Por GUILLERMO VALENCIA REYES*
Michoacán es una tierra que carga en sus espaldas décadas de violencia impune, de promesas rotas y de ciudadanos abandonados a su suerte entre las balas del crimen y la indiferencia del Estado. Conocer nuestra historia implica también encontrar patrones que se repiten en latitudes distintas, con nombres diferentes, pero con la misma gramática de sangre.
Por ello, la semana del 22 de febrero al 1 de marzo será recordada por funesta. Dos eventos, uno en el corazón del Medio Oriente, otro en nuestro México profundo, nos obligaron a reconocer que la barbarie no tiene pasaporte y que los estados que no gobiernan terminan siendo cómplices de los que sí lo hacen, aunque sea por la fuerza de una metralleta.
A primera vista, nada parecería más distante que la geopolítica iraní y la violencia del crimen organizado en el occidente de México. Uno es un conflicto de naciones, con siglas de organismos internacionales, con discursos en la ONU y con portadas en el New York Times. El otro es, para los grandes medios nacionales, “nota roja”, algo que se relega a la tercera página o se minimiza con eufemismos como “enfrentamiento” o “presunto ajuste de cuentas”. Sin embargo, hay semejanzas. Veamos:
Primero: La apuesta por la decapitación del mando. Tanto en el caso iraní, que acabó con la vida del Ayatola Jomeini, como con el operativo que resultó en la caída de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, actuaron sobre una misma teoría: matar a la cabeza para que el cuerpo muera. La historia ha demostrado que ese plan falla porque ignora que los sistemas de terror son estructuras sociales, económicas y políticas que sobreviven a sus líderes porque están enraizadas en la pobreza, la desesperación y la ausencia del Estado.
Segundo: La represalia asimétrica y el ciudadano como escudo. Cuando el mando cae, la respuesta no llega contra quienes lo derribaron, sino contra los más vulnerables. En la región del conflicto iraní, los bombardeos no distinguieron entre objetivo militar y población civil. En Michoacán y Jalisco, los narcobloqueos del 22 de febrero tampoco distinguieron entre agente federal y ama de casa que volvía del mercado. El terror asimétrico tiene una lógica perversa y clara: si no puedo golpearte a ti, golpeo lo que te rodea hasta que el costo político de seguir persiguiéndome sea insoportable.
Tercero: El Estado es superado y el vacío llenado por el caos. En ambas geografías, ¿dónde estaba el Estado antes de que llegara la crisis? El Estado iraní, con décadas de autoritarismo que ahogaron toda disidencia civil y toda posibilidad de construcción de paz interna. El Estado mexicano, con sexenios enteros de complicidad, negligencia o franca colusión con el crimen organizado, permitieron que el CJNG se convirtiera en un actor con capacidad de paralizar ciudades enteras. Ninguno de los dos llegó a la crisis por sorpresa: ambos la construyeron, ladrillo a ladrillo, con cada omisión y cada impunidad durante años.
Cuarto. La contabilidad del horror: 319 vidas. Son personas. Son familias. Son futuros truncados. En México, durante la jornada del 22 de febrero, los reportes de seguridad registraron al menos 58 fallecidos directamente vinculados al operativo y a los narcobloqueos subsecuentes, entre ellos agentes federales que cumplían su deber y sicarios. A esto se suman 45 homicidios adicionales registrados ese mismo día en el Informe Nacional de Seguridad, víctimas de una violencia que no necesitó del operativo como pretexto porque ya existía, ya era cotidiana y normal para quienes tienen la obligación de atenderla. Total: 103 muertos.
En el conflicto iraní y la región, del 28 de febrero al 1 de marzo, los registros señalan al menos 201 fallecidos en territorio iraní, entre mandos militares, funcionarios y población civil. En Israel y entre fuerzas estadounidenses presentes en la región, se contabilizaron otras 15 víctimas mortales. Total: 216 muertes.
Quinto: la crueldad contra los indefensos. En Irán, el bombardeo sobre la escuela primaria de niñas Shajareh Tayyebeh, en la ciudad de Minab, es uno de esos crímenes que no tienen nombre en idioma alguno. Entre los escombros, 153 niñas. El ataque a escuelas es el mensaje más brutal que una fuerza puede enviar: aniquilaré tu futuro social antes de que madure. Es, por definición y por convicción, un crimen de lesa humanidad.
Nuestra tierra tampoco quedó exenta de la crueldad que deshumaniza. Durante los narcobloqueos del 22 de febrero, en las carreteras de Michoacán y Jalisco, se vivieron escenas que ningún ciudadano debería presenciar jamás. Familias enteras atrapadas en sus vehículos mientras los sicarios incendiaban camiones a su alrededor, sin distinguir entre quien porta un arma y quien lleva al niño al médico.
Es importante concluir que, si bien en México se acumularon 103 asesinatos el domingo 22 de febrero, la cifra pudo elevarse exponencialmente, dado que, el operativo contra “El Mencho” fue en día inhábil. En cambio, en Irán, el ataque se perpetró en sábado, que es su primer día hábil de la semana. Por ello, más de la mitad de los muertos por la guerra fueron niñas iraníes.
Ni pensar qué hubiera ocurrido en México en situaciones análogas: un pequeño error de cálculo en un ataque con drones en México pudo haber caído en una escuela y el daño hubiera sido mucho mayor, superando por mucho la cantidad de muertos en México, simplemente, por la cantidad de estudiantes que suelen concentrar los planteles educativos en las zonas urbanas de nuestro país.
En suma, en ambos casos, la urgencia por decapitar monstruos tuvo costos incalculables y los pagaron los más vulnerables, a quienes se les arrebató su paz, su sangre y hasta su vida. La pregunta es, ¿dónde están los aplaudidores del régimen que se quejaron en su momento por Irán y decidieron callar por las víctimas del operativo contra “El Mencho”? Su doble moral queda, una vez más, desenmascarada.
Elevemos nuestra condena al bombardeo de escuelas en Irán, así como lo hacemos por las decenas de asesinados en México. La violencia contra inocentes es el mismo crimen, ocurra donde ocurra. Y el silencio cómplice de quienes tienen tribuna y la desperdician nos hace a todos partícipes del siguiente ataque.
¡México y Michoacán merecen una Revolución institucional y Social!
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*Guillermo Valencia Reyes. Es licenciado en Derecho por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Fundador de la Asociación Civil “Revolución Social”. En el terreno político ha sido presidente del Frente Juvenil Revolucionario; diputado en el Congreso del Estado; presidente municipal de Tepalcatepec; y actualmente presidente del Comité Directivo Estatal del PRI y legislador local.
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*El autor es abogado, activista social, defensor de derechos humanos de víctimas, diputado local y presidente del PRI en Michoacán
