"Mamá Rosa, la ogresa filantrópica". Por Ernesto Reséndiz Oikión

“Mamá Rosa, la ogresa filantrópica” Ernesto Reséndiz Oikion

 Por Ernesto Reséndiz Oikión

 Cuando entré en la oficina, mi hermana me espetó la frase en la cara con cierta incredulidad: “Detuvieron a Mamá Rosa”. El golpe en seco fue perpetrado por el gobierno desde la mañana del martes 15 de julio, aunque la noticia circuló en medios nacionales hasta en la tarde. Mi papá se percató del operativo policial y del ejército en la calzada cuando pasó cerca del orfanato, pero no imaginó que esta vez el blanco era La Gran Familia, el coto cerrado de Mamá Rosa. A la distancia, mi hermana y yo, oriundos de Zamora ranch, vimos la defenestración de la otrora poderosa Mamá Rosa.
Ayer el periódico Excélsior publicó la caída en desgracia de Mamá Rosa en sus ocho columnas, algunos medios todavía se solazan con las truculencias que alimentan las gulas del morbo, un morbo que revictimiza a los infantes y jóvenes, también medios extranjeros como la BBC y El País hicieron eco de un hecho que parece insólito a todas luces, pero que para los zamoranos fue algo normal, completamente naturalizado, a lo largo de décadas, desde 1947: que una mujer asumiera las responsabilidades del Estado, que encontrara un modo de vida y una fuente de poder y prestigio social a través de ello y que después mantuviera ese poder a través de la corrupción y la violencia.
Los niños zamoranos crecimos expuestos a dos discursos que representaron a Mamá Rosa como personaje de ficción. El primero era de carácter mitopoético: Rosa del Carmen Verduzco Verduzco, perteneciente a una de las familias zamoranas pudientes y de abolengo, había gastado su fortuna entera cuando era joven para criar a niños desamparados. Su vida era un ejemplo de abnegación y sacrificio materno. Una Madre Teresa de Calcuta laica región 4.
El otro era una leyenda negra, una circulación de rumores y chismes que para muchos tenía fundamento de verdad. Este secreto a voces cumplía en los pequeños zamoranos la función que tienen los cuentos de brujas: Mamá Rosa era una robachicos para temer, había secuestrado a niños de madres solteras, había prohibido a padres pobres volver a ver a sus vástagos. La prole de la Peor Señora del Mundo era objeto de todo tipo de maltratos. Yo, que era un niño mariquita fácilmente impresionable, le temía a esa mujer nefasta y en mi fuero interno más profundo agradecía tener una familia amorosa.
Ahora me percato que la figura de la “familia” es una obsesión que mis paisanos reproducen con decisión, producto de una ideología católica ferviente. Además, nuestro clasismo se expresa en la ostentación de pertenecer a una familia decente, de buenas costumbres. Mamá Rosa aprovechó la centralidad de la familia para construir su empresa de beneficencia. También un grupo de narcos se llama La Familia Michoacana. Unas y otras, al fin, parte del árbol genealógico de La Gran Familia Priísta.
El PRI, que gobierna Michoacán, ha decidido que Mamá Rosa es una mujer desechable en el contexto de una violencia virulenta que tiene sumido al estado en el caos, desde hace más de tres gubernaturas. El PRI eligió la mejor manera de acabar con Mamá Rosa, en el momento indicado, justo cuando la detención del doctor michoacano José Manuel Mireles crecía como problema político. Mireles, uno de los líderes de las autodefensas que no fue cooptado por el gobierno para las filas de la policía rural, es un hombre que desafió al Estado. Sus armas, una afrenta. Mireles en la cárcel puede convertirse en un peligroso preso político, por eso el PRI decidió destapar la cloaca de La Gran Familia. La subsecretaria de Derechos Humanos de la Secretaría de Gobernación, Lía Limón, elucubró meticulosamente durante meses la destrucción política de una mujer construida ahora mediáticamente como la monstruosa hermana gemela de Sara García. Incluso en su capítulo final, Mamá Rosa ha sido útil al Estado, que por medio siglo se desentendió de garantizar los derechos humanos fundamentales de generaciones de infantes. Mamá Rosa, quien padece diabetes al igual que Mireles, fue ingresada en el Hospital San José, el templo pulcro de la salud de los ricos de Zamora. Lo mejor que puede pasarle a ella es la muerte. El PRI, de nuevo, distrajo la opinión pública con un caso para el escándalo, la condena moral y el linchamiento de  la bruja grotesca.
Ensayo un retrato moral, aventuro un perfil que me resulta cercano. Imagino una foto de álbum de familia. Recuerdo a Mamá Rosa como una vieja gorda, fea, tosca, directa y decidida. De carácter dominante. Con un discurso vulgar y soez. Su voz estridente imponía respeto. Vestía sandalias negras, una falda a cuadros rojos y azules dejaba ver sus piernas deformes velludas, se ponía camisetas sencillas y suéteres rojos para cubrir sus carnes fofas. Jamás ostentó riqueza o lujos. Era un estereotipo de marimacha portentoso. Insisto, todo un personaje novelesco. Una mujer que ejercía el poder autoritariamente. La sociedad zamorana, los gobiernos locales, estatales y federales (de todos los signos políticos: PRI, PAN y PRD), y organismos nacionales e internacionales entregaron a Mamá Rosa recursos económicos y materiales para la crianza de niños y jóvenes pobres, durante generaciones. Todavía este año, el gobierno de Enrique Peña Nieto dio dinero del presupuesto para la manutención de La Gran Familia. A esa vieja los niños zamoranos aprendimos a entregar unas monedas cada año. Las dádivas para expiar el prurito de clase y la desigualdad descarnada.
Rosa Verduzco, una joven rica que renegó de su origen, supo usar su privilegio de clase para interpelar a la pequeña burguesía zamorana. A los comerciantes de chongos, empresarios y productores de fresa debió resultar cómodo y fascinante encumbrar a una mujer de los suyos que gritaba groserías, maldiciones y verdades para mantener y educar a los niños pobres y huérfanos. Mamá Rosa se plantaba con la oligarquía y con los políticos, y a todos les sacaba dinero. Su discurso directo, agresivo e inflexible le creó una fama, un prestigio y un poder que, en un principio, sirvió para cuidar a niños y jóvenes porque empataba con el asistencialismo católico. Pero ese mismo poder debía justificar su razón de ser a través de los huérfanos; cuando no había niños Mamá Rosa no dudó en robarlos y secuestrarlos de madres solteras y familias pobres.
Los poderes políticos, económico y eclesiástico la respaldaron, la inventaron como ogresa filantrópica. Los medios de comunicación –la prensa, radio y televisión locales- y las escuelas privadas apoyaron las campañas de recaudación de fondos de Rosa Verduzco, mucho antes de que existiera el Teletón. Mamá Rosa fue la única que se paseó a sus anchas con la reina Isabel de Inglaterra. Fue una mujer sumamente hábil, que pronto supo acercarse al poder y reproducir su pequeño poder en el territorio cerrado donde ella era la reina absoluta.
Y el poder cultural también se dejó seducir por el discurso de Mamá Rosa. Don Luis González y González, a quien yo considero el historiador más importante del siglo XX mexicano, fue su amigo, cuando aquélla todavía no era la vieja cacica corrompida. Luis González, patriarca cultural, que transformó la historiografía en el orbe occidental con su propuesta novedosa de la “microhistoria” no dudó en escribir páginas elogiosas a la obra de beneficencia de Rosa Verduzco. Armida de la Vara, una de las mejores escritoras mexicanas en el olvido y esposa de don Luis González, también hizo lo mismo. Si alguien escribiera la microhistoria de Zamora ranch tendría que contar este capítulo sórdido.
Intelectuales siempre cercanos al poder, que crecieron a la sombra y protección de don Luis González, hoy se desgarran las vestiduras en supuesta defensa de Mamá Rosa. Los historiadores Enrique Krauze y Jean Meyer, quienes se tomaron muchas veces la foto con ella y alabaron su trabajo, exigen justicia y alto a la condena mediática. El Premio Nobel de Literatura, Jean Marie Gustave Le Clézio, también le donó sus derechos de autor. Las posturas de Krauze y Meyer me parecen deleznables. El escándalo es un escupitajo a su poder cultural y no están dispuestos a reconocer su ceguera y sus errores. Su soberbia no les permite sensibilizarse ante los casos de abuso y violación sistemática de derechos humanos de niños y jóvenes. A Krauze y Meyer no les he escuchado una sola palabra en defensa de los pequeños violados, sólo observo su vulgar protección de intereses personales.
Esa defensa a ultranza también la realizan el expresidente Vicente Fox y su esposa, la zamorana Martha Sahagún, quienes entregaron cuantiosos recursos públicos a Mamá Rosa, para su gasto discrecional y muy poco transparente. Patético es el desempeño del procurador Jesús Murillo Karam, quien expuso una serie de testimonios de presuntas víctimas y después afirmó estar sorprendido por desconocer que se cometían tales abusos en La Gran Familia. Ahora resulta que los priístas jamás se enteraron de la violencia. Algunos medios han reproducido hasta la náusea los testimonios proporcionados por el procurador: que si los niños eran obligados a mamar verga, que si El Pinocho era una celda lúgubre, que si había ratas, pulgas, piojos y chinches, que si comían fiambres en estado de descomposición, que si los castigos era eternos. La revictimización y el amarillismo son lucrativos. El gobierno ha dicho que identificará a los padres de los huérfanos a través de pruebas de ADN, puesto que todos los infantes eran registrados con el apellido Verduzco. ¿Podrán hacerlo con certidumbre? Según se informó, al menos 70 padres han ido a La Gran Familia para reclamar a sus hijos robados.
La sociedad zamorana está conmocionada porque esta historia de abusos es su reflejo más fiel, su espejo más exacto, una bofetada frontal a su hipocresía. Una constatación de la sociabilidad de la violencia que fue sutil y férreamente naturalizada y normalizada. La sociedad de Zamora ranch también está dividida, la pequeña burguesía apoya la obra de Rosa Verduzco como un monumento a la maternidad y la beneficencia privada. Los hombres y mujeres cuyos hijos fueron secuestrados odian a Mamá Rosa. Unos y otros se manifiestan en un escenario en disputa que el gobierno aprovecha.
Hay historias de cariño y agradecimiento hacia Mamá Rosa, hay hombres y mujeres que fueron criados por ella, que se afirman y son sus hijos. Personas cuya infancia de maltrato y pobreza pudo ser paliada con el cuidado, protección, disciplina y amor que Mamá Rosa les entregó. Esos ciudadanos agradecidos tuvieron una educación formal gracias a ella. Varios participaron en la Banda de Música Fausto Zerón Medina de La Gran Familia. Cientos han salido a las calles a defender a su madre. Esas personas afrontaron, primero, el estigma de ser huérfanos; después, la marca de ser hijos de Verduzco. Las cicatrices en sus historias y su gratitud infinita merecen absoluto respeto.
Otro territorio michoacano fuera del orden legal es La Nueva Jerusalén, donde la religión es un discurso ideológico que justifica un cúmulo de vejaciones a personas dominadas. El PRI no se meterá allí porque hasta ahora no es redituable políticamente. Se debe subrayar que en el país no hay una reglamentación de los orfanatos. Hay espacios de desarrollo humano y otros son infiernos donde los niños y jóvenes sufren explotación sexual y laboral. Sin una normativa las casas de huérfanos son paraísos para pederastas. Si Mamá Rosa recupera su salud, debe enfrentar un proceso legal por su responsabilidad. ¿Los depredadores sexuales irán a la cárcel? Parece que la revictimización, la estigmatización y la violencia hacia los escuincles de La Gran Familia es lo único que ofrece el gobierno priísta.
Un recuerdo vívido me cimbra ahora. Mamá Rosa bajó de su camión destartalado, estacionado enfrente de El Colegio de Michoacán, la institución fundada por Luis González. La mujer se acercó a mi mamá y a mí. Mi madre sacó un billete de alguna cantidad considerable y se lo entregó a la gorda. Ella me miraba con jovialidad y me dijo segura: “Tú eres el joven escritor”. Me sorprendió que fuera mi lectora en el periódico Guía, me impactó que me reconociera. Un halago a mi ego y a mi vanidad. Me sentí incómodo entonces. El fantasma, la violencia sutil, permanece como una presencia trágica. Hay que hablar de lo que duele.
 

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