“Visitando a la Diosa”. Por Paco López Mejía

VISITANDO A LA DIOSA…

Por Paco López Mejía

Como lo hacía cada tercer día desde varios años antes, aquella mañana a principios de los años 70’s, Joaquín salió de su casa muy cerca del Jardín de Villalongín, cuando todavía faltaban varios minutos para que el Astro Rey arribara a la Ciudad de las Canteras Rosas… Siempre pensaba que tal vez el sol llegara un poco mareado, pues lo hacía por la carretera de Mil Cumbres a dorar con sus rayos la hermosa arquitectura de la Antigua Valladolid.
Cuando salió, caía una llovizna de esas tan morelianas muy ligera, muy silenciosa… Enfundado en su atuendo deportivo, se disponía a “trotar” un rato en el hermoso Bosque Cuauhtémoc, aquella suave llovizna, casi una brisa, no lo habría detenido… seguramente en poco rato cesaría, las tinieblas se disiparían para dar lugar a un esplendoroso amanecer, como solo en Morelia ocurren.
Empezó a caminar haciendo algunos movimientos de esos que parecen un curioso ballet y que realizan los corredores para “calentar” los músculos… las pequeñas gotas de agua, a la luz de las farolas del Jardín, parecían diamantinas que hubiesen cobrado vida y que, saltarinas, se divertían en aquel añoso espacio tan querido y admirado por propios y extraños…
Hizo un poco de “calentamiento” frente a la pila, como tratando de impresionar a aquella guapa y broncínea dama que se obstina desde hace muchos, muchos años, en llenar la pila con el agua que mana de su cántaro… Era su rutina… después… adentrarse trotando sin ruta fija por las callejuelas del Bosque y pasar a ver a “La Chata”, como en forma ocurrente e irrespetuosa llamaba a la diosa Flora, sucia, mutilada, descuidada y deteriorada que allí habita. Finalmente se dirigía al Kiosco, en donde se encontraba con Martha, su novia, quien habitualmente realizaba sus ejercicios, más ligeros, en ese lugar…

…Era su rutina… pero, aquella mañana, desde que salió de su casa, Joaquín sentía una ligera opresión en la garganta, como si tuviera temor de “algo” que no podía definir… No podía definir, aunque ya en dos o tres ocasiones, al adentrarse en alguna de las callejuelas del Bosque había tenido la sensación de que era observado, incluso, llegó a detener su trote para voltear a su alrededor a fin de ver si alguien lo seguía, si alguien lo miraba… pero… nada… nunca había visto a nadie cerca de él, más que a algún otro deportista con el que se cruzaba… El era joven, fuerte, deportista desde su infancia y en realidad, no tenía miedo de “los cuentos” que algún amigo malintencionado le había platicado acerca del Bosque, aunque reconocía muy a su pesar que algunas veces se sorprendió a sí mismo volteando para ver si, en verdad, Flora cambiaba su orientación para seguir con su pétrea mirada a los visitantes… Se reía ante sus propias ocurrencias…
La ligera llovizna había cesado cuando empezó a trotar por las callejuelas del antiguo Bosque de San Pedro… Los rayos del naciente sol pugnaban por atravesar las ramas de los viejos fresnos… Sí, ahora sí, alguien lo observaba… esa sensación de que alguien a su lado lo veía fijamente era tal que en dos o tres ocasiones se paró sin dejar de mover las piernas, para ver entre los árboles tratando de descubrir al intruso… ¡Nada…! ¡No había nadie…! Continuó su trote… ¡Plash… plash… plas…! ¡Unos suaves pasos sobre la hierba mojada…! Joaquín brincó al centro del andador volteando temeroso hacia el jardín pero no vio nada… la ligera opresión en su garganta no lo dejaba… era… era… como un sentimiento de angustia… era como un temor que no podía desechar ni definir…

¿Temor…? ¿A qué…? Se dijo… se sabía fuerte…
Siguió recorriendo distintas callecillas sin una ruta definida, finalmente, como siempre, llegaría frente a “La Chata” y, tal vez… ahora sí, la descubriría cambiando su orientación para… ¡Pero no…! trató de alejar aquella idea como si fuese un mal pensamiento… Alguien lo observaba desde uno de los jardines… lo sentía… alguien lo seguía… volvió a escuchar otra vez aquellos suaves pasos sobre el pasto húmedo, volvió a escudriñar temeroso sin ningún resultado… aquella angustia que no salía de su garganta se hacía por momentos más notoria…
Por fin, llegó frente a la abandonada diosa y la opresión en su garganta dio paso al sentimiento de lástima y de tristeza que se apoderaba de él cada tercer día cuando llegaba a ver a la belleza mutilada, enlodada, sucia… ¡Olvidada…! Como siempre, sin dejar de trotar dio tres o cuatro vueltas a la estatua volteando de vez en cuando a ver “si lo seguía…” Sonrió ante tal desatino, se detuvo un poco frente a la diosa, como para despedirse de ella y emprendió el trote hacia el kiosco… ¡plash… plash… plash…! ¡Los pasos… a su lado…! ¡Alguien… algo… iba junto a él…! ¡Imposible…! ¡Ya había luz… y no veía a nadie… no veía nada…! Pero sí, lo sentía…

Se detuvo un momento… volteó hacia todas partes… y al emprender nuevamente el trote…¡Una mano fría, húmeda, pequeña como de niño tomó su mano…! Joaquín estuvo a punto de gritar –aún no sabe si lo hizo-… sintió un escalofrío que recorrió todo su cuerpo… ¡Aquella manita… ahí estaba… tomando su mano…! no quiso ni ver su propia mano… no lo necesitaba… la manita húmeda lo sujetaba suave, pero firmemente…
De manera inconsciente aminoró la marcha… oía los pasos, sentía la infantil, invisible… ¡imposible! mano…
A muchos años de distancia, Joaquín no se explica su reacción… hizo acopio de valor y aunque se sentía a punto del desmayo, con voz temblorosa y casi inaudible, viendo siempre hacia el frente, sin atreverse a ver a su lado, le dijo al “niño” que lo sujetaba: “¿quieres ir conmigo…? ¡Vamos pues…!” Trotó lentamente unos cuantos pasos y de pronto sintió cómo aquella manita fría, húmeda, invisible, lo soltaba… Joaquín se detuvo con las piernas temblorosas… ¡plash… plash… plash…! Los pasos alejándose y ahí, en el crecido pasto un suave ondular… tal vez causado por el leve viento… tal vez causado por el paso invisible de aquel niño ¡o lo que fuera…! que lo había acompañado en su recorrido, que lo había dejado visitar a la diosa y que había tomado su mano…
Según Martha, su esposa, Joaquín llegó al kiosco completamente pálido a pesar del ejercicio, tembloroso y, contra su costumbre, se sentó en el suelo hasta que se sintió con fuerza y valor para regresar a su casa.
Nunca más volvió a correr por el Bosque, siguió siendo deportista, pero cambió totalmente su rutina y, aunque de vez en cuando va a visitar a la diosa Flora y vuelve a sentir esa lástima y tristeza que sentía cada tercer día al verla, no se atreve a adentrarse solo por las callejuelas del hermoso y centenario lugar.

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