“Una noche de pesadilla”. Por Paco López Mejía

UNA NOCHE DE PESADILLA

Por Paco López Mejía

Sin ser moreliano, Gonzalo estaba enamorado de Morelia y de los días deliciosos que pasaba en la Ciudad de las Canteras Rosas y en otros lugares de Michoacán, cada vez que era invitado por su amigo Jaime. La casa de las tías de Jaime era el lugar en donde se hospedaban y los amigos de éste y de su hermano Paco se habían convertido en sus amigos morelianos… era pues, uno más del grupo… Las tías lo veían ya como otro sobrino, y aunque Jaime y Paco eran un poco bromistas, en realidad le gustaban y festejaba las bromas que le hacían.
En aquella época –finales de los setentas-, Paco vivía en casa de las tías, de manera que cuando llegaba Jaime con algunos amigos y compañeros del entonces llamado Distrito Federal, no era raro que algo extraño pasara, algo que “pusiera los pelos de punta” a los amigos visitantes, quienes previamente habían sido preparados por Jaime, platicándoles que en esa casa de las calles de Abasolo… ¡asustaban…! Pero Gonzalo fue el visitante más frecuente y, por tanto, estaba siempre atento a cualquier movimiento extraño de Paco, un joven flaco y greñudo que gustaba de tocar guitarra, leer, escribir poemas y hasta algunos artículos periodísticos. En fin, un joven serio al que “injustamente” se le atribuían algunos de los hechos “raros” que les ocurrían a los amigos visitantes…
Pero es cierto que en aquella casa, pasaban algunas cosas extrañas, por llamarles de algún modo; por ejemplo, ya les he platicado en otra ocasión el terrible susto que se llevó Paty, la amiga de Jaime que al entrar a saludar a las tías, vio a un hombre que la llamaba y al que nadie más vio ni había visto en la casa. También les he platicado otros hechos ocurridos allí, uno de ellos al propio Jaime; hechos que él platicaba a sus amigos desde días antes de su visita a Morelia, por lo que ya llegaban un tanto temerosos y, por la noche, después de estar con los amigos en el café de los Portales, cualquier ruido los hacía brincar. Cierto que hubo bromas… pero también hechos inexplicables…
Pues bien, cierto día, muy temprano, llegaron Jaime y Gonzalo a Morelia con la intención de estar varios días por tierras michoacanas, y con el propósito de ir al hermoso Lago de Zirahuén “a pescar”, para lo que adquirieron hilo de pescar y anzuelos en la inolvidable tlapalería y ferretería “La Gardenia”, propiedad de don Prócoro Araiza.

Ya con todo lo necesario para su inminente aventura, disfrutaron el primer día en Morelia, charlaron un buen rato con las tías, por la tarde salieron a recorrer el centro, mientras Paco se quedaba en la casa a terminar un poco de trabajo que tenía pendiente. Se reunirían por la noche en el café, para platicar y bromear con los amigos morelianos. Así fue, en la noche disfrutaron del alegre y amistoso ambiente de los portales y, como se tenían que levantar temprano para su viaje “de pesca”, se retiraron a buena hora para ir a dormir. Paco se quedó todavía un rato con los amigos…
Jaime y Gonzalo llegaron a la casa cuando ya las tías estaban durmiendo… subieron a la planta alta y se dirigieron a la amplia recámara que ocupaban siempre que estaban en Morelia, misma que contaba con tres balcones que daban a la calle de Abasolo. Una habitación grande, de alto techo sostenido por románticas vigas de madera e iluminada por un solitario foco que pendía de un largo cable. Contaba con cuatro camas, dos matrimoniales y dos individuales, cada una con su respectivo buró y una lamparita de mesa… ya no estaba aquel ropero del que en otra ocasión les he platicado, que tenía un reloj atrapado en el tiempo y en el que, a las dos de la mañana, parecía que alguien tocaba “¡Toc… toc…toc…!” desde adentro…
Al entrar a la habitación, a ambos lados, estaban las dos camas matrimoniales… Paco ocupaba la de la izquierda… Un poco más al centro, las dos camas individuales: Gonzalo ocuparía la de la derecha y Jaime la de la izquierda, la otra cama matrimonial estaba desocupada… Entre la cama que ocuparía Gonzalo y el balcón, directamente en diagonal respecto de la cama de Paco, había una armazón de hierro, en donde se encontraba colgada la ropa de éste, cubierta por una tela blanca… y entre dos de los balcones, una gran mesa antigua, de madera hermosamente labrada…

Eran cerca de las doce de la noche, los dos amigos se disponían a dormir, sólo estaba encendida la lamparita del buró de Gonzalo… Jaime se había acostado y Gonzalo estaba a punto de hacerlo… cuando… “¡Aaaaaaaahhhhhh….!” ¡Un quejido terrible que provenía de la mesa de madera… Jaime se incorporó de inmediato y Gonzalo casi brincó sobre la otra cama matrimonial… “¡Aaaaaaaaahhhhhh….!” ¡Otro quejido…! Sí… provenía de la mesa de madera… Se miraron mutuamente… no podía ser Paco, pues todavía no llegaba… Jaime casi brincó a encender la luz general… “¡Rrraaaasssshhhh… rrraaaassshhh…! ¡Ahora era como el ruido de algo metálico que raspaba…! Salía de la mesa de madera, o de abajo de ella… Gonzalo se puso sus gafas para ver bien… ¡Pero ninguno de ellos vio nada…! Se agacharon para inspeccionar desde lejos la parte de abajo de la mesa y ¡Nada…! Pasó un rato… nada, no se oía nada… de vez en cuando el motor de un carro por la calle, pero nada más, todo silencio… poco a poco se tranquilizaron y cuando empezaron a escucharse las carretas de los comerciantes de San Agustín, llegó Paco y los encontró despiertos; Jaime un poco más tranquilo que Gonzalo y éste, todavía asustado, le platicó al recién llegado lo sucedido… Poco a poco se fueron calmando y se durmieron los tres…
Al día siguiente, los dos pescadores salieron muy temprano y después de pescar solo con los ojos la belleza de Zirahuén –no pescaron ni un charal-, regresaron a Morelia a tiempo para estar un rato en el café con los amigos… Se retiraron cerca de las doce de la noche, pues estaban cansados y sería su última noche en Morelia. Esta vez, Paco se fue con ellos a la casa; platicaron todavía un poco en el comedor, y subieron a la recámara, dispuestos a descansar…
Todo silencio… así como eran las noches de Morelia en ese tiempo… de vez en cuando las risas de algún grupo de trasnochadores que pasaba por la calle, o el motor de algún vehículo…Por fin, se acostaron para dormir; Paco todavía se quedó leyendo un rato a la tenue luz de su lamparita de buró… al poco tiempo la apagó… la respiración acompasada de los otros dos indicaba que estaban en las primeras etapas del sueño… cuando… ¡Zaaas…! ¡La tela blanca que cubría la ropa, cayó sobre Gonzalo…! “¡Aaaayy…!” Gritó y dio un brinco, encendió la lamparita de buró justo en el momento en que la tela parecía flotar en el aire, cayendo sobre la ropa que debía cubrir… Paco se levantó, fue a ver lo que ocurría, y mientras Jaime sentado en su cama, adormilado, veía la escena, le explicó que tal vez alguna corriente de aire proveniente de la ventana había volado la tela… Pero… la ventana estaba cerrada…
Pasaron varios minutos… todo silencio… cualquier pequeño ruido hacía que Gonzalo se incorporara de inmediato, buscaba a tientas sus lentes y encendía la lamparita… Pero en fin, el cansancio de su viaje de pesca lo fue venciendo… Ya conocía el ruido de las carretas de los comerciantes de San Agustín, así que no se sobresaltó al escucharlo… estaba perdiéndose en el mundo de los sueños… poco a poco… en eso… ¡Algo se movió en sus pies…! ¡Se incorporó y encendió la lamparita, se puso sus lentes…! ¡Nada…! -Tal vez estaba soñando- pensó… Se acomodó en el lecho nuevamente… se estaba durmiendo… “¡Criiiich…!” Un ligero rechinido en las vigas de madera… apretó los ojos, se cubrió con las cobijas hasta las orejas… y en ese momento… ¡FLIIIIPPP…! ¡Algo o alguien jaló su colcha hacia arriba…! ¡con tal fuerza que cuando Gonzalo abrió los ojos y gritó, a la mortecina luz de la calle pudo ver la colcha como flotando a un metro arriba de la cama, para caer de inmediato…! ¡Dio un tremendo alarido… y de un brinco cayó sobre la cama de Jaime…!
Paco y Jaime se levantaron de inmediato… Una de las tías se asomó a la puerta para ver qué sucedía, y los sobrinos le explicaron que Gonzalo había tenido una pesadilla… aunque en realidad, fue una noche de pesadilla…
Al poco rato, se fueron calmando los ánimos y aunque Gonzalo sentía algo de temor, volvió a su cama en donde, al poco tiempo, se quedó dormido sin ningún otro incidente…
A casi cuarenta años de distancia, Gonzalo todavía duda si aquello fue una pesadilla, o si un ente del más allá lo atormentó esa noche… o si todo fue obra de aquel joven serio, flaco y greñudo que vivía en aquella casa… aunque esto último no lo cree, pues no puede explicarse cómo lo hizo… ¿Ustedes… qué piensan…?

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