“La lucha por los derechos de las mujeres es una digna historia, cargada de valentía y férrea convicción”. Por Luis Roberto Mantilla Sahagún

“La lucha por los derechos de las mujeres es una digna historia, cargada de valentía y férrea convicción”. Por Luis Roberto Mantilla Sahagún

Por Luis Roberto Mantilla Sahagún*

Constituye un gran honor y una generosa distinción, para su servidor y para la Universidad Latina de América, tener la posibilidad de dirigir unas palabras con motivo de la entrega del Premio Estatal al Mérito de la Igualdad de Género 2018, en sus respectivas categorías.

En primer lugar, extiendo mi más calurosa felicitación a quienes han recibido este valioso Premio el día de hoy, y un sincero reconocimiento por la labor que han realizado a favor de la mujer, gracias a la cual han sido reconocidos con este Premio.

Quisiera dirigir mis palabras, a nombre de los galardonados, apuntando que este día debe servir como un momento más para recordar los enormes pendientes que tenemos como sociedad, con relación a la situación en la que vive la mujer en nuestro país, y en el mundo entero.

Desafortunadamente, el balance al respecto no es, de ningún modo, favorecedor ni digno de encomio. Por el contrario, es un balance que debe motivarnos a reflexionar y, sobre todo, a actuar de una manera enfática y decidida, si es que queremos transformar la situación imperante.

Múltiples cifras provenientes de diversas fuentes dan cuenta de una realidad atroz y vergonzosa. Tan sólo el INEGI reporta que entre 2007 y 2016 fueron asesinadas 22 mil 482 mujeres, en las 32 entidades del país, lo que significa que cada cuatro horas murió, de modo violento, una niña, una joven o una mujer adulta, mutilada, asfixiada, ahogada, ahorcada, degollada, quemada, apuñalada o balaceada.1

Y a estas cifras habría que sumar lo correspondiente a 2017 y lo que llevamos de 2018.

Y ni qué decir del conjunto de circunstancias en las que viven y se desarrollan las mujeres todos los días, que limitan o cancelan las condiciones de posibilidad de una vida digna, libre, plena y segura.

En el fondo de cualquier cifra o circunstancia que refiera a la situación en la que viven las mujeres hoy en día, se encuentran desgarradoras historias de mujeres, cuya vida, salud, dignidad, integridad, sexualidad, libertad, desarrollo y expresión ha sido cercenada, humillada, vejada, ignorada, violada, aniquilada.

Historias en las que la maravillosa individualidad de esas mujeres ha sido invalidada de diversas formas y por múltiples procesos, nutridos por la cobardía, la arrogancia, la ignorancia, la mala fe, el machismo, o la insondable maldad del ser humano, y en particular del hombre.

Algo muy grave en nuestra sociedad debe estar sucediendo o ha sucedido para haber llegado a la situación en la que nos encontramos.

Parece ser que los resortes civilizatorios que sostienen la vida digna, están quebrados; que los referentes humanos que posibilitan el respeto a los demás, están extraviados; y que los acuerdos básicos y racionales que permiten una convivencia en la que impere el respeto y el reconocimiento del otro, simplemente no existen.

Pero además de lo anterior, en el fondo de nuestra grave crisis, impera una indolencia y una falta de sensibilidad que, como sociedad, es francamente vergonzosa. Nuestro contexto, cargado de pasividad, debe ser remplazado por uno en el que cada quien constituya la garantía de que esta situación cese de manera definitiva.

La lucha por los derechos de las mujeres, a lo largo del tiempo, y en particular en el último siglo, ha sido una larga y digna historia, cargada de valentía, arrojo, heroicidad y férrea convicción, llevada a cabo por seres humanos, en particular mujeres, con rostro definido y anónimo, que debe ser reconocida en un día especial, como el que hoy nos convoca.

Por ello, no quiero dejar de reconocer los avances que existen en este sentido, avances que no son, de ninguna manera, graciosas concesiones de alguien en especial, sino señeras victorias de esos seres humanos y de esas mujeres en particular.

Por ello, expreso mi más sentido y profundo reconocimiento en este día en especial, día internacional de la mujer, a todas las mujeres de México y del mundo.

Pero los avances a los que me he referido languidecen si miramos nuestra deplorable realidad actual, y si tenemos en cuenta los múltiples pendientes que aún debemos resolver.

El reclamo o la crítica que realizo no tiene un destinatario en particular, sino va dirigido a todos nosotros y nosotras, que, como sociedad, tenemos graves y serios pendientes en la materia. Y me refiero a todos y a todas, porque nadie puede ni debe quedar excluido de esta responsabilidad colectiva a la que estamos llamados, de manera ineludible.

Antes de apuntar al de enfrente, revisemos si en nuestra casa, en nuestro trabajo, en nuestro barrio, en nuestra escuela y en nuestro entorno, estamos reproduciendo – de manera voluntaria o involuntaria –, prácticas, hábitos, discursos y costumbres que poco favorecen al desarrollo integral de la mujer y al respeto de su dignidad.

Y, al repasar nuestra conducta, empecemos por nosotros mismos a cambiar esta historia de múltiples oprobios y maltratos.

Estoy plenamente convencido de que nuestro presente y nuestro futuro no están marcados por un destino determinado e inevitable. Por el contrario, tienen la posibilidad de cambiar de rumbo y avanzar hacia mejores horizontes.

Pero eso depende de lo que hagamos de manera individual y colectiva, todos los días. Y que cada uno de nosotros (y nosotras) realice lo que tenga que hacer en donde se encuentre para que dicho rumbo se torne más humano, justo, solidario, libre y abierto.

Esa es la apuesta que tenemos como seres humanos, como sociedad y como integrantes de una colectividad que aspira a ser mejor.

Sin duda alguna, podemos escapar de la irremediable fatalidad en la que nos encontramos, en la medida que seamos capaces de mirarnos al espejo y superar nuestras precarias limitaciones.

No creo equivocarme si asevero que para los tres galardonados, este reconocimiento constituye un punto de partida, no de llegada.

Lo que significa que, a través de su recepción, manifestamos nuestro profundo compromiso en redoblar esfuerzos para contribuir o seguir contribuyendo para que la mujer encuentre mejores condiciones de vida.

Antes de concluir, manifestamos nuestro agradecimiento especial al Consejo Dictaminador que consideró que los galardonados del día de hoy somos dignos recipiendarios de este Premio, que hoy nos honra y distingue y, sobre todo, nos compromete.

Extendemos el agradecimiento a las organizaciones sociales, civiles y políticas que fueron parte, de un modo u otro, del proceso que sirvió para que el Consejo Dictaminador resolviera en el sentido como lo ha hecho.

Y agradecemos, de manera especial, a cada una de las personas que han trabajado incansablemente con nosotros en los esfuerzos que hemos llevado a cabo para mejorar la situación de las mujeres en nuestra sociedad.

Concluyo apuntando que no hay manera de ganar el futuro si perdemos el presente. Uno y otro eslabón de nuestro incierto devenir están marcados por lo que hagamos o dejemos de hacer a cada momento y en cada oportunidad.

Esa es la apuesta que tenemos como generación y de cuya resolución está cifrado nuestro destino y el de los demás.

“Al Bienestar por la Cultura”.

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* Luis Roberto Mantilla Sahagún. Es Licenciado y Maestro en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México. Doctor en Historia por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Actualmente es rector de la Universidad Latina de América (UNLA).

 

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