“El muerto que los medía”. Por Omar Guajardo

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EL MUERTO QUE LOS MEDÍA

Por: Omar Guajardo *

Esto que les voy a relatar sucedió en un conocido callejón ubicado en las inmediaciones de la hoy calle de Fray Bartolomé de las Casas, que anteriormente y allá por el año de 1798 era conocido como el Callejón de Larga Vista o de Naranjo. En este lugar, se encontraba la Casa de don José de la Mancera y López, un viejo español avecindado en Valladolid por más de 30 años, desde que llegó decidido a probar fortuna en la Nueva España. Éste fue víctima desde su salida de un malo y azaroso viaje, pues el bergantín en el que viajaba fue casi abatido y destruido por un fuerte temporal, estando a la deriva por muchos días, perdiendo por esta razón, las pocas pertenencias que traía consigo.

José de la Mancera en ese tiempo de 25 años de edad perdió una pierna durante el viaje pues como consecuencia de los fuertes vientos que los sorprendió en medio del mar, una viga que se desprendió del navío cayo en su pierna izquierda hiriéndolo gravemente, los auxilios prestados para curarlo resultaron vanos, por lo que luego de un tiempo y ante la falta de los medicamentos necesarios, la pierna se le infecto y gangreno siendo necesario amputársela, teniendo que usar desde entonces una pata de palo, cuyo sonido al caminar hacia que la gente lo reconociera y comentara en voz baja:— ¡Ahí viene José el pata de palo! Su carácter cambió a raíz de su accidente, el antes jovial, ruiseño y hasta bromista joven se volvió tosco, huraño y casi no hablaba ni convivía con nadie, por lo que no tenía amigos a pesar de su juventud.

José de la Mancera llegó pues como ya dijimos a Valladolid para quedarse, desempeñándose en el oficio de carpintero, tallador y ebanista el que había aprendido en la Madre Patria al lado de uno de sus tíos paternos, acá, trabajo con el ebanistero y tallador don Gregorio Zúñiga, dueño de un afamado taller de carpintería, tallado y ebanistería en la calle del Olmo hoy Zaragoza, ahí se fabricaban y labraban las hermosas puertas de las casonas de los ricos de Valladolid, además de los no menos primorosos muebles de finas maderas, que adornaban y servían en las salas de las familias acomodadas no solo de Valladolid sino de casi toda la Nueva España.

José era uno de los mejores ebanistas y tallador además de buen carpintero por lo que el señor Zúñiga de inmediato lo contrató. José ganaba muy buen dinero en ese taller destacándose de los demás empleados en la creación de verdaderas, originales y singulares obras de arte en la talla de la madera y por su carácter retraído, gastaba sólo en lo más indispensable, nunca iba a fiestas, nunca se le conoció una novia y mucho menos iba a reuniones o saraos, por lo que con el paso de los años logró amasar una mediana fortuna, con la que compro una casona que había estado abandonada por muchos años en el callejón de Larga Vista, independizándose también para poner ahí un taller de ebanistería y talla de madera especializándose en la creación de puertas y portones, no solo para las casas sino que también elaboraba las de los grandes roperos y cómodas además de las sillas y mesas y los mostradores y anaqueles ricamente ornamentados de los comercios de prestigio y de las casas de las familias más reconocidas de Valladolid.

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José nunca quiso tener a ningún empleado trabajando con él, lo que le atrajo que a pesar de ser un magnifico ebanista y tallador de madera, poco a poco sus clientes lo fueran abandonando pues tardaba demasiado para entregar los trabajos, aunándole a esto su cada vez más agrio y hasta agresivo carácter, terminó pues por quedarse sin clientes. José cerró su negocio por algunos años, durante los cuales, sólo se le veía salir de esa casona para ir a comprar alimentos, o para ir a misa los domingos a la capilla de San Buenaventura hoy San Francisco, que quedaba justo frente a su casa. Se le veía viejo, sucio desaliñado y hasta encorvado…La gente se preguntaba ¿Qué hacía José Pata de Palo, durante el tiempo en que no salía?; pues aunque no abría el taller decían quienes vivían en las casas cercanas que escuchaban al “Pata de Palo”, trabajar con la madera hasta altas horas de la noche.

Pasaron pues algunos años y de pronto una mañana el negocio de José se encontraba abierto, la gente que por ahí pasaba, se paraba frente a su casa para ver con curiosidad y hasta morbo, al avejentado carpintero en su taller, la gente pudo constatar que ya no había puertas labradas, ni mesas, ni mostradores, ni muebles, ahora sólo había ataúdes. El español había estado elaborando féretros en maderas finas exquisitamente adornados y labrados con figuras y motivos religiosos, pero también había fabricado otros en maderas de menor valía y aprecio así como también tenía a la venta los ataúdes de tercera burdamente elaborados en madera de “ínfima calidad”. En fin, los había ahí para todos los gustos y para todos los presupuestos, así que la gente que observaba aquel negocio podía constatar que ahí había féretros para todas las clases, desde los finamente adornados y labrados especialmente para los ricos, hasta los que tenían tan solo las tablas clavadas sin pulir y sin ornamentación alguna para los más pobres.

Todo había cambiado en el taller de José, sólo su carácter no. Desde ese día se le podía ver al carpintero parado en la puerta de la funeraria en espera de algún cliente, y por fuera de su negociación, estaba siempre un negro carruaje fúnebre, con dos caballos y un cochero encorvado y vestido de negro también, presto para brindar el servicio. A este, nadie lo conocía pues al igual que José tampoco hablaba ni convivía con nadie por eso la gente se decía o se preguntaba: —¿Quizá tampoco sea de aquí?…A lo mejor lo trajo de España…algún pariente suyo tal vez. Lo cierto es que este cochero se asemejaba mucho a José, era callado, taciturno de gesto hosco y no hablaba más que con el carpintero al que servía sin queja ni dilación.

El negocio de ataúdes, del Español no era tan boyante pues a pesar de contar con un gran surtido, pocas personas acudían a que este les prestara ese servicio, pues José emanaba cierto recelo, o tal vez grima, a pesar de que decían que ahí se tenían los mejores precios del ramo y de que ayudaba a mucha gente pobre que tenía la necesidad de enterrar a sus deudos, incluso a los menesterosos y que no podían costear el servicio se los regalaba. Comentaban quienes acudían a esta Funeraria que a la hora de escoger el ataúd, veían uno que estaba sobre una repisa en una de las paredes, muy bien elaborado, exquisitamente labrado con figuras raras, en fina y olorosa caoba y barnizado en color negro; y que al preguntarle a José por ese ataúd este contestaba con una mueca en el rostro que pareciera una leve sonrisa:—¡Ese no está en venta porque ese es para mí…en él abran de enterrarme! ”El pata de Palo”, siempre estaba provisto de su inseparable cordón de medir, el que hacía las veces de un metro actual y con el cual media a los difuntos con el fin de elaborarles el ataúd sobre medida si no había el adecuado en existencia.

Pasaron los años y al carruaje en donde llevaba José los ataúdes o a los cuerpos de los difuntos con todo y su enigmático cochero, de pronto un día no se le vio más por fuera de la funeraria y está ya no abrió sus puertas:— ¿Estará enfermo el muertero? ¿Porqué ya no abre?—Se preguntaba la gente. Pasaron unos días y una noche la gente que salía de misa de siete en el Capilla de San Buenaventura, vio abierta la funeraria de nuevo, iluminada por la luz que emanaba de los cuatro cirios que hacían guardia al féretro aquel que José nunca quiso vender porque decía que era para él y como único acompañante en este singular velorio estaba el cochero, la gente se acercó hasta la puerta para comprobar que dentro del féretro que se encontraba abierto reposaba el cuerpo de Don José de la Mancera y López “El Pata de Palo” ¡Si éste había muerto! Y estaba siendo velado depositado su cuerpo ahí en ese ataúd que el mismo se fabricó. La noticia corrió por toda Valladolid y aquellos los más pobres a quienes ayudó con algún entierro acudieron para acompañarlo en gratitud, tanto en el velorio como en el Sepelio, mismo que se realizó ahí frente a su casa en el atrio cementerio de la Capilla de San Buenaventura hoy Plaza Valladolid.

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El tiempo siguió con su inexorable marcha, la casona aquella quedo abandonada, al cochero no se le volvió a ver, la construcción se puso en venta por parte de las Autoridades, pero nadie…absolutamente nadie, la quería comprar; más una noche algunos trasnochados, que pasaban por esta casona, vieron que una luz salía por las rendijas de la desvencijada puerta, a la vez que se escuchaban ruidos como de martilleos y otros, que provenían del interior, sabedores de que aquella casa estaba abandonada y creyendo que ya había sido vendida se agacharon para asomarse por las rendijas de la parte baja de la puerta, no alcanzando a ver más que a una pata de palo:—¡Si así como lo oyen, era la pata de palo de José aquel que había muerto algunos años atrás! y que ahora estaba de pie sostenido por su inconfundible Pata de palo trabajando de nuevo en lo que había sido su casa y su taller. Poniéndose rápidamente de pie los trasnochados salieron corriendo de ese sitio ¡Como alma que lleva el diablo! gritando:— ¡José…José el muertero está de nuevo en su casa!

La noticia de lo que habían visto aquellos desventurados, cundió rápidamente y en la pequeña Valladolid de aquellos tiempos, no se hablaba de otra cosa, que no fuera el hecho de que el sepulturero “Pata de Palo”— ¡había regresado del más allá! La gente después de las seis de la tarde evitaba pasar por esa casona, pues ya eran muchos los que aseguraban que José, espantaba en lo que había sido su casa y taller. Los Rosarios y la misa de siete de la noche se suspendieron pues nadie acudía ya a esas horas a la capilla. el Callejón de Larga Vista, se convirtió en un sitio prohibido, quienes vivían en las casas enclavadas en ese que luego sería el Callejón más lúgubre de aquel barrio , se recogían temprano y los que habitaban en las casas contiguas, pasaban noches casi en vela en medio de tremendo susto, desasosiego, desvelo y temor pues aseguraban que se escuchaba “al hacedor de ataúdes” clavando y cortando la madera durante toda la noche, además de escucharse el tétrico y escalofriante golpeteo de la pata de palo que hacía al caminar aquel que había muerto en ese lugar.

Pero lo peor estaba por venir, los ruidos en la casa cesaron luego de algún tiempo, el martilleo y el ruido de la pata de palo de José ya no se escuchaban, la casa seguía abandonada pues ahora menos que nunca nadie la quería comprar, esta llevaba ya muchos años sin ser abierta, pero una noche dos amigos que venía de trabajar al pasar por el obscuro callejón del muerto y por esa casa en especial, escucharon un ruido extraño, era como si alguien golpeara con un palo el piso, ambos se detuvieron atemorizados y vieron como un hombre salía de ella, éste, se paró frente a ellos a cierta distancia, aquellos se detuvieron temerosos cavilando en que aquel pudiera ser algún maleante, pues dada la obscuridad que ahí reinaba no podían verle el rostro, pero al cercarse aquella persona hacía ellos, vieron horrorizados a una figura fantasmal, que tenía una pata de palo, vestida de harapos, con los ojos tan rojos como la misma sangre y con pedazos de piel desprendiéndosele de su cara y de sus manos en las que sostenía un cordón de medir y sin dar tiempo a que estos pudieran retroceder o correr, con ese cordón, tomo las medidas corporales de uno de ellos y al terminar con una voz grave, cavernoza y de lo más horrible que uno haya jamás escuchado le dijo:— ¡Ja Ja Ja mañana estará listo el ataúd para tu entierro Ja Ja Ja!…Dicho esto aquel ser o lo que haya sido, desapareció frente a los asustados ojos de aquellos muchachos que inmóviles, no atinaban a decir ni una sola palabra. Una vez repuestos de tan terrible sorpresa, los jóvenes corrieron tan rápido como sus pies se los permitieron y solo pararon hasta llegar a la casa de uno de ellos y ahí contaron a la familia lo que les había ocurrido al pasar por aquel lúgubre callejón.

Pero lo cierto es que aquel a quien el fantasma del difunto “Pata de Palo” logro medir, murió inexplicablemente esa misma noche—¿Coincidencia?—La gente que acudió al velorio y al posterior entierro del joven, hizo múltiples y variados comentarios y conjeturas, lo raro era que el muchacho fallecido no adolecía de enfermedad alguna…¡bueno al menos no se sabía!

A partir de esa fatídica noche el alma en pena del sepulturero fue vista en ese callejón o en las cercanías de este, y al igual que la primera vez en que se le vio, salía de lo que había sido su casa y taller para medir a las personas que por desconocimiento o por atrevimiento se aventuraban a pasar por ahí y coincidentemente a quienes lograba medir morían inexplicablemente. Aquello aterrorizo a la población, ya nadie pasaba por el callejón en cuestión, los moradores de las casas contiguas a lo que había sido el taller del “Pata de Palo” las abandonaron para refugiarse con algún familiar por temor a encontrarse con el alma de José el hacedor de ataúdes y que los fuera a medir. Y se cuenta, que las Autoridades Civiles y Eclesiásticas tuvieron que intervenir a petición de la espantada ciudadanía, la casa fue abierta y revisada de “cabo a rabo” conjuntamente por las autoridades y por el clero; se realizaron varios exorcismos, se bendijeron y santiguaron cada uno de los espacios y rincones de la misma hasta que en una de las habitaciones del fondo al derribar la puerta por que esta estaba cerrada con llave, encontraron el féretro cerrado de color negro que el Carpintero Español había fabricado especialmente para él y en él que este había sido sepultado.

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¿Pero cómo había llegado hasta esa habitación?. Porque a muchos les constaba y podían haber jurado, que el cuerpo de José, se encontraba enterrado dentro de él, en el panteón frente a esta casa—¿Pero que había dentro?—lo más seguro era que el cuerpo de José estuviera ahí, pero al abrirlo, solo se encontró la pata de palo y el cordón de medir de aquel que ahora penaba por las noches.

El sacerdote que iba encabezando aquella revisión, ordeno quemar el féretro con la pala de palo y el cordón de medir dentro, pues aseguraba que algún hechizo, invocación o conjuro realizados por el español pesaban sobre aquellas cosas advirtiendo que sólo con la purificación del “fuego Bendito” se lograría acabar con aquello. Para esto se apiló una gran cantidad de leña mezclándosele pequeños trozos de madera bendita, dando forma y prendiendo una hoguera en el Cementerio de San Francisco hasta donde fue conducido aquel féretro resguardado por varios frailes y sacerdotes en medio de rezos, cantos y exorcismos pues había que destruir a como diera lugar en ese santo lugar al féretro aquel y a su “demoniaco contenido” los que habían salido por alguna razón desconocida de su sepultura ahí en ese mismo panteón al que en esos momentos eran conducidos. Y así bajo la negrura de una de las noches más tenebrosas y siniestras vividas en Valladolid, iluminada tan solo por la tenue luz de la luna que escondiéndose entre las nubes se negaba a presenciar todo aquello que estaba por venir.

En medio de los rezos, oraciones y canticos de una gran congregación de clérigos, monjes y Autoridades que se alumbraban con antorchas, se le condujo a aquel ataúd desde la casa de José “El Pata de Palo” hasta el sitio en que habría de ser convertido en cenizas al igual que habría de suceder con su “macabro y demoniaco” contenido y cuentan los frailes a quienes tocó cargarlo que a medida que se acercaban al camposanto, sentían y escuchaban fuertes ruidos y arañazos que provenían de su interior y estos se acentuaban cada vez que el agua bendita lo tocaba. Así las cosas se logró llegar con el féretro aquel que de inmediato fue echado a las llamas ¡Purificadoras y benditas! y a medida que este iba siendo consumido, de las llamas que parecían agigantarse y formando un gran remolino cambiando de un color anaranjado a uno de color azul , salían los gritos, llantos, maldiciones y conjuros de Don José, al que se podía ver en espíritu apareciendo y desapareciendo entre las llamas benditas con que era quemado el féretro y se dice que hasta los rincones más recónditos y alejados de Valladolid se escuchaban las lamentaciones de José las que eran llevadas y conducidas por el fuerte viento que de pronto sopló con una fuerza desmedida como queriendo apagar a aquel “fuego Santo”, cabe aclarar que toda esta fuerza desatada por la cremación de aquellos objetos demoniacos solo pudo ser controlada y contrarrestada por la oraciones de los Frailes y Sacerdotes que ahí se encontraban.

Una vez cremados el féretro la pata de palo y el cordón las cenizas fueron depositadas en una bolsa bendita ya exorcizada siendo depositada y sepultada esta, en el Templo de la Tercera Orden de los Hermanos Franciscanos, en donde permaneció hasta la demolición de este. A José el sepulturero, jamás se le volvió a ver, el barrio volvió poco a poco a la normalidad, la gente se olvidó de José “el Pata de palo”—¡Bueno eso creíamos!—porque actualmente, hay gente que asegura ver en la Calle de Humboldt, en donde estuvo el Templo de la Tercera Orden, sobre todo en las noches frías y sin luna a un viejo encorvado y con una pata de palo que aparece así de pronto con un cordón en las manos, afortunadamente aún no ha logrado medir a nadie, pero por eso les recomendamos no pasar muy noche por esa calle, porque con toda seguridad que a la demolición del Templo de la Tercera Orden, las cenizas de aquel Féretro negro y su demoniaco contenido, resguardadas en el piso bendito de aquel templo destruido se esparcieron en esa calle, por lo que no resultaría muy difícil que el espectro de José se les parezca y logre medirlos, porque seguramente que eso significaría para ustedes el tener que despedirse de este mundo.

pomuch

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* Omar Guajardo es fotógrafo, escritor y coleccionista de imágenes de Morelia, Michoacán.

2 comentarios sobre ““El muerto que los medía”. Por Omar Guajardo

  • el 4 marzo, 2018 a las 23:00
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    Seas mamón, qué buena historia pelotudo!

    Respuesta
  • el 23 octubre, 2016 a las 20:56
    Permalink

    😳😱¡Que miedo! 😳

    Respuesta

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