“Los niños de la fuente”. Por Paco López Mejía

LOS NIÑOS DE LA FUENTE…

Por Paco López Mejía

Esta es una narración de hace algún tiempo que, al recordarla, escribirla e imaginarme a su protagonista, en verdad me dio “miedillo”. Espero les guste…

¿En tus correrías nocturnas por nuestra hermosa ciudad, has escuchado cerca de una fuente, algo más que el cantar melodioso de sus aguas…?

Según deduje de lo que alguna vez me platicó en cinco o por lo mucho, diez palabras (y en abonos) nuestro protagonista, los hechos ocurrieron en los finales de la década de los 60’s, aunque también deduje, que siguieron ocurriendo de manera esporádica en los primeros años de los 70’s, pues en forma lacónica me dijo alguna vez. “a veces los veo…” y pausa…

Ya he platicado anteriormente que “El Hinchadito” era un cliente nocturno asiduo del Restaurant Julián, al que era difícil sacarle muchas palabras; sin embargo, a lo largo del tiempo en que lo vi y lo traté, pude obtener algunas anécdotas que trataré de reconstruir o más bien, construir, porque “platicaba” en forma muy breve y para poder tener una idea de lo que había vivido, se requerían varias “conversaciones”. También comenté que dicho noctámbulo, recorría las calles de nuestra ciudad, de noche y cargando siempre con un estorboso radio de baterías, para llegar finalmente a donde vivía y trabajaba, según decía, en el Seminario… Es decir, que todas las noches subía la escalinata para llegar a Santa María…

Para llegar a su destino, cuando salía del restaurant, tuvo varias rutas habituales, que cambiaba cuando “algo raro” le sucedía, pero esas rutas habituales siempre desembocaban a la Calzada Juárez, misma que recorría a paso regular con un ligero balanceo, tal vez para equilibrarse por el peso del radio… cruzaba, sí, cruzaba hacia la glorieta que él llamaba “Del águila”, rodeaba la fuente y subía las escaleras. En esas épocas, aquel camino estaba prácticamente solitario… Tal vez se cruzara con algún otro trasnochador o con algunos jóvenes alegres… Debo confesar que algunas veces, con otros jóvenes alegres, lo vi en alguno de sus trayectos…

Pues bien, cierta noche, de finales de la década de los 60’s, de esas noches morelianas cuajadas de luceros y con una gran luna iluminando la Calzada y plateando las hojas de la arboleda del Parque Juárez, caminaba acompañado por su radio y por su sombra… A lo lejos los ladridos de algún perro que alertaba a sus amos del paso de un desconocido…

Se pensaría que en cualquier momento habría de escucharse el lejano pregón del sereno: “¡Las dos… y serenooooooo….!”

e76919cac7ce8c19cd2070813cb0c51dAsí estaba todo… todo sereno… ni un alma en los alrededores… ¡Bueno, ni un alma de ser viviente…!

¡Ah! Debo advertir que en ese entonces, su “ruta habitual” era por el lado derecho, es decir, por el lado poniente de la Calzada, pues había decidido ir por ese lado desde que “algo raro” le ocurrió por el lado de la arboleda… pero esa es otra anécdota…

Cruzó aquel noctámbulo lo que era conocido como el río chiquito; continuó hasta cerca del Río Grande. Todavía faltaba un buen trecho para llegar a la fuente y a su destino… Sobre el puente del río se detuvo un momento para ver si su apreciado radio captaba alguna estación, pero nada, solo ligeros ruidos y chasquidos… apagó a su compañero y se percató del profundo silencio que reinaba, solo roto suavemente por el suave murmullo de las aguas que corrían por abajo del puente. Acostumbrado como estaba a esos caminos y sus soledades, continuó andando… de pronto el silencio se tornó más “espeso” no se oía ni aquel lejano ladrido… ¡Vaya!, ni el murmullo del viento entre las ramas de los árboles, a pesar de que ciertamente, algunas rachas de un suave vientecillo, como un duende, le movían su ligera chamarra. A pesar de todo, aquello no se le hizo raro, tan acostumbrado estaba a esos rumbos que hacía tiempo que no se daba cuenta del arrullo que cantan las hojas cuando las mece el aire… A decir verdad, no es lo mismo oír ese canto todos los días, o más bien, todas las noches, que deleitarse con la melodía de la naturaleza de vez en cuando…

Parecía que todo se confabulaba para que el silencio fuera más y más profundo… tal vez para que el viandante pudiera escuchar con más claridad…

… Unas tenues, suaves, casi inaudibles risas infantiles que parecían venir del fondo de la Calzada… parecían alejarse… pero de pronto se oían un poco más claras… parecían acercarse… ahora se iban… ahora se acercaban… parecía que el viento, burlón, travieso, como un duendecillo, las llevaba y traía a su antojo…

¡Ahora sí! Aquello llamó la atención de nuestro protagonista que se detuvo para que el sonido de sus pasos sobre los guijarros no le impidiera oír lo que creía haber oído… Trató de aguzar sus sentidos para ver mejor en sus alrededores… para oír mejor lo que le traía el viento duende…

Pero ahora… ¡nada! Ya no se oía nada… creyó que su inseparable amigo de pilas le había hecho una jugarreta y manipuló sus controles… No… el radio estaba apagado… recordó lo que le había sucedido tiempo atrás por el lado de la arboleda, y de inmediato desechó sus pensamientos. Seguramente en alguna de las casas aledañas había algún festejo y de ahí había salido aquella infantil algarabía…

aa1e28b898ca65330ff51e52d046da37Decidió continuar su caminata… el viento otra vez mecía las copas de los árboles y, árboles y viento, entonaban su eterna canción…

Habría caminado unos cuantos metros, cuando aquel delicioso y refrescante murmullo empezó a suavizarse, a desvanecerse… a perderse… A lo lejos podía ver a la luz mortecina de las lámparas de aquél entonces, la silueta de la fuente y su águila…

Y otra vez… ahora más cercano, más claro, el argentino campanilleo de unas risas infantiles… “una fiesta” pensó… era lógico, aquellas risas eran limpias, diáfanas… aunque algo lejanas, eran ¡claro está! risas de niños en alguna casa cercana… al fin y al cabo, en aquella época y en esa hora, el silencio de la noche permitía escuchar sonidos bastante lejanos…

… las risas se acallaban de pronto… resurgía el canto de la arboleda… callaban las hojas y volvíanse a escuchar las risas cada vez más cerca, pero cada vez más lejos, cada vez más claras, pero cada vez más… más… más raras… ¡sí, eso era…! risas infantiles, pero raras risas infantiles…

Sin prestar mayor atención a lo que escuchaba, aunque eso sí, atento a sus alrededores, el señor del radio continuó su camino ahora un poco más apresurado… pero las risas se escuchaban más y más claras, la fuente y su águila se veían cada vez más y más cerca y cada vez más a su alcance su elevado destino: su dormitorio en el seminario… una vez que subiera la escalinata que hacía las delicias de las familias morelianas en aquellas fiestas de agosto…

Ya casi le faltaban unos pasos para cruzar, sí, cruzar hacia la glorieta de la fuente, cuando se percató de que el infantil bullicio se escuchaba ahora sí muy claro, muy cerca… desafortunadamente… muy cerca… ningún otro ruido… solo aquel lejano ladrido que parecía haberse convertido en un lejano, muy lejano y prolongado aullido…

… Levantó la cabeza que siempre llevaba ligeramente agachada… y a la luz de las farolas vio aquello… un reducido grupo de niños como de seis o siete años que reían, jugueteaban, corrían, brincaban alrededor de la fuente, algunos se metían a ella y enseguida salían… pero había algo raro en los infantes… entraban y salían de la fuente sin que sus ropas anticuadas se vieran mojadas… y sin que se oyera chapoteo alguno; obviamente, nuestro amigo no se percató de ello en ese momento, sino hasta después, cuando rememoraba el evento; de lo que sí se dio cuenta fue que no veía ningún adulto…

f25885218dc7ad2677282f88c802089dAl llegar a la orilla de la glorieta “algo me caló” –me dijo-… algo lo hizo volver sobre sus pasos y rodear la glorieta sin pasar por ella, como era su costumbre… caminó alrededor, siempre viendo desde lejos aquel extraño y pueril espectáculo. Por más que buscaba no veía a “ningún señor o señora”… de pronto, ya casi para alcanzar el pie de la escalinata, la algarabía se hizo más fuerte, volteó de inmediato a ver qué ocurría y…

¡Ahí no había nadie…! ¡Solo risas y gritos…! un repentino escalofrío recorrió su espalda y lo más rápido que pudo subió el primer tramo de escaleras, ahí se paró a ver a la fuente… ¿en dónde se habían metido…? De pronto se escuchaba lejana la risa de niños… pero no…

¡Ahí no había nadie…! ¡No se veía nada…! casi corriendo subió la escalera, pasó el puente y aún trató de localizar a los pequeños… ¡Nada… nadie…! Solo el viento duende que de pronto movía su ligera chamarra…

¿Alguien le hizo una broma a nuestro noctámbulo paseante…? ¿Eran niños… o… no sólo el viento era duende…?

No sé…

Tiempo después, ya muy cerca de que el Restaurant Julián cerrara sus puertas para siempre, una vez me dijo con esa voz cansina, con esa cara rechoncha, pétrea, casi sin mover los labios: “¿sabe…? algunas veces los veo…”

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Un comentario sobre ““Los niños de la fuente”. Por Paco López Mejía

  • el 25 septiembre, 2018 a las 12:17
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    Paco, narras tus historias tan sabrosamente, y con el aderezo de de las fotos de La Página, son…..¡Una delicia!

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