“Isla de Urandén, rincón lacustre de Pátzcuaro”. Por Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“Isla de Urandén, rincón lacustre de Pátzcuaro”Santiago Galicia

Por Santiago Galicia Rojon Serrallonga.

Ya no tiene dueño. Está rota. La cubren las sombras de la nostalgia y del olvido. Es hija de la finitud, de la temporalidad, como lo fueron, también, las ilusiones de las niñas purépechas que se convirtieron en abuelas o las conversaciones de los nativos que a una hora y otra de antaño, cuando las flores aromáticas y multicolores asomaban enamoradas al espejo lacustre, remaban hasta la isla, a Urandén, donde estaban sus moradas frágiles de adobe y paja, custodiadas, en repentinos descuidos, por pájaros de bello plumaje que solían refugiarse en las frondas de los sauces.

Herida por los abrazos de los años, la lluvia, el sol y el viento -cómplices, al fin-, la canoa de madera permanece abandonada en la orilla del canal intoxicado por carrizo y lirio, escondrijo de garzas y patos que emiten graznidos y acechan a los peces confiados y descuidados.

Desmejorada e irreconocible, la canoa parece un rostro perforado por la viruela, quizá porque la polilla se ha apropiado de sus tablones, mientras la hojarasca y la humedad acarician y protegen placenteramente los hongos que brotan de las hendiduras de la madera.

Hormigas e insectos anidan entre la hojarasca apelmazada, sintiendo la humedad del lago que transpira y el calor vaporoso que las estimula a ir y venir. Juegan a la vida en una canoa olvidada, inerte, envejecida, oculta por carrizos y matorrales.

Igual que el cautivante y legendario lago de Pátzcuaro, que cada instante se consume, la canoa envejece irremediablemente, se desmorona y comienza a formar parte del polvo, de la tierra cubierta de humedad, del paisaje tapizado por la policromía de la vegetación.

Como la anciana que contempla, desde la distancia, a la dama joven y hermosa que a todos atrae y embelesa, la canoa permanece sola, fragmentada, lejos de las lanchas que utilizan los indígenas, los purépechas de la isla de Urandén, para cruzar el canal.

Mirábamos la antigua canoa de madera, abandonada en la orilla del canal, cerca de dos manantiales que también se secan paulatinamente, cuando llegaron ellas, las nativas de Urandén, atrapadas en faldas de colores y rebozos, hablando su dialecto y saludándonos, como lo hacen desde hace tiempo, mientras acomodaban canastas y costales en las lanchas angostas y frágiles.

Cada familia posee una canoa, que deja a la orilla de la isla, muy próxima a su casa. Es su medio de transporte. Las necesitan para atravesar el canal, navegar por el lago o pescar. Desde niños, hombres y mujeres aprenden a remar y, además, a nadar. ¿Quién que es en la isla de Urandén, no se sumergió en el lago durante los minutos de la infancia?

Tras colocar las canastas y los costales en las canoas, hablando lengua purépecha entre ellas y, al dirigirse a nosotros, en castellano, nuevamente nos invitaron a subir, a viajar por el canal invadido de lirio.

Saben que sin su ayuda no podríamos cruzar el canal ni llegar, en consecuencia, a la isla de Urandén. Ellos, los indígenas, son demasiado sensibles y de inmediato captan cuando el forastero pretende burlarse o engañarlos. Es gente que entrega el corazón cuando descubre la amistad y la palabra sincera. Se trata de una raza cautivante e intensa. Sólo cuando se les conoce, comprende uno por qué personajes como fray Jacobo Daciano, el franciscano de la nobleza danesa, y otros, los defendieron de los conquistadores, incluso exponiendo sus vidas.

Y mientras viajábamos en la canoa estrecha que exhibió su fragilidad al balancearse durante el trayecto, ellas hundían los carrizos o unos remos demasiado cortos y platicaban, como siempre, acerca de sus costumbres y de su vida, interrumpiendo el diálogo, repentinamente, con algunas palabras purépechas que dirigían a otras mujeres.

La primera vez que subimos a sus canoas, granizó con tanta furia que parecía que de un momento a otro voltearíamos al lago, hasta atorarnos con el lirio y hundirnos irremediablemente; pero afortunadamente, tales momentos tan intensos sólo se sumaron a los capítulos de una historia que indudablemente durará hasta que el espíritu aventurero prefiera dormir, cerrar los ojos, tras la hora del balance y los recuerdos.

Ellas, las nativas de Urandén, despiertan muy temprano, antes de que la aurora maquille el celaje en el horizonte, a la hora que los pájaros cantan en las arboledas y se preparan para volar en parvadas.

Acomodan en bolsas, canastas y costales los elotes, pescados y verdura que trasladan, primero, hasta la otra orilla del canal, en canoa, y que posteriormente llevan a Pátzcuaro para su comercialización en el mercado, en algunas callejuelas o en ciertos rincones populares.

Son isleñas y purépechas. Los habitantes y algunos turistas de Pátzcuaro, les compran pescado, calabazas o los elotes más frescos y tiernos. No hay tregua. Venden todo. Al concluir su actividad, compran carne, fruta, bebidas gaseosas y otros productos que no existen en la isla o que definitivamente consiguen a menor precio.

Tanta fortaleza poseen las indígenas, que cargan a sus hijos y llevan, adicionalmente, bolsas, canastas y costales pletóricos de productos. Incluso, envuelven las canastas en sus rebozos que amarran contra sus frentes, demostrando energía y fuerza. Llevan a sus hijos y no descuidan su preciado cargamento.

Entre Huecorio y Tzentzénguaro, rumbo a Erongarícuaro, existe una carretera que conduce al muelle rústico de Urandén, donde yacen las canoas en espera de sus propietarias, quienes al llegar colocan su cargamento en los sitios más adecuados y reman rumbo a sus hogares.

Otras nativas, en tanto, caminan por la campiña, antiguamente cubierta por el lago de Pátzcuaro, y desde la orilla del canal avisan a través de un grito o un silbido que ya llegaron para que ellos, sus maridos o sus hijos, recurran a las canoas y las trasladen hasta la isla.

Resulta asombroso observar a las mujeres con carrizos o remos cortos que hunden una y otra vez con gran habilidad, hasta que llegan a la orilla de su isla, donde dejan sus canoas y emprenden la caminata hacia sus casas.

Era una mañana apacible, nebulosa y de llovizna, cuando la abuela y la hija entablaron conversación con nosotros, evidentemente sin dejar de remar. Reconocieron que no es poca la gente que los trata mal por su condición de indígenas, como si las razas fueran ingrediente de superioridad o inferioridad, y que hasta los escuchan y miran con burla y morbosidad.

Hay quienes los consideran como si se tratara de una pieza de folklore, cuando son seres humanos; sin embargo, aceptaron que saben distinguir a las personas que se acercan a ellos con afecto y sinceridad.

Innegable es que resulta emocionante navegar en las canoas estrechas que se balancean, como si en determinado momento presagiaran un hundimiento, una caída, un naufragio. Lo que para ellas, las purépechas, es una práctica cotidiana, para los escasos viajeros a la isla resulta una aventura intensa e inolvidable.

Durante el trayecto, observamos el manto de lirio, donde posan las garzas asustadizas y refinadas; pero también miramos, más distantes y ya sin las caricias del agua, los montículos que antiguamente, todavía hace media centuria, formaban las islas de Urandén Morales y Careán. Afortunadamente, Urandén, Urandén Morelos, aún es isla y está rodeada por el canal y el lago.

Conforme la canoa se alejaba del muelle rudimentario, distinguimos, en el horizonte, el caserío de Huecorio y el poblado de Tzentzénguaro, al mismo tiempo que descubrimos, ya más cercanos, los cultivos y el pueblo de los isleños de Urandén.

Al llegar a la isla, niños y perros esperaban nuestro descenso. Acostumbrados a sus amos, a su ambiente, los perros ladraban y olfateaban; paralelamente, los niños se aproximaban a las canoas con el propósito de ayudar a sus abuelas, madres y hermanas a cargar bolsas, canastas y costales.

Evidentemente, nosotros ayudamos. También cargamos canastas y costales. Pasamos por los campos de cultivo, a unos metros de los cerdos amarrados que suelen exhibr, cuando pueden, colmillos y trompas cubiertas de lodo.

Las mujeres, que pertenecen a la misma familia, se despidieron entre sí y nosotros continuamos con algunas de ellas el camino, primero por unas escalinatas de piedra y luego por una callejuela chueca, en declive y empedrada, con faroles típicos.

Finalmente, a fuerza de caminar, llegamos a la morada de las indígenas, quienes se despidieron alegremente sin aceptar remuneración económica por la travesía en canoa. Era una mañana agradable, húmeda, igual a esos días de la infancia que uno recuerda como los más maravillosos, acaso porque todo es dicha, ilusión y juego. El aire fresco, náufrago de parajes lejanos, besaba nuestros rostros y los sonrojaba.

Como una enamorada que no abandona a su amado, la llovizna acompañó nuestra caminata por la callejuela principal, que está empedrada y dispone de faroles que alumbran el paisaje isleño durante las noches nebulosas y frías.

Había que tomar fotografías de cada detalle y explorar, al mismo tiempo, los rincones isleños y lacustres. Callejuela desolada y, a la vez, mirador del fascinante y misterioso lago de Pátzcuaro.

El rumor de las aves -garzas, golondrinas, gorriones, urracas y tantas especies- se mezclaba con el lenguaje del aire y con las voces de las frondas de verdor intenso, como si pertenecieran a un concierto universal que también se percibe y presiente en cada latido del corazón.

Los pequeños indígenas -niñas y niños- corrían al mirarnos y se refugiaban tras alguna roca, en sus moradas o a poca distancia de las escalinatas que conducen a callejuelas desconocidas; sin embargo, un saludo, una sonrisa, bastaban para atraerlos y lograr, a cambio, su aceptación en un terruño que es el suyo.

Unas veces nos deteníamos ante un muro de adobe o un tejado, desde donde contemplábamos el canal y en la lejanía, sobre una loma que hace centurias debió ser isla, el pueblo de Tzentzénguaro con su capilla colonial; otras, en cambio, mirábamos hacia el lago de Pátzcuaro, del que sobresalen Janitzio y sus hermanas inseparables, cual testimonio de quien un día no recordado se deleitó al dibujar paisajes y trazos similares a los de un paraíso perdido.

Llegamos hasta la escuela, en la parte más alta de la isla, donde reposa, en silencio y soledad, una cruz añeja de piedra que nadie, ni los ancianos, recuerda de dónde procede. Siempre, desde que eran niños, la vieron en el mismo lugar.

Desde ese sitio, admiramos el lago de Pátzcuaro con sus islas legendarias y los pueblos indígenas y típicos enclavados en la región. Contemplamos parte del canal que rodea a Urandén y hasta las montañas que circundan el manto lacustre y que por la distancia se distinguen azuladas.

En la misma zona alta de la isla, se localiza la capilla dedicada a la Virgen de Guadalupe, tan venerada por los pueblos mexicanos. A la Virgen de Guadalupe le organizan una fiesta cada 12 de enero, un mes después de la celebración tradicional.

De acuerdo con la tradición, el 25 de diciembre toda la comunidad indígena de Urandén se reúne en el atrio de la capilla con el objetivo de presenciar, en un ambiente de alegría y fiesta, la danza de los Catrines, con la aparición y adoración del Niño Jesús.

La danza, los juegos pirotécnicos y la música de banda de viento, son preludio de la fiesta mayor que se celebrará días después, el 12 de enero, en el mismo lugar, en el atrio, con la aparición de “luzbeles” que pelean con el Ángel, quien acompaña y protege a la pastora.

Todos portan espadas. El Ángel defiende a los pastores. Inesperadamente, aparece un ermitaño -Tarerahuari-, quien también, como el Ángel, cuida a los pastores. Tarerahuari porta máscara y viste túnica morada. Es él quien cuenta a los pastores y los protege para que los “luzbeles”, enfurecidos, no los rapten.

Al compás de la música de viento, el Ángel y Tarerahuari luchan encarnizadamente contra los “luzbeles”, hasta que ganan la batalla en su afán de cuidar a los otros, a los pastores.

Otra fiesta que con entusiasmo y orgullo celebran los habitantes de la isla de Urandén, Urandén Morelos, es la de Corpus Christi, con la danza de los Oficios que es acompañada con música purépecha.

Ese día, el de Corpus Christi, hay juegos pirotécnicos y música. Los nativos organizan una procesión por las callejuelas chuecas y en desnivel de la isla… Llegan bailando al atrio y a la capilla. Llevan al Santísimo en procesión por los cuatro barrios de Urandén. Al término de la procesión, éste, el Santísimo, es despedido con la bendición del Altísimo.

La procesión inicia en un barrio y concluye en la capilla. Igual que en otros poblados de origen purépecha, los moradores arrojan regalos -bandejas, fruta, pescado, verdura- como agradecimiento a Dios por un año de bendiciones.

Ese día, la gente coloca adornos en los cuatro barrios. Son horas de devoción y euforia. Los pócitos son barrios. Cada uno recibe un nombre: La Guadalupe, San Francisco, Natividad y San Antonio.

Recuerdan los ancianos que la capilla fue, primero, escuela, y más tarde, en la época del presidente Lázaro Cárdenas del Río (1934-1940), cuartel, hasta que éste, el entonces mandatario nacional, ordenó que funcionara como templo.

Discurrían las horas de la persecución cristera, entre 1926 y 1929, cuando ellos, los nativos de Urandén, impidieron la clausura y el saqueo de su templo. Defendieron su fe. Las imágenes sacras que resguarda la capilla, proceden de los pueblos de la zona lacustre. La imagen de la Virgen de Guadalupe, verbigracia, fue donada, hace muchos años, por un hombre que vivía en el otro Urandén, la isla vecina.

Evocábamos los acontecimientos relevantes de Urandén, cuando decidimos descender por un callejón para llegar hasta el manantial, el único que queda de decenas que existían, todavía hace algunas décadas, en la isla.

Refiere la leyenda que hace siglos, antes de la llegada de los españoles, la isla de Urandén permanecía en la somnolencia bajo el lago, hasta que un día, en las horas prehispánicas, los indígenas de la región notaron que gradualmente asomaba. Finalmente, emergió.

Asombrados, los indígenas observaron el fenómeno. La isla de Urandén salía de las profundidades lacustres. Recibía, por primera vez, los abrazos del sol, las caricias del viento y los besos de la lluvia.

En memoria de aquel acontecimiento, los moradores de Urandén esperaban, cada ciclo, el viento del sur. Era un ritual. Colocaban una jícara en medio de uno de los manantiales, hasta que llegaba, cual visitante misterioso y peregrino, el viento del sur. Como en un acto de amor, jícara y viento se encontraban y acariciaban. El aire sureño arrastraba por el lago, entonces transparente, la jícara, dejándola en algún paraje cercano a San Pedro Pareo.

Urandén. Jícara volteada. La jícara viaja porque el viento del sur la empuja, la lleva hasta el pueblo lacustre de San Pedro Pareo. Jícara para tomar atole, decían los abuelos. La jícara daba vueltas, giraba, y marchaba, junto con el aire, a San Pedro Pareo. El ritual se realizaba diariamente, a las 12 del día, cuando llegaba el viento del sur, ante el asombro de la comunidad.

Hay dos versiones respecto a la fundación de Urandén. Unos afirman que sus antepasados relataban que ya en horas lejanas, antes de la conquista española, la isla estaba habitada por nativos que se dedicaban a la pesca; otros, al contrario, aseguran que fueron sus abuelos, entre postrimerías del siglo XIX y la aurora del XX, quienes poblaron el lugar.

Estos últimos recuerdan, según las versiones que les platicaron sus padres hace muchas décadas, que ellos, los abuelos, procedían de Janitzio y de los alrededores y decidieron cambiar morada, solicitando autorización a un hacendado de San Pedro Pareo para establecerse en terrenos colindantes con el lago.

Implacables, los coyotes acechaban el caserío y durante las noches robaban gallinas y cerdos, situación que motivó a los indígenas a visitar a los señores de Tzentzénguaro con la finalidad de pedirles autorización para poblar la isla de Urandén. Así lo hicieron.

En aquella época, el lago era más extenso. Hoy convertidas en montículos, las islas de Urandén Morales y Careán, pertenecientes a Huecorio, eran vecinas de Urandén Morelos. La cortina lacustre llegaba hasta comunidades indígenas de Santa Ana y Tzentzénguaro.

Urandén, la isla, está poblada, entre otras especies, por ardillas, culebras, garzas, golondrinas, gorriones, patos y víboras, independientemente de la variedad de peces que habitan el lago. La isla de Urandén Morelos se localiza en el lago de Pátzcuaro, entre Huecorio y Tzentzénguaro, por la carretera que conduce a Erongarícuaro.

Incontenibles, las horas se acumularon en el terruño, en la isla apacible y pintoresca de Urandén, en el enigmático, legendario y mítico lago de Pátzcuaro, hasta que el crepúsculo postrero presagió el ocaso, la noche, las sombras.

Ante un cielo maquillado de tonalidades amarillas, naranjas y rojizas, seguidas por un telón grisáceo, suspiramos y comprendimos, entonces, que las horas se habían extinguido. Era preciso abandonar la isla y raptar sus imágenes en la cámara fotográfica y en la memoria.

Reflexivos y en silencio, como quien reserva para sí el dolor de la despedida, abandonamos la callejuela chueca, desnivelada y empedrada para descender por unos escalones de piedra, hasta que llegamos a la orilla del canal. Olía a recetas ancestrales, leña, hierba y tierra humedecidas por la llovizna matinal.

Quizá recordábamos la hospitalidad de los indígenas o tal vez a aquel hombre humilde y sabio que encontramos en el campo, quien lamentó que las ciudades sean antagónicas a la convivencia sana y que los maestros, cada vez más voraces y menos interesados en la formación de la infancia, causen conflictos sociales… Respiró hondamente y admitió que si ellos, los profesores, trabajaran en la campiña y percibieran, en consecuencia, las precarias ganancias de la siembra, valorarían su profesión. La labor del campesino es auténtica; la del maestro, en cambio, es tan noble y un grupo la ha convertido en botín.

Ese hombre, ya anciano, recordó la bonanza del cautivante y majestuoso lago de Pátzcuaro, cuando parecía espejo y había incontables manantiales en todos los rincones. Cuánto pescado. Era un paraíso. Suspiró nuevamente y se marchó tranquilo, como si llevara en un canasto o costal, el de los recuerdos, las vivencias de los otros días.

Inmersos en sus fantasías, en sus juegos, los niños se arrojaban al canal desde una cuerda que colgaba de un árbol o de la orilla. Nadaban emocionados, felices, plenos. Se sumergían en el agua plomada, otrora límpida, y salían metros más adelante, mientras los perros nadaban en total libertad.

Los pájaros, libres de ataduras, regresaban a sus nidos en los follajes, en el campanario, en los tejados; pero ellos, los pequeños, continuaban nadando y remando en el canal, al otro lado del lago. Como ellos, dos perros atravesaron el canal a nado. Mundo silvestre. Escenario agreste.

Una pequeña acudió a nuestro llamado. Subimos a la canoa y ella sola, custodiada, repentinamente, por niños que nadaban y balanceaban la frágil embarcación, remó hasta la otra orilla. Le dimos algunas monedas y sonrió. Se marchó feliz en su canoa endeble.

Ya en la otra orilla del canal, escuchamos murmullos, voces que provenían de la isla de Urandén. Hasta cierta distancia del poblado isleño, se escucha el eco de la gente que habla en sus moradas, algunas veces con las puertas y ventanas abiertas.

Miramos, finalmente, el centro de alto rendimiento de canotaje, el caserío isleño, los árboles y el agua plomada y ondulada por el aliento del aire que presagiaba una noche de tormenta.

Nos retiramos. Caminamos reflexivos y silenciosos por el campo antaño cubierto de agua. Observamos, por última ocasión, el escenario lacustre, el horizonte incendiado por el crepúsculo agónico y la canoa de madera, otra vez, carcomida por los años, la humedad, la lluvia, la polilla, el sol y el viento.

Atrás quedó el concierto de la naturaleza, en la isla de Urandén, que también latía en nuestros corazones, acaso desde siempre, porque forma parte de la creación. Nos preguntamos, al regresar a Pátzcuaro, uno de los pueblos más bellos y pintorescos de Michoacán y México, la clase de sensaciones que experimentarán los enamorados, en la isla de Urandén, al caminar por la calzada empedrada, alumbrados por los faroles y la luna reflejada en el lago quieto y oscuro. Juego de luces y sombras, quizá, o de estrellas distantes a las que piden un deseo. Esa es parte de la magia de vivir en la isla de Urandén, rincón lacustre que un día y otro, los que lo visitamos, captamos con la cámara fotográfica y guardamos en el baúl de los recuerdo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Pin It on Pinterest