“¡Los pasos de…Nadie! Por Paco López Mejía

LOS PASOS DE…¡NADIE…!

Por Paco López Mejía

Como han podido apreciar quienes me hacen el favor de leer mis relatos, he tratado de compartir sólo aquellos que considero creíbles, por haberlos escuchado de personas de cuyo criterio no tengo duda. Este relato que tal vez algunos de ustedes ya conocen, lo escuché de sus protagonistas a quienes traté durante un buen tiempo y nunca dudé de la veracidad de su experiencia. Espero les guste…

Don Justo, titular de aquella oficina federal, se había quedado a trabajar en innumerables ocasiones hasta ya bien entrada la noche y, en esta ocasión, como en otras muchas, también se había quedado a trabajar el joven profesionista Juan. Ambos funcionarios gozaban de bien ganada fama de ser personas sumamente dedicadas a su trabajo.
La oficina estaba ubicada en un edificio de varios siglos de antigüedad que había sido convento de monjas y posteriormente colegio de niñas.
Los dos habían platicado en innumerables ocasiones con los cuidadores y veladores del edificio y estaban al tanto de los ruidos extraños y sucesos inexplicables que tenían lugar en la hermosa edificación…
Cierto día, por la tarde, cuando ya casi no había personal en las distintas dependencias, Juan había sido literalmente empujado y encerrado por manos invisibles en el sanitario, hasta que casualmente un empleado de otra oficina lo “rescató” de su encierro y aunque lo contaba como una simple anécdota, siempre que se quedaba a trabajar hasta tarde trataba de no hacer uso del sanitario o bien avisaba a algún otro compañero… por si acaso…

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Tanto Juan como su jefe Don Justo, en muchas noches habían escuchado el sonido de pasos sobre la duela, lo que trataban de atribuir a ruidos propios de la madera por el cambio de la temperatura ambiente o bien, a movimientos en otras oficinas existentes en el edificio… aunque admitían que siempre les quedaba la duda…
También habían escuchado en alguna ocasión, en las rampas del edificio, aquel extraño sonido parecido al arrastre de una pesada carreta… pero aquello también había quedado como simple anécdota…
La dependencia estaba compuesta por el despacho del titular y tres recintos que se comunicaban con viejas puertas de madera y que hacían en general una oficina bastante larga… Don Justo, se encontraba en su despacho y, al fondo, el escritorio de Juan…
Afuera, la noche era ligeramente lluviosa, con esa lluvia suave y silenciosa tan moreliana…
Alrededor de las diez de la noche, el edificio estaba iluminado solo con los focos más indispensables; las pequeñas luminarias mortecinas del pasillo por fuera de la oficina estaban, lógicamente, encendidas…

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Juan entregado a aporrear la máquina de escribir no levantaba la vista del voluminoso expediente que tenía al lado… de pronto… un ligero parpadeo en las luces lo hizo dejar de escribir y en ese momento… unos pasos sobre la duela que parecieron perderse en la lejanía… “Don Justo -pensó-. Tal vez ya quiere retirarse… debo darme prisa…” No quería quedarse solo… Aguzó el oído tratando de percibir movimientos en el despacho de su jefe y de pronto… unos pasos… rechinantes en el pasillo exterior… “Don Justo va al baño… creo que ya se va…”
Sin embargo, no escuchó la puerta del sanitario… ni los pasos de regreso… otro parpadeo de las luces… Juan clavó nuevamente la vista en el expediente y las manos en el teclado de la vieja máquina y se entregó a su trabajo… unos pasos sobre la duela… ¡Se dirigían a donde él estaba…! Siguió escribiendo de prisa mientras los pasos se acercaban más y más… cuando calculó que Don Justo estaba a punto de llegar a su escritorio… se preparó para levantarse respetuosamente de su asiento y levantó la vista…
¡Nada…! ¡Nadie…! Sintió un ligero escalofrío recorrer su espalda…
Extrañado se dirigió a la oficina de su superior: –Don Justo –le dijo- ¿se le ofrece algo…?
-No, Juan ¿Por qué…? ¿Ya te vas…?
– A la hora que usted se vaya… pero oí sus pasos…

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-Yo creí que eras tú –replicó Don Justo… Y sonrieron ambos con esa sonrisa ligera de quien no quiere admitir que… pasó algo raro…
En fin, acostumbrados como estaban a esos sonidos, cada cual volvió a su labor…
Don Justo se sumergió en el estudio del asunto que tenía frente a él… pasó un buen rato sin distracción alguna… se quitó los lentes, se paró de su silla para estirar un poco los agarrotados músculos… al volverse a sentar… aquellos pasos sobre la vieja duela nuevamente… iban directo a su oficina… la puerta siempre abierta… los pasos se acercaban… alzó la vista hacia la puerta esperando ver entar a su subordinado… Nunca llegó…
“Tal vez ya se quiere ir y no se atreve a retirarse y dejarme solo –pensó-.“ Se puso de pie dispuesto a acercarse al escritorio de Juan y proponerle que se retiraran ambos; así lo hizo y al salir vio a lo lejos a Juan entregado a su trabajo… caminó hacia él tratando que sus pasos se escucharan a fin de no asustarlo y cuando Juan lo había visto, ya cerca de su escritorio… “¡¡¡¡AAAAAAAAAAYYYYYYY… AAAAAAAAYYYYY…!!!” ¡Unos gritos terribles se escucharon al fondo del edificio…! Juan se levantó de un brinco y sin mediar palabra, salieron ambos corriendo hacia donde se oían los gritos, sabían que al fondo, en la planta baja, la policía tenía unos “separos” y hacia allá corrieron. Pero allí no había nadie… aquel lugar estaba oscuro y desierto… Corrieron a la oficina de la policía y encontraron únicamente al comandante de pie y con los ojos desmesuradamente abiertos ¡El también había escuchado los gritos… y estaba solo…! ¡Y no tenían a ningún detenido en los separos…!

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Con cierto temor Don Justo y Juan, regresaron a su lugar de trabajo… entraron por la puerta que daba al escritorio de Juan y ahí, parados, comentaban lo sucedido, cuando… ¡los pasos sobre la duela…! ¡claramente perceptibles…! ¡parecía que venían de la oficina de Don Justo…! los dos callaron… se miraban mutuamente… un sudor frío recorrió sus frentes… la luz parpadeó, parpadeó… ¡Se apagaron los focos…! Los pasos se acercaban… más… más… un foco hizo un supremo esfuerzo por iluminar y apenas lo logró… ambos sintieron el crujir de la añosa duela bajo aquellos pasos…muy cerca… sus ojos se abrían lo más que podían… los pasos de… ¡Nadie…! ¡Pasaron a su lado…! ¡Sintieron el tenue airecillo de alguien que pasaba a su lado… el ligero movimiento de las duelas bajo el paso y el peso de algo… de alguien…! ¡Los oyeron… los sintieron pasar junto a ellos… perderse en el fondo…!
Casi corriendo abandonaron su lugar de trabajo…
Al día siguiente, el intendente encontró las puertas solo emparejadas y reclamó airadamente a Juan las huellas lodosas que recorrían la oficina a todo lo largo… “como si hubieran ido y venido varias veces…”

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