“El león no era como lo pintan. El Obispo Vasco de Quiroga”. Por Ramón Sánchez Reyna

 “El león no era como lo pintan. El Obispo Vasco de Quiroga en la encrucijada Romana”Ramón Sánchez Reyna

 Por  Historiador Ramón Sánchez Reyna.

Quizá muchos se han preguntado el porqué del tan criticado viaje del gobernador sustituto de Michoacán, Salvador Jara Guerrero, a Roma en estas fechas. No podemos verlo desde otro ángulo que no sea que el mandatario va a hacerle el caldo gordo al clero, confirmando lo que ya hace un par de años inició Fausto Vallejo Figueroa al acudir con la envestidura constitucional de titular del Poder Ejecutivo a postrarse en El Vaticano junto con el arzobispo Alberto Suárez Inda a llevar dádivas –léase artesanías y platillos típicos– a su Santidad en busca de la canonización del primer obispo y conquistador de Michoacán, Vasco de Quiroga.

El capelo cardenalicio lo venía buscando Suárez Inda desde hace ya unos 15 años. Ya me referí a ello por esa época en el periódico Cambio de Michoacán. Fue tan hábil Suárez Inda que se hizo elaborar un árbol genealógico en el que aparece como pariente de una santa del Calendario Católico, la llamada Santa Teresita del Niño Jesús (no confundir con la gran poeta española y santa, Teresa de Ávila), y ahora Suárez Inda se jugó la última carta y la ganó al ocupar la cátedra de Pedro un ministro latinoamericano.

Respecto de si Vasco de Quiroga cuenta con los méritos suficientes para ser llevado a los altares, quiero recordar para que lo sepa el gobernador Jara Guerrero que al inicio de la década de 1990, cuando nuestra Universidad Michoacana a propuesta mía homenajeó durante dos o tres años a uno de los más reconocidos biógrafos del madrigaleño, el doctor Silvio Zavala, entonces dos investigadores nicolaitas (el ex rector e historiador Raúl Arreola Cortes y el filósofo Mario Teodoro Ramírez) demostraron intelectualmente que muy pocos méritos había para encaminar a Quiroga a la santidad. Pero, sobre todo, hay que dejar en claro que al nicolaicismo en nada le beneficiaría la santidad quiroguiana, sino que le afectaría.

Quiroga, como germen de nuestra Universidad, no necesita que se le enciendan veladoras. Lo que necesita es que su obra sea revalorada. Hay que estudiar al obispo beligerante que peleó con el obispo Zumárraga por definir los límites de su territorio clerical; el Quiroga que se enfrentó a más de un encomendero cuando estos buscaron fundar la hoy ciudad de Morelia. Asimismo, lo haría en esas jornadas de homenaje a don Silvio el historiador estadunidense Benedict Warren por medio de una ponencia titulada ¿Vasco de Quiroga santo?

Así como Suárez Inda se jugó las cartas para alcanzar el capelo cardenalicio, así se las jugó el licenciado Vasco de Quiroga, miembro de la Segunda Audiencia novohispana, para alcanzar el sitial michoacano. Bien lo ha apuntado el padre Alberto Carrillo Cázares en su magnífico libro Vasco de Quiroga, su pasión por el derecho cuando señala que a Quiroga no le cayó la mitra del cielo, sino que supo jugar sus cartas para alcanzarla, y una de esas cartas debió ser el capelo cardenalicio de su sobrino, el obispo de Toledo apodado El Tostado.

A todas luces, el Quiroga del que necesita echar mano la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo para hacer valer su herencia humanística es el abogado, el hombre moderno de su tiempo, es decir, el Vasco de Quiroga renacentista, el visionario, el conquistador espiritual –¿por qué no?– ese abogado que le sirvió y le sirvió bien a la Corona Española en la Península y en América. Y de ese licenciado en derecho canónico en el llamado Viejo Mundo se ha ocupado el doctor Warren en su libro Vasco de Quiroga en África, demostrando que fue uno de los mejores juristas con que contó el reinado de Carlos V.

Del Vasco de Quiroga por el que hoy van a abogar Suárez Inda y Jara Guerrero ante el Papa Francisco es oportuno recordar los testimonios del célebre monje francisco Maturino Gilberti, quien en 1563 acusó al obispo Quiroga diciendo que “los indios de los pueblos del obispado eran vejados muy malamente por mandato de Vasco de Quiroga en cuanto a los trabajos forzados que debían realizar para construir su catedral, con un proyecto ambicioso que nunca tendría fin”. Dice el monje que los indios “son vexados muy malamente, siendo compelidos que vayan á la dicha obra de quince y de veinte leguas, con su comida e hijos á cuestas y las herramientas con que han de trabajar y labrar, y si (a) alguno dan herramientas es a tal o cual, y generalmente sin ser pagados, y los ocupan en otras obras impertinentes á la dicha obra, como es hacer o reparas las casas y corrales de los españoles”.

También refiere Gilberti que los indios son azotados por orden del obispo, y aún más aquellos que tienen casa de adobe en el barrio de Pátzcuaro son obligados a deshacerla y llevar cargando los adobes en sus espaldas para aumentar la obra catedralicia; y los que no obedecen son azotados y algunos metidos de cabeza en un pozo de agua.

Éste es en parte el Vasco de Quiroga por el cual Suárez Inda y Jara Guerrero van a abogar a Roma. Del hoy cardenal se entiende su interés, pero el gobernador de Michoacán ¿qué papel juega aquí? Termino estas líneas creyendo que ambos, Suárez y Jara, deben saber que el león no era como lo pintan.

* Originalmente publicado en La Jornada Michoacán.

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