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ENTREVISTA. Corazón de Puerto, voz de justicia: Itzé Camacho Zapiain, primera mujer que gobernó el municipio de Lázaro Cárdenas

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Por VÍCTOR ARMANDO LÓPEZ

El sonido del mar en Lázaro Cárdenas es una memoria que no se borra. Es un rumor constante de oleaje que mezcla el salitre con el olor a diesel de los barcos mercantes, una banda sonora industrial y natural que Itzé Camacho Zapiain lleva grabada en el pecho desde que tiene uso de razón.

La diputada local por el distrito de Lázaro Cárdenas, integrante del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) en la 76 Legislatura del Congreso del Estado, despliega una energía que no conoce el reposo. Su voz, cálida y directa, tiene la cadencia de quien ha aprendido a hablar en asambleas, en mítines, en consultorios médicos y en comedores comunitarios. No es una política de discursos ensayados ni de poses calculadas, sino una mujer que se reconoce con humildad y firmeza como “una ciudadana normal” que tuvo la oportunidad de servir.

En entrevista en el programa “Conexión” del portal www.lapaginanoticias.com.mx comparte un poco de su historia, esa que es la de una niña estudiosa y chaparrita que nunca cargó la bandera; una químico farmacobióloga que empezó su vida laboral trabajando gratis como locutora; una hija que alzó la voz contra el poder omnímodo de un funcionario temido cuando encarcelaron injustamente a su padre, y una mujer que, contra todos los pronósticos y sin recursos, se convirtió en la primera presidenta municipal de Lázaro Cárdenas, Michoacán. Así como la primera en ser reelegida.

Hoy la diputada local abre las puertas de su casa de enlace en Morelia para dar comida caliente, internet gratuito, limpiezas dentales, asesoría jurídica y apoyo psicológico a quien lo necesite, sin pedir nada a cambio.

Itzé Camacho Zapiain nació en la Costa Michoacana, pero sus raíces tienen dos coordenadas geográficas y emocionales. Su padre es originario de ese puerto, mientras que su madre llegó desde Monterrey hace más de cincuenta años, cuando fue boom industrial de Sicartsa, la empresa siderúrgica que marcó el desarrollo de la región, atrajo a cientos de familias en busca de trabajo y de un futuro mejor. Fue en ese crisol de esfuerzo obrero, de humo de fundidoras y de jornadas agotadoras, donde sus padres se conocieron, se casaron y formaron una familia.

Itzé es la primera de tres hermanos, y desde muy pequeña entendió que el estudio no era una opción ni un favor, sino una obligación innegociable. “Mi mamá fue muy eh… ¿cómo te diré? Te presionaba, te decía: tienes que estudiar, tienes que ser alguien”, recuerda con una mezcla de gratitud y firmeza.

Fue una niña de muchos dieces, de cuadro de honor, medallas en ortografía y matemáticas, de esas que los maestros ponen de ejemplo. Pero había una pequeña injusticia que la marcó para siempre: Nunca le tocó cargar la bandera como escolta porque era chaparrita, porque su estatura no le daba el porte que se exigía en los honores a la enseña patria. “Son de las cosas que dices: ¿Por qué te limitan por tu físico, cuando tu inteligencia es mayor?” Reflexiona con una sonrisa que no oculta la huella de aquella exclusión temprana.

Su infancia en el puerto, sin embargo, no fue sólo estudio y cuadros de honor. Itzé fue una niña activa, juguetona, amiguera. Jugaba al resorte con sus compañeras en la primaria, esa dinámica de habilidad y ritmo que marcaba las tardes de entonces. Pero también, y esto es menos común, fue futbolista. “Era futbolista, y ahorita ya me puedo romper la cadera, ya no, pero ahorita la hago de portera a veces”, confiesa entre risas.

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De hecho, llegó a formar parte del equipo femenil de fútbol de su facultad en Morelia, y todavía hoy, cuando puede, se junta a jugar los jueves con algunas diputadas y periodistas. Disfrutaba los fines de semana en el rancho de su papá, un terreno que no era de ella ni de sus primos sino del abuelo, pero que se convirtió en el escenario de travesuras inolvidables. Había un arroyo, se bajaban a jugar, y siempre estaba el primo grande, latoso y molestón, que se dedicaba a fastidiar a los más pequeños. “Así pues le hacíamos travesuras, pero no peligrosas”, admite con una pícara sonrisa, dejando claro que la vena traviesa no la ha abandonado del todo, aunque ahora se manifieste en formas más institucionales.

Esa dualidad entre la disciplina exigida por su madre y la libertad del puerto y el rancho forjó un carácter intrépido, audaz, que no le teme a ensuciarse las manos ni a enfrentar lo que venga.

A los dieciocho años, Itzé tomó una decisión que la llevaría lejos de su tierra por un tiempo. Escogió estudiar la carrera de Químico Farmacobiólogo, una profesión con salida laboral clara pero que no se impartía en Lázaro Cárdenas. Así que se vino a Morelia y se inscribió en la facultad. Fueron cinco años de estudios intensos, de laboratorios, de reactivos y de análisis clínicos, pero también de activismo estudiantil, de tomas de la escuela y de causas justas.

“Fui una muchacha muy intrépida”, repite, y lo demuestra con una anécdota que la retrata de cuerpo entero. Recuerda con especial fuerza cuando una compañera fue acosada por un maestro. “Fue una lucha que dimos muy intensa con un grupo… no todos eran revolucionarios, era un grupo muy pequeño. No importaba el número, sino la causa. “Siempre fui de defender la justicia, defender las causas justas y sobre todo alzar la voz. Siempre fui así, ¿eh? Y donde quiera que he estado lo he hecho”. Esa convicción, esa rebeldía bien orientada, la acompañaría en cada etapa de su vida.

Terminó su carrera en 1999. “Yo sí me titulé”, enfatiza, porque sabe que en el mundo de la política y la función pública hay quienes omiten ese paso. Pero entonces llegó el primer gran tropiezo de su vida adulta: No encontraba trabajo. Buscó hasta de ayudante en laboratorios clínicos en Morelia, ofreciéndose para lo que fuera, pero nadie la contrataba. Las puertas se cerraban una tras otra. “Por algo pasan las cosas”, dice ahora, con la sabiduría de quien ha aprendido a leer los designios del tiempo y la fe.

Se regresó a Lázaro Cárdenas, donde vivía su mamá, y empezó a buscarse la vida. Su primer trabajo, aunque suene increíble para una químico farmacobióloga recién titulada, fue de locutora. Sin paga. “Yo estaba feliz por hacer algo”, confiesa, y no hay en sus palabras un ápice de vergüenza, sino el orgullo de quien nunca ha tenido empacho en empezar desde abajo. Luego fue maestra de secundaria, dos o tres horas a la semana, apenas para ir sobreviviendo. Metió papeles en todas las empresas del puerto: Fertinal, el Seguro Social, todo lo que se movía en aquel entonces en una zona industrial pujante. Pero el empleo en su área no llegaba. Y mientras tanto, en su corazón, germinaba una semilla que había plantado su padre años atrás, casi sin querer.

Porque su papá, don Desiderio Camacho, fue dirigente estatal del PRD en los años noventa. Itzé recuerda las “Brigadas del sol”, repartiendo propaganda para Cuauhtémoc Cárdenas, casa por casa, cuando ella tenía veintidós años. Era un hervidero de jóvenes, cuenta, todos entusiasmados con la posibilidad de un cambio real. Pero también recuerda el freno, la mano protectora pero limitante de sus padres. “El tema de que las mujeres no deberían estar en la política, o las mujeres que estaban en la política eran catalogadas como que… eh… tienes que entrar a la política de otra forma, entonces eso como que me blindó a mí”.

Sus papás la cuidaban, la protegían de un mundo que percibían como hostil y masculino. “Tú a la política no, porque eres niña de casa”. Ese “no” la persiguió durante años, pero no la amargó. Se casó, formó su familia, puso su laboratorio de análisis clínicos, su propio negocio, y se dedicó a lo suyo. Pero la política, esa pulsión indomable, la llamaba desde dentro con una voz que se volvía cada vez más fuerte.

Un día, un candidato ganó la presidencia municipal y le propuso ser secretaria del ayuntamiento. La oportunidad, al fin. Consultó con su mamá, quien le dio el espaldarazo definitivo: “Hazlo, si no te quedas con las ganas de hacer nada en la vida, hazlo y que te valga lo que digan los demás”. Lo intentó. Pero muy pronto descubrió que no era su lugar. Veía cosas que ella no haría si fuera presidenta, prácticas administrativas que le parecían opacas, decisiones que no compartía. “Yo no estaba ahí por un puesto, no estaba ahí por dinero, estaba ahí porque realmente tenía una convicción de hacer algo bueno”.

Y al ver que el alrededor no hacía bien las cosas, tomó una decisión radical: renunció. “Bye”. Y se hizo una promesa que cumpliría al pie de la letra: no volvería a entrar como funcionaria de nadie. Sólo si ella era la presidenta, la que mandaba, la que tomaba las decisiones. “Y lo cumplí”, afirma con la satisfacción de quien ha sido fiel a sus principios.

Pero antes de que ese sueño se hiciera realidad, vendría la prueba más dura, el valle de sombras que pondría a prueba su fe, su familia y su entereza. Durante el periodo de Alfredo Castillo, el controvertido comisionado federal en Michoacán que algunos llamaban “el virrey”, su padre fue encarcelado injustamente. Fue una época oscura, de miedo, de incertidumbre. “Nadie hablaba, nadie alzaba la voz, pero así como les comento que soy, pues claro que alcé la voz”. Reconoce que sintió miedo. “Era un sanguinario”, dice, y el tono no admite medias tintas. Pero alzó la voz ella sola, sin respaldos, sin padrinos, sin más arma que su convicción y su fe. Y demostró la inocencia de su padre.

La acusación era burda, absurda: Le inventaron la posesión de carros de lujo que nunca tuvieron, una casa que no existía, riquezas que eran pura ficción. “Todo lo que se inventó, todo lo que la gente que no lo sabe critica”. La lucha fue larga y dolorosa. Su familia entera sufrió las consecuencias. Pero entonces llegó Andrés Manuel López Obrador, quien conocía a su padre de cuando él era dirigente nacional del PRD y don Tano dirigente estatal. Andrés Manuel la escuchó, atendió su causa, y se hizo justicia. Su papá fue liberado. Pero el desgaste político y emocional fue brutal. “Mi papá recién golpeado políticamente”, resume. Sin embargo, esa prueba la forjó como el acero que se templa en el fuego. “Dios me la puso y la pasé… quiere decir que prueba superada, y si hice esa prueba superada es porque Dios me está preparando para algo”.

Vino Morena. El partido, el movimiento, la esperanza. Le preguntaron si quería ser candidata a presidenta municipal de Lázaro Cárdenas. No tenía recursos. Acababa de salir de ese proceso desgastante que había dejado a su familia en la cuerda floja. “No tenía ni recurso”, admite con franqueza. Pero Morena, en un gesto que ella nunca olvidará, le mandó propaganda: Lonas, tarjetitas con su imagen.

Y Andrés Manuel, el presidente que ya la vislumbraba en el horizonte, le grabó un video. “Un video hermoso donde le dice a la gente de Lázaro Cárdenas: voten por Itzé Camacho, una mujer joven, una mujer capaz”. Eso, para ella, ya era un premio, ganara o perdiera. “Valió la pena aunque no hubiera ganado”, confiesa. “Que Andrés Manuel te haya hecho un video a ti… no se lo hizo a ningún candidato más que a Raúl Morón y a mí, y eso ya queda registrado en la historia”.

La campaña fue durísima, una de esas batallas campales donde las fuerzas parecen invisibles pero los golpes son reales. Enfrente tenía al candidato oficial del gobernador, con millones de pesos para comprar votos, para llenar de propaganda el puerto, para cooptar a líderes y organizaciones. Ella iba con puros chavos, muchachos de entre veinticinco y treinta años, sin experiencia política, pero con un corazón enorme.

“Puros chavos que decían: Nosotros la ayudamos. Dije, pues sí, vamos a colgar lonas, vamos caminando”. Entre esos chavos, por cierto, estaba el actual presidente municipal de Lázaro Cárdenas, el que hoy continúa su obra. Las redes sociales fueron un infierno. “No saben cuánto lastimaron, cuánto dañaron a mis hijos”, dice, y la voz se le quiebra un instante. Sus hijos sufrieron bullying en la escuela, compañeritos que repetían las barbaridades que los adultos escribían en Facebook y Twitter.

“Les decían barbaridad y media, que yo no iba a ganar, que yo era tal, la hija de Tano”. Pero ella mantuvo su estilo, su ética de campaña: nunca ofendió al de enfrente, no señaló a nadie, nunca permitió que su equipo dijera cosas de los contrarios. “Mis campañas siempre fueron positivas”, afirma. Y esa coherencia, con el tiempo, la gente la reconoció.

El día de la elección, todo fue tensión, incertidumbre, las horas que no pasan. La votación estuvo pareja. Ya le daba un infarto, confiesa entre risas nerviosas. Alguien le dijo que el candidato de enfrente parecía haber sufrido un infarto, y ella respondió: “Pues a mí me estaba dando otro”. Cuando al fin le confirmaron que ganó, no lo podía creer. Ganó por cuatrocientos votos. Cuatrocientos votos que cambiaron la historia de Lázaro Cárdenas. Era la primera mujer presidenta municipal del puerto. La primera en romper ese techo de cristal salado, como ella misma bromea.

“Estaban los ojos sobre ti, a ver qué haces mal para estarte señalando, incluso las mismas mujeres se vuelven tus centinelas”. Pero ella resistió. Gobernó. Y gobernó bien. Tanto que en la siguiente elección, la de 2021, se convirtió en la primera presidenta municipal de Lázaro Cárdenas en ser reelegida. Esta vez, ganaron casi tres a uno. “La gente sí es agradecida”, sentencia. “La gente sí ve. La gente sí valora. Sí vale la pena hacer el esfuerzo”.

Su día normal como presidenta era una prueba de resistencia física y emocional. Se levantaba temprano, aunque ya casi no duerme, bromea. Llevaba a sus hijos a la escuela, ella misma, porque esa era una de sus reglas no negociables. Luego se cambiaba para los eventos de actos cívicos, las inauguraciones, los honores a la bandera. Y después, a la presidencia municipal, a atender a la gente. Había colonias que al principio, cuando las visitaba, encontraba gente con pancartas e insultos. No confiaban en ella, la veían como una intrusa, como la hija de Tano, como una mujer en un territorio de hombres. “Yo los voy a recibir. Vénganse. Bajen las pancartas, estoy aquí para escucharlos, no para gritar”.

Los recibía a todos, uno por uno, anotaba sus demandas, buscaba soluciones. “Las necesidades son muchas, a veces en una colonia, pero por lo menos podemos resolver una de todas las que traen”. Atendía hasta las dos de la tarde, cuando cortaba las citas para ir por sus hijos a la escuela, comer con ellos en familia, compartir ese momento sagrado que la anclaba a la vida real, a lo importante. Luego regresaba a seguir atendiendo hasta la noche. “Fue muy pesado el primer año”, admite. Pero esa disciplina, esa capacidad de separar la vida pública de la privada sin descuidar ninguna, fue la clave de su éxito.

Los resultados están a la vista: Lázaro Cárdenas fue uno de los cinco municipios con mejor percepción de seguridad en todo el país. Llegaron inversiones federales importantes, gestionadas ante el presidente Andrés Manuel López Obrador y ante la hoy presidenta Claudia Sheinbaum. Y la feria del puerto, que antes traía comediantes como estrellas principales, ahora tiene a Gloria Trevi, a Yuridia, a Gerardo Ortiz, a Los Capibara. “No todo es pan, no todo es circo… hay que saber dar de todo”, reflexiona con la sabiduría de quien ha aprendido a equilibrar la fiesta con el trabajo, la alegría con la responsabilidad.

Hoy, como diputada local por el distrito de Lázaro Cárdenas en la 76 Legislatura del Congreso del Estado, su energía no ha disminuido ni un ápice. Es integrante de la Comisión de Turismo y presidenta de la Comisión de Límites Territoriales. En esta última, presume, resolvió un conflicto limítrofe entre Charo y Morelia, un logro que habla de su capacidad de negociación y diálogo. En materia de turismo, ha impulsado un calendario de festividades municipales que repartió a todos los presidentes municipales del estado, sin importar su partido, sin pedir nada a cambio. “Cada municipio tiene muchas festividades, pero aquí pusimos la que cada presidente considera más importante, reflejada en este calendario”, explica. Y lo ha enviado también a la Secretaría de Turismo, para que quede como un legado, “algo de mi cosecha”, dice con modestia.

Ella cree en el trabajo parejo, en la colaboración por encima de las diferencias partidistas. “Hay que laborar para todos por igual”, afirma.

Pero lo que distingue a Itzé Camacho de muchos otros políticos no está sólo en sus comisiones o en sus logros de gobierno, sino en una casa de enlace que abrió en Morelia, a trescientos kilómetros de su distrito. En la colonia Chapultepec, en una dirección que ella misma comparte sin reservas, funciona un comedor comunitario, una biblioteca, un centro de internet, una clínica dental, un espacio de asesoría jurídica y psicológica. Todo gratis. Abierto para quien lo necesite. La idea, cuenta, nació de una experiencia que la marcó. Una vez, en una caseta de camino a Lázaro Cárdenas, se detuvo a comer con sus compañeros. Vio a una persona acercarse al puesto de comida y pedir un taco. La encargada le respondió: ‘No, no, hazte para allá’. “Dije: Qué falta de empatía tenemos ya entre los seres humanos, ¿qué te cuesta de lo que estás haciendo de comer darle un taco a una persona?”, recuerda todavía con indignación.

De ahí nació todo. Porque ella fue estudiante, sabe lo que es no tener para comer los jueves o viernes, ver a sus amigos hacer “inventos” con atún y huevo. Porque ve todos los días a un señor que va al hospital de oncología con su mujer enferma y necesita un plato de comida caliente. Porque hay estudiantes que no tienen internet en sus casas y necesitan conectarse para hacer sus tareas.

En sus ratos libres, que son casi una excepción, Itzé Camacho se echa en su cuarto a ver series o películas. Pero confiesa, con una honestidad que desarma, que cuando ve Netflix, ella se queda dormida. Prefiere el cine, y dentro del cine, las historias reales. “Me gusta mucho El pianista, La lista de Schindler… esa época del holocausto”, revela. No le gusta la fantasía desmedida, ni Harry Potter ni las películas de magia. Prefiere lo que duele, lo que enseña, lo que recuerda de lo que el ser humano es capaz en lo peor y en lo mejor.

No colecciona nada, dice con una rotundidad que es toda una declaración de principios. “No, porque nada me voy a llevar. Todo lo vivo y todo lo disfruto”. Y cuando se le pregunta si admira a alguien, responde de manera inesperada: “Creo que cada quien tiene un propósito en esta vida. Me admiro yo al ver tantas cosas malas que he pasado”. Porque detrás de la sonrisa amable y la voz cálida, hay una mujer que ha cargado con tragedias duras, dolorosas, que no exhibe pero tampoco oculta.

“Ustedes me pueden ver como diputada, como presidenta, ay qué padre, pero mis tragedias no las han vivido y son duras, han sido duras, han sido dolorosas como cualquier mujer tal vez”. Y concluye: “Si Dios me las puso y las pasé, qué bueno, porque quiere decir que prueba superada”.

Le encanta la comida tradicional. El pozole, el frito, el mole. Cuando iban a las marchas de apoyo al presidente en la Ciudad de México, ella hacía tortas de mole para todos los que viajaban en el camión desde Lázaro Cárdenas. Pero confiesa un placer culposo: La Coca-Cola. “Una comida sin Coca no es comida”, sentencia. Y su plato favorito, el que la conecta con su infancia, con la sencillez de la cocina de su madre, son los frijoles de la olla. Con queso, con cebolla, con cilantro, con salsita, con tortillita. “Ese es para mí el mejor manjar.

El domingo, cuando puede, lo dedica a Dios. Se congrega en una iglesia cristiana en Lázaro Cárdenas, desayuna después del servicio, y luego se encierra en su casa a cocinar para su familia, a hacer una carne asada, a disfrutar de los suyos.

Es una mujer que madruga, que maneja cientos de kilómetros, que atiende a quien la busca. Porque esa es su naturaleza: servir. “De lo que pueden estar seguros los michoacanos de mí es de que donde esté, donde me toque estar, donde ustedes quieran que yo esté, siempre voy a dar lo mejor de mí como ser humano. Porque si a alguien le agradezco la oportunidad de poder servir es a Dios, y a quien no le puedo quedar mal es a él”.

Cuando se le pide que comparta una anécdota, recuerda que al principio de su gestión como presidenta, cometió errores, como cualquier ser humano. Pero también recuerda con orgullo los aciertos: haber dignificado la feria del puerto, haber traído artistas de talla nacional, haber mejorado la seguridad, haber pavimentado calles, haber dado continuidad a las obras más allá de los colores partidistas. Porque ella cree en la continuidad, en no tirar lo bueno que hizo el anterior solo porque es de otro partido. “Esa es la lamentable política que todavía existe”, critica. “Llega un presidente municipal y tira todo lo bueno o malo que haya de lo anterior, y empiezan de cero. Así no hay avance”.

Al participar en la dinámica de “La llave mágica” del programa “Conexión”, Itzé Camacho Zapiain dice que con ella abriría a Michoacán la puerta del cariño. “Michoacán necesita un trabajo parejo para todos, sin importar colores de partido. Soy una mujer que se quiere ganar el corazón de la gente, no quiero ganar ni votos ni colores, ni nada”.

Itzé Camacho Zapiain es, en esencia, una mujer que aprendió desde niña que la inteligencia pesa más que la estatura, que la justicia se defiende aunque dé miedo, que la fe sostiene cuando todo parece derrumbarse, y que la política, bien entendida, no es un negocio ni una plataforma para el ego, sino una forma de servir. Ella es, ante todo, una mujer de acción, de convicciones inquebrantables, de una coherencia que no necesita gritarse porque se demuestra en cada acción solidaria que emprende.