La Página
Por FÉLIX MADRIGAL
Morelia, Michoacán.-Hay historias que no comienzan con flores ni serenatas. Hay historias que empiezan en una reunión juvenil, dentro de un grupo político, en una banca compartida y en un refresco derramado por los nervios. Así comenzó la de Sonia del Carmen Flores y Gerardo Herminio Ortega Valenzuela.
“Yo creo que yo era la más feita del grupo”, recuerda Sonia entre risas, todavía con la ligereza de quien evoca sus diecisiete años. Él, en cambio, era serio. “Súper guapo”, admite ella. A él le decían Milo. Se conocieron en las Juventudes Comunistas, en Chile. Sonia no imaginaba nada. “Ni por aquí se me pasaba que él iba a ser mi pololo”. Pero un día, entre compañeros sentados de dos en dos, él reunió el valor. “Estoy enamorado de una chiquilla”. Sonia tomaba refresco cuando escuchó la frase. “De la Sonia”, dijo don Gerardo. Y de los nervios, ella escupió el refresco. Así empezó todo.
Se conocieron a los diecisiete años y se casaron a los dieciocho. Fue un noviazgo limpio, serio, marcado por un gesto que Sonia no ha olvidado jamás: un beso en la frente. “De ese beso no me olvido nunca”. Pero el amor no prometía calma. Gerardo venía del sur, campesino, trabajador de la construcción, inquieto, militante. “Los jóvenes son inquietos”, dice él. Vendía propaganda clandestina, organizaba reuniones y andaba, como él mismo lo recuerda, “bien alzao”. Hasta que llegó el golpe de Estado.
De la noche a la mañana quedó prófugo. Bandos militares con su nombre, casas de seguridad, familiares que miraban de lejos por miedo. Finalmente, la captura. Pasó un mes y medio desaparecido en lo que ellos llaman la Casa del Terror. “Ahí puro patá y puñetes, corriente eléctrica. Hasta en la lengua”. Sonia lo buscó por todos lados. A ella también la golpearon cuando no lo encontraban. Sus hijos se abrazaban a las piernas de los militares para que no la mataran. “Fue una guerra”, resume ella.
Cuando por fin pudo verlo en libre plática, no lo reconoció. “Estaba irreconocible”. Él tuvo que hablarle. “Viejita”. Después vino el campo de concentración: nueve meses de gritos diarios, interrogatorios y golpes. “Mátenme mejor”, les dijo alguna vez. “Prefiere morir antes de decir cosas”, decían los militares. No habló.
México abrió una puerta. “¿Te querís ir para México?”, le preguntaron. “¿Y si no me voy qué pasaría?”. “Te acercamos aquí, en los campos de concentración”. “Si no me dan más chance de otra cosa, me voy”. Llegó primero a Ciudad de México a un Hotel. Trabajo a los cuatro o cinco días donde en su primer trabajo lo despidieron por darles tiempo a su familia más que su trabajo para poder traerlos a México, donde si fue posible estar con ellos, luego trabajo en Infonavit, más tarde Lázaro Cárdenas y finalmente Morelia.
Treinta años trabajó en Infonavit. Conoció Zitácuaro, Apatzingán, Zacapu, Jiquilpan. “Gracias a él tengo la vivienda que tengo”, le decían. “México nos apachó”, afirman. Rentaron casa en Las Flores, en el centro, en Chapultepec. Los niños fueron a la escuela. Sonia entró a trabajar a la Universidad Michoacana, en la librería. Ahí se jubiló.
Y cuando la vida dejó de ser sobrevivir para convertirse en vivir, apareció algo inesperado: el fútbol. “El amor al fútbol, al Monarcas. Ay, eso es lo más bonito”, dice Sonia. Curiosamente, no empezó con él. Gerardo dirigía equipos en la municipal, infantiles y juveniles, terceras y cuartas. Andaba con los muchachos para allá y para acá. Vivía el fútbol desde la cancha.
Mientras tanto, Sonia guardaba un secreto. En la universidad tenía un compañero fanático del Monarcas Morelia. Los miércoles comenzaban a vender boletos. Su compañero llegaba con la misma pregunta: “¿Qué, no van a ir al estadio?”. Y así, poquito a poquito, empezó a ir. Los domingos dejaba la comida hecha desde temprano. “Yo me apuraba en dejar la comida hecha todo el día domingo porque los partidos se hacían los domingos nada más”. La niña protestaba: “Mamá, yo no voy a la pelota, no quiero ir”. “Sí vamos a ir”. Y no le decía nada a su papá.
Así pasaron cinco años. Cinco años en los que, cuando Sonia llegaba al estadio, un grupo comenzaba a cantar: “¡Ya llegó la chilena!”. Gerardo no sabía nada. Hasta que un viernes ella le dijo: “Me regalaron cinco boletos”. Compró cinco, aunque no sabía que a los niños no les cobraban. “Para asegurarnos que vamos a ir todos”. Llegaron al estadio. El grupo volvió a cantar. Gerardo volteó sorprendido. “Oye, te conocen aquí”. “No, son los compañeros de la universidad”.
Pero ya en casa Sonia no pudo más. “Oye, viejito, ¿sabes qué? Te tengo que decir. Te he estado engañando hace cinco años”. “¿Cómo que engañando?”. “Que llevo cinco años yendo al estadio”. La niña lo confirmó.
Le gustó. Tanto, que dejó las fuerzas municipales y comenzó a ir también. Era 1985, aproximadamente. Y no se quedaron solo como aficionados. “Usted tiene cara de porra, como dirigente”, le dijeron a Sonia. Así nació la Porra Juvenil Furia Canaria. Después, con la llegada de los Monarcas, se consolidaron como Furia Morelia. Llegaron a ser casi 200 integrantes. Era una porra familiar, “la porra de los compadres”. La registraron legalmente. Fueron la primera porra formal.
Camisetas amarillas y rojas, gritos, bombos, familia. Cuando el equipo fue vendido y se lo llevaron, quedaron dispersos, pero nunca dejaron de ir. Ahora apoyan al Atlético Morelia. “Si algún día regresa a primera, ahí vamos a estar”.
Para Sonia no es entretenimiento. “Para mí es mi vida. Cuando no hay fútbol me enfermo. Voy al estadio y se me olvidan todos los dolores”. En el hospital, antes de una operación, el doctor le daba permiso para ir al estadio. El fútbol la sostiene. El equipo la levanta. La tribuna la adoptó. La chilena se volvió la señora Sonia.
Han pasado más de sesenta años desde aquel refresco derramado. Han sobrevivido a la dictadura, a la tortura, al exilio, a las pérdidas, a los cambios de país, a los cambios de equipo y a los cambios de nombre. Pero siguen sentados uno junto al otro. A veces ella completa la frase. A veces él se pone nervioso. A veces se interrumpen.
Y cuando le preguntaron si dudó en casarse después de perder a su primera hija, él respondió en el hospital: “No. Ahora más que nunca me caso contigo”.
Una moneda tiene dos caras. La suya es amistad, compañerismo, resistencia y un estadio lleno cantando. Y todavía brillan.
Fotos: Félix Madrigal / ACG.
