“Las urgencias de Fidel”. Por Paco López Mejía

LAS URGENCIAS DE FIDEL

Por Paco López Mejía

Siempre, todas las veces que me platicó mi tío este hecho, me causó risa; sería porque yo era un niño, o tal vez por la forma en que lo platicaba, pues cada vez que lo hacía le agregaba alguna circunstancia graciosa. El hecho es que siempre creí que se trataba de alguna broma, algún invento de él para distraer al chiquillo que lo acompañaba a entregar sus deliciosos chiles y verduras en vinagre que empacaba en bolsas de plástico. Sin embargo, con el paso de los años y sobre todo después de que una de mis primas me platicó un evento que le sucedió a su mamá –mi tía- en la fábrica de velas que tuvo mi abuelo materno, y que ya narré en otro relato, he pensado que, tal vez, lo que ahora voy a contarles, no era solo una broma de mi tío Julián Mejía “El Príncipe”.
Como ya les platiqué en otra ocasión, mi abuelo materno, antes de tener el Restaurant Julián, fue propietario de una gran tienda en la calle de Abasolo, y en habitaciones del fondo de la casa en que estaba instalada la tienda, tenía una fábrica de velas y de pastas, esencialmente fideos; considero que el hecho que narraré pudo haber ocurrido a mediados de la década de los 30’s del siglo pasado.
La Fábrica, propiamente dicha, contaba con focos que pugnaban por dar luz a las amplias y altas habitaciones, aunque su iluminación era suave, temblorosa y mortecina, como la de todos los focos de aquella época… La armazón de madera para elaborar las velas, producía a cada vuelta aquel “¡criiiich…!” al que ya estaban acostumbrados los empleados, y que se alternaba de cuando en cuando con un cercano “¡Plash… plash…!” producido por el amasado de la pasta… en fin, todos los ruidos propios de aquellas labores y con los que ya convivían familiarmente quienes allí trabajaban. 

Pero… había otros ruidos, como aquel “¡Claaank…!” metálico y repentino que de vez en cuando se oía en algún lugar de La Fábrica o del patio trasero… aquellos sonidos como lamentos lejanos, pero tan cercanos que erizaban la piel… Y los trozos de metal que de pronto aparecían en cualquier sitio… o aquellas llaves grandes, toscas y oxidadas que de cuando en cuando se encontraba alguno de los empleados… precisamente por el sitio en donde se había escuchado un “¡Claaaaannnkk…!” sorpresivo que había hecho brincar a varios… o aquellos pasos de ¡nadie…! por el corredor, que sobresaltaban a los trabajadores…
Entre los empleados estaba uno, al que llamaré Fidel. Hombre cumplido y entregado a su trabajo y a su familia, que como todos los que allí laboraban, vivía cerca de La Fábrica, y por tanto, cuando era necesario, Fidel se quedaba a trabajar un poco más que sus compañeros y compañeras, quienes bromeaban al despedirse: “¡Fidel… no te vayan a asustar…!” a lo que contestaba con una sonora carcajada… No creía en esas cosas, aunque había escuchado los ruidos y sabía de los eventos “raros” que ahí ocurrían e, incluso, en alguna ocasión había encontrado un trozo de metal caído de quién sabe dónde…
Pues bien, cierta tarde, cuando empezaba a oscurecer, los trabajadores empezaron a retirarse, pero Fidel decidió quedarse a terminar el trabajo, pues faltaban algunas velas por cortar… poco a poco los ruidos propios de aquella fábrica fueron acabando… solo se oía a lo lejos, como un murmullo, la voz de don Julián atendiendo a algunos clientes en la tienda… poco a poco la oscuridad de la noche luchaba con la tenue luz de los focos a través de las pequeñas ventanas, y como siempre… resultaba vencida: La suave y temblorosa luz iluminaba un poco, muy poco, el pasillo que conducía al patio trasero en donde reinaba la oscuridad…

Fidel casi terminaba su trabajo… empezaba a limpiar la mesa, cuando “¡Grrr…grrr…!” Abrió desmesuradamente los ojos, se palpó el abdomen… ¡Las “tripas” de su panza comenzaban a tronar…! Trató de recordar lo que había comido… “¡Grrr… grrr…!” Aquellos gruñidos no lo dejaron pensar en otra cosa, más que tendría que ir al baño… un escalofrío recorrió su espalda… sí, tendría que ir al baño antes de retirarse… recordó algunos “sustos” que le habían platicado, pero en fin, él no creía en los cuentos de sus compañeros… “¡Grrr…!” su estómago y todo lo demás, le urgía… Tomó un pequeño candelero de cobre con un cabo de vela de buen tamaño… El baño se encontraba al fondo de la casa y, para llegar a él, tenía que salir al pasillo apenas iluminado por la luz que salía de La Fábrica, y dirigirse a aquel patio oscuro, cruzarlo y llegar al cuarto del fondo con una puerta de tablas, en el que había uno de aquellos cajones de madera con un círculo en el centro… encendió la vela… salió al pasillo mientras sus intestinos emitían una nueva llamada de urgencia… caminó aprisa por el pasillo llevando el candelero en una mano y cubriendo la llama de la vela con la otra… se detuvo un poco al contemplar la oscuridad del patio… dio un paso… otro… ¡La vela se apagó de pronto…! Fidel se detuvo… volteó hacia atrás para ver si algún gracioso le había apagado la vela… ¡Nada…! Reflexionó: No había escuchado nada y no había sentido soplo alguno…
Entre enojado y, a su pesar, un poco asustado, regresó a encender la vela nuevamente… “¡Grrrrrrr…!” ¡La tripa protestaba ruidosamente por la tardanza…! Encendió la vela y, por las dudas, se guardó los cerillos en la bolsa… Nuevamente el pasillo… el patio… avanzó entre la penumbra apenas rota por la luz de la vela… cada vez sentía más y más insistente aquella urgencia por llegar a su pestilente destino… cuatro pasos… cinco… empezó a desabrocharse el cinturón… tenía que llegar…pero… ¡ya…! “¡Ffffhhhhh…!” ¡Alguien… algo apagó la vela…! Fidel pegó tal brinco que casi se le caían los pantalones… alcanzó a sostenerlos con una mano… se agachó a dejar el candelero en el piso y poder sacar los cerillos del bolsillo… lo logró… se sostuvo el pantalón con el antebrazo mientras encendía el fósforo… prendió la vela, tomó el candelero al tiempo que sostenía su pantalón, dio dos o tres pasos temblorosos un poco por el susto y un poco por la urgencia que tenía y que cada vez más insistentemente le recordaban sus intestinos…

Imaginemos la estampa… aquel pobre hombre, con urgencia, asustado, sosteniendo con una mano la vela y con la otra el pantalón, caminando tembloroso y casi cruzando las piernas para evitar un desaguisado… ¡Casi llegaba…! “¡Grrrrrrrrrr…!” ¡Le urgía la tripa…! “¡TRAAAAASHHHH…!” ¡Alguien le tiró el candelero…! ¡Sintió un roce violento y frío en su mano…! El candelero y la vela aún encendida cayeron como medio metro adelante… De un brinco se metió al “aromático” cuarto al que le urgía llegar… ni siquiera recordó el chirrido de la puerta que siempre la causaba algo de miedo… apenas tuvo tiempo de localizar el redondo agujero y sentarse…
Entre sudores fríos –no supo si por la urgencia o por el miedo-, su cuerpo descansó… las tripas poco a poco calmaron su furia…
A través de las rendijas de la puerta veía la llama temblorosa, en momentos viva, en momentos casi muerta, de la vela… decidió levantarse poco a poco de aquella “tabla salvadora”… mentalmente trataba de darse valor para salir… “¡Taaassshhh… taaaassshhh… taaaassshhh…!” ¡Unos pasos suaves, como de alguien que arrastra lentamente los pies, se escucharon afuera…! ¡El miedo estuvo a punto de hacerlo ocupar nuevamente la tabla con el agujero…! Pero se contuvo, respiró profundo a pesar de los hedores del lugar… la llama de la vela, a través de las rendijas, parecía rendirse al supremo esfuerzo de proporcionar luz… Fidel palpó la caja de cerillos en su bolsillo… Con voz temblorosa, casi inaudible preguntó: “¡Don Julián! ¿Es usted…?”
Solo obtuvo el silencio como respuesta… pasaron unos segundos que le parecieron una eternidad… la llama se apagaba… “¡taaassshhh… taaassshhh… taaassshhh…!” los pasos, lentos, arrastrados, cansinos, se fueron alejando hasta que dejaron de oírse… la llama de la vela pareció reavivarse…
Poco a poco Fidel se animó a asomarse… escudriñó hasta donde su vista llegaba, sin lograr ver nada… no se escuchaba ruido alguno… a un lado de la puerta se veía la luz temblorosa pero viva de la vela… lo decidió… dio un paso fuera del cuarto… y vio sorprendido que el candelero con la vela, estaba parado… como si alguien lo hubiera levantado y lo hubiera acomodado para que no se apagara la tenue luz… todavía tembloroso, Fidel tomó apresuradamente el candelero y corrió hacia La Fábrica, apagó las luces y salió corriendo y así, casi corriendo, se despidió del patrón…
Nunca más volvió a quedarse a trabajar después que sus compañeros… y nunca más volvió a salir de su casa después de comer, sin haberse asegurado que no tendría otras “urgencias” en La Fábrica…

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