicante”. Por Paco López Mejía

  • el 24 marzo, 2018 a las 13:04
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    Recuerdo que mi abuelita al platicarnos esta experiencia que vivió, aún se extremesía, y nosotros no podíamos dormir del miedo que sentíamos 😳😱👻

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