“Una preocupante desconfianza electoral”. Por Ignacio Hurtado Gómez*

Aula Nobilis

Hace años recuerdo al maestro Pepe Woldenberg afirmando, cuando era presidente del entonces IFE que, la confianza se construía en milímetros, pero se destruía a kilómetros. De ello, sin duda la historia nos demuestra que muchos han tomado nota.

Evidentemente en materia política no es la excepción. Mucho menos en el ámbito electoral. Y menos en lo judicial.

Y es por ello que, de cara al 2018, el tema puede volverse central para la buena salud del proceso electoral, pues más allá de la complejidad que ya presenta, es un hecho que todos los actores electorales entramos con un déficit de desconfianza, como tal vez nunca antes se había presentado.

Tengo la percepción de que es la primera ocasión en que la ciudadanía tiene una desconfianza de todos. De partidos, de las instituciones políticas, del gobierno, y ahora también, de las autoridades electorales, y hasta del poder judicial.

Ciertamente, hasta donde recuerdo el hecho de que se desconfié de los partidos políticos, del gobierno y de las propias instituciones, era y es hasta cierto punto algo que estaba presente desde hace varios ayeres, pero lo novedoso es que, de un tiempo a la fecha, se han sumado las autoridades electorales y las judiciales.

Y así, ahora resulta que no solamente se desconfía de los jugadores, sino que ahora también del árbitro. Visto así, no se ve bien la cosa.

No es un tema menor, y en ese sentido el latinobarómetro 2017 es más que contundente.

En lo general, en américa latina, en la iglesia un 65 por ciento tiene mucha o algo de confianza. En la institución electoral se tiene un 29 por ciento de mucha o algo de confianza, y en el poder judicial un 25 por ciento, y en los partidos políticos un 15 por ciento.

Ahora, en el caso de México tenemos dos datos reveladores.

Por un lado, si bien el latinobarómetro en el caso nuestro no distingue entre el tribunal electoral y el instituto electoral, el hecho es que, solamente un 33 por ciento confía mucho o algo en las instituciones electorales. Y el otro caso revelador es que también en nuestro país, hoy día solamente el 23 por ciento confía mucho o algo en sus jueces. Evidentemente la ecuación es algo más que preocupante.

Y en ese contexto, bien valdría voltear a analizar las causas que fortalecen la confianza o que, por el contrario alimentan la desconfianza, y en lo general se desprende por ejemplo, el trato por igual ante la ley, el cumplimiento de promesas, la fiscalización de las propias instituciones, y la entrega de información.

Específicamente en el caso mexicano, baste decir que tiene más peso como factor o no de confianza, el trato a todos por igual, con un 63 por ciento, y después el cumplimiento de promesas con un 43 por ciento.

Así pues, solo resta decir. Al tiempo.

Una pequeña dosis de historia Nicolaita… El año de 1912 se presentó en medio de una agitación política inusitada y tremenda en Michoacán. Es la época en que, súbitamente, después de un aletargamiento de varios lustros, resurge el espíritu democrático y las clases sociales reclaman su derecho de elegir a sus gobernantes.– Los movimientos armados o políticos en nuestro país, han tenido siempre su origen en el sector oprimido del pueblo; en la clase media postergada por su indecisión y tibieza; y en el proletariado, cuya vida en el ambiente nacional de principios de siglo, estaba a merced de los potentados, del clero y del Gobierno.– El hombre humilde, el peón de la hacienda, el artesano, el obrero de las fábricas, el pequeño industrial y comerciante, vivían aplastados por la dictadura, amenazados por multitud de prejuicios religiosos y raciales y bajo el enorme peso del latifundista, de la Iglesia y del capitalismo que ahogaban con su poder sus aspiraciones de bienestar político, social y económico.– El pueblo –en la interpretación común del vocablo– nunca contó ni ha contado en México con el apoyo, con la solidaridad, siquiera con la simpatía del grueso de la llamada clase media, en sus luchas por la libertad. Siempre ha peleado solo contra la reacción, sin mezquindades ni egoísmos, y a la hora de la victoria ¡oh ironía! Los que en nada ayudaron se han quedado con el más rico botín.– Las revoluciones en nuestro país han sido hechas por un pequeño grupo director de la clase media y por el proletariado: el campesino y el obrero, hambrientos de justicia y de pan; no por los ricos ni por los generales de academia.– Sangre proletaria corrió en la insurrección de Independencia; en la guerra con los Estados Unidos; en las pugnas de la Reforma y contra el Imperio de Maximiliano; en la emancipación maderista y, en fin, sangre proletaria se derramó a torrentes para consolidar vigorosamente los principios democráticos y revolucionarios del actual régimen.– La mayoría de la clase media encarna el núcleo social, timorato, ególatra y omnisciente, que ni está con la aristocracia capitalista que la consagra un benévolo desdén, ni memos con el proletariado, al que juzga torpe, sin cultura e incapaz de elevación.– En las luchas políticas no es, por cierto, el capitalista o el burgués el que recorre las calles en manifestaciones; es el proletariado, la gleba y sus dirigentes los que siempre exponen y sacrifican sus más caros intereses por la conquista de los principios.

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* Ignacio Hurtado Gómez. Es Maestro en Derecho; profesor en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Michoacana. Actualmente es magistrado presidente del Tribunal Electoral del Estado de Michoacán.

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