La Página
Por VÍCTOR ARMANDO LÓPEZ
El olor a tierra mojada y la frescura de los bosques del oriente michoacano son la imagen sensorial que Carmen Escobedo Pérez evoca cuando habla de su tierra, esa que la vio crecer y a la que ha dedicado cinco décadas de servicio público.
Hoy se desempeña como subsecretaria de Educación Básica en la SEE, desde donde Carmen despliega una energía que no conoce el reposo. Y es que en su sangre corren diversas pasiones, como la magisterial, la del servicio público, la de activista y la política. De ahí que su trayectoria inició a los 15 años como maestra frente a grupo, además de ser fundadora del PRD en Michoacán y de formar parte en la histórica 67 Legislatura del Congreso de la Unión.
En entrevista en el programa “Conexión” del portal www.lapaginanoticias.com.mx deja en claro que su historia no es la de una tecnócrata llegada desde las alturas, sino la de una mujer que empezó desde abajo, en una comunidad marginada de Ciudad Hidalgo, Michoacán, con un nombramiento municipal firmado a mano, y que ha ido construyendo, ladrillo a ladrillo, una carrera marcada por la convicción de que la educación es la llave para transformar realidades.

Carmen Escobedo Pérez nació en Monterrey, pero sus raíces están firmemente ancladas en Ciudad Hidalgo, Michoacán. Su padre, originario de ese municipio, era un hombre dedicado al estudio de la madera, un especialista en cubicar este material que llegaba en tráileres, un oficio poco común en la década de los cincuenta. Fue precisamente ese conocimiento el que lo llevó a ser llamado por una maderería en Monterrey, adonde se trasladó con su familia.
Allí, en una colonia muy humilde de las orillas de la ciudad regiomontana, Carmen nació y cursó su primaria. Fue una infancia con carencias, pero, enfatiza, muy feliz: “Crecí en libertad, crecí con mucho aprecio y cariño de mis padres y de mis hermanos”, recuerda. Su barrio era un conjunto de vecindades comunicadas entre sí, donde los niños jugaban en las calles sin pavimentar, en los charcos, con canicas, trompo, triciclos, bardas, brincos y, como buena regiomontana: Béisbol. “Batazo, con la mano o con el palo que te encontraras”, añade con una sonrisa.
Esa comunidad cercana, donde podía entrar por una calle y salir por otra atravesando patios vecinos, marcó su percepción de la solidaridad y el trabajo colectivo.

Pero fue su madre quien decidió regresar a su tierra: Ciudad Hidalgo. Carmen Escobedo cursó parte de la secundaria y todo el bachillerato en ese lugar, en la Prepa “Taxímaroa” incorporada a la Universidad Michoacana. Fue entonces, a los catorce años, cuando recibió una oportunidad que cambiaría su vida. La asociación de padres de familia de la escuela Benito Juárez, en la colonia La Regadera, andaba buscando una maestra para primer año. Carmen, que apenas iba a cumplir quince años, aceptó. “Ahora a la distancia digo: ¡Ay qué locura!”, confiesa.
Corría el año de 1976. Tenía un grupo de casi cincuenta niños, y su nombramiento era municipal, firmado por el entonces director general de Educación Primaria, Jesús Álvarez Constantino. “Cada mes ibas al municipio a la receptoría de rentas a que te pagaran”, rememora.
Pero no estaba sola. En esa escuela, había una gran unidad entre los maestros. Compañeros llegados de Tamaulipas, Guerrero, Baja California y Jalisco la acogieron como a una hija. “Al verme tan chica, los compañeros fueron muy amables, me ayudaron mucho. Prácticamente ahí hicieron una semi normal conmigo”, reconoce. Especialmente recuerda a Nacho Rezos, un maestro de sexto año originario de Tamaulipas o Baja California, que fue como su tutor, como su padre. “Todos los días: ‘¿cómo vas, cómo te sientes, cómo van los niños?’”. Esa escuela era grande, con varios grupos por grado, y planeaban en conjunto. La directora, la maestra Cholita, siempre estaba al pendiente. Fue un entorno de protección y aprendizaje que le permitió, a pesar de su juventud, desarrollar su vocación con confianza.

Pero lo que realmente cimentó su pasión por la enseñanza fue algo más profundo. Había dos niños que venían de las orillas de Ciudad Hidalgo, del camino a San Bartolo o Agostitlán, en condiciones muy pobres y con grandes dificultades para el aprendizaje. Por las tardes, Carmen se dedicaba a darles apoyo. “¿Aprendieron? Sí”, responde con una sonrisa de satisfacción.
Esa experiencia la llevó a estudiar educación especial, pues quería saber más, quería ayudar mejor. Trabajó tres años y medio como maestra municipal, y luego, en diciembre de 1980, el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, al inicio de su gobierno, dio un bloque de plazas estatales. Carmen obtuvo una de ellas y se fue a Villa Morelos, una comunidad apartada donde estuvo otros tres o cuatro años, viajando al principio cada ocho días y luego todos los días desde Morelia, mientras por las tardes estudiaba una maestría en psicología educativa.
Fue en ese contexto, a principios de los años ochenta, cuando se dio un movimiento magisterial muy fuerte en Michoacán. Carmen empezó a involucrarse. La Sección XVIII del SNTE era entonces muy pequeñita, una “comisión promotora”, y desde ahí comenzó su participación en la política magisterial. Después vino el Frente Democrático en 1987, y luego la fundación del PRD en 1989. Carmen fue fundadora de ese partido. Pero antes, cuenta, participó en el Movimiento al Socialismo (MAS), la misma corriente en la que militaba la actual presidenta de México, Claudia Sheinbaum.

En esos movimientos participó desde Michoacán. Fue en esa época cuando conoció también a su esposo, Jorge Luis Tinajero, a quien enviaron como representante del MAS a Michoacán, y con quien ha compartido la vida y la lucha social desde entonces.
Su salto a la representación popular llegó en 1997, en la llamada “Legislatura histórica”, la LVII, donde por primera vez el PRI perdió la mayoría en la Cámara de Diputados. Carmen fue electa diputada federal por el PRD, dentro de la quinta circunscripción, que comprendía Michoacán, Guerrero, Estado de México y otras entidades. “Me siento muy orgullosa de haber pertenecido a esa legislatura”, afirma.
Recuerda a los grandes personajes que la integraron: Porfirio Muñoz Ledo, Pablo Gómez, Marcelo Ebrard, y por supuesto, los catorce diputados michoacanos: Enrique Bautista, Toño Soto, Mariano, Cristina, Lupita Sánchez, Susana, entre otros. “Eran diputados con una gran trayectoria de trabajo y de lucha social”, señala. Había ex luchadores sindicales, ex integrantes de la Cooperativa Pascual, ex asesores agrarios de Morelos. “Eran ellos. Porfirio, con una capacidad de oratoria, de dirigir, impresionante”.

Ese aprendizaje, esa inmersión en los grandes debates nacionales, marcó un antes y un después en su vida. “Me hizo crecer como persona, pero también en el conocimiento social y del conocimiento de la política en México”.
Entre idas y venidas en el servicio público (fue directora del DIF durante el gobierno de Lázaro Cárdenas Batel, dirigió el Sistema Michoacano de Radio y Televisión; al frente del ICATMI y del CECyTEM), pero Escobedo Pérez nunca se despegó de sus raíces magisteriales. Tiene plaza en educación especial y muchos años fue asesora técnica. “Yo he sido muy cíclica: Estoy cuatro o cinco años fuera y regreso a mi plazas”.
Y ahora, por primera vez, ocupa un cargo de alta responsabilidad dentro de la Secretaría de Educación en el Estado: la Subsecretaría de Educación Básica.

Al cuestionarle qué hace en ese cargo, la histórica maestra dice: “Ay, qué no hago”, con una mezcla de humor y seriedad. Está a cargo de todo el nivel básico: inicial, preescolar, primaria y secundaria. Son once mil escuelas públicas y particulares, con todos sus alumnos y docentes. Su responsabilidad es enorme, pero su pasión es clara: La construcción de la Nueva Escuela Mexicana. “La tengo en mi corazón, en mi mente, en mi hacer”, afirma.
¿En qué consiste esa apuesta? Carmen Escobedo explica con entusiasmo: Se trata de darle autonomía al maestro para adecuar los contenidos a su contexto, sin perder los lineamientos nacionales. Ya no es la rigidez de antes, donde los niños de una comunidad sin semáforos tenían que aprender sobre semáforos. “Hoy se da la oportunidad de adecuar todo tu contenido a tu contexto. No es lo mismo San Felipe Los Alzati en Zitácuaro que la colonia Chapultepec en Morelia”.
Además, la Nueva Escuela Mexicana revaloriza el trabajo magisterial. Carmen impulsa el Atlas Pedagógico de Michoacán, una colección de ciento once narrativas escritas por maestras y maestros contando sus experiencias en el aula. “Esta revalorización no solamente es de incremento salarial, sino el reconocimiento a los maestros y a las maestras por su labor”. Y recuerda: “Durante esta época neoliberal hubo una minimización, un desprecio al trabajo magisterial. Hoy se está retomando con la escucha de los maestros”.

Carmen Escobedo es, en esencia, una mujer de acción, pero también de nostalgia y de memoria. En sus tiempos libres, que son escasos, disfruta estar con su esposo y su hijo de diecinueve años, Prometeo. Van al cine, ven series. Ella prefiere el drama, las películas de culto que veía en el cine club de Ciudad Hidalgo. Recuerda con especial cariño “El niño del tambor”, esa historia del niño que no quiere crecer.
También sigue con interés los documentales sobre las Madres de Plaza de Mayo y la historia política de Latinoamérica. Es admiradora de Salvador Allende. “Recuerdo vagamente cuando el golpe de Chile. Llega mi padre y le dice a mi mamá: ‘Mataron a Salvador Allende’. Yo estaba muy chica, pero ese once de septiembre lo recuerdo siempre”. Esa sensibilidad por las causas sociales y por la historia de los pueblos oprimidos la acompaña hasta hoy.
Colecciona, o coleccionaba, estampillas postales. Todavía guarda un álbum con cinco o seis páginas llenas. En la comida, su debilidad es el pozole rojo. No solo por el sabor, sino por lo que representa. Cuenta una anécdota conmovedora: cuando vivían en Monterrey, su padre les decía a ella y a sus hermanos: “Ustedes no son de aquí. Aquí nacieron, pero ustedes son de Michoacán”. Y cada vez que se presentaban en la escuela, decían: “María del Carmen Escobedo Pérez, de Michoacán”. En su casa nunca se comió comida norteña.

Siempre pozole, atole de masa, buñuelos. “Éramos raros para los demás”, dice entre risas. Su madre hacía pozole para casi toda la cuadra en diciembre. “Me encanta cocinar, me recuerda a mi infancia”. En las bebidas, prefiere los mezcalitos, “el mezcal de Michoacán es muy bueno”.
Al plantearle sobre personas a las que admira. La subsecretaría de Educación Básica en primer lugar destaca a Heberto Castillo. “Fue un gran referente. Tuve la oportunidad de conocerlo, de tratarlo, de aprender de él”. Recuerda que los miércoles, lloviera o tronara, el ingeniero hacía espacio para comer con su familia, en un círculo muy pequeño. “Eso me hizo admirarlo, seguir su trayectoria”. También menciona a Salvador Allende y a Elena Poniatowska, especialmente por su libro “La piel del cielo”. En el plano colectivo, admira al magisterio. “Creo que hay una gran nobleza en las maestras y los
maestros. Me veo a mí misma en ese sentido. Un maestro está formando un hijo que no es suyo. Se preocupan por los niños, aunque no tengan comida, aunque anden sucios”.

Sobre algún temor que tenga en la actualidad, la Maestra en Psicología detalla que: “Como ser humano, todo mundo tiene miedo a las situaciones, a las crisis, a las problemáticas”. Pero también sabe que hay que enfrentarlas. Se define como una mujer de carácter fuerte, de mucha exigencia, pero no rencorosa.
“Olvido los agravios, no me preocupo. Siempre voy hacia lo positivo”. Hoy, en esta etapa de madurez, se siente satisfecha de estar al lado de la secretaria Gaby Molina, con quien ha trabajado durante muchos años. “Creo que hay una gran oportunidad hoy en educación de seguir sirviendo a Michoacán”.
Una anécdota que la marcó para siempre fue en su trabajo en el Albergue Tutelar con niños infractores. Era un proyecto del ingeniero Cárdenas. Los niños estaban internados de lunes a viernes, pero los viernes en la tarde se escapaban. Carmen y un compañero de Paracho iban tras ellos, los encontraban en la central camionera, en un sótano oscuro debajo de donde estaba Estrella de Oro. Ahí, muchos viernes y sábados, pasaba la noche con ellos, acompañándolos, platicando, haciendo que desistieran de drogarse.

“Decían: ‘De lunes a viernes nos quieren, pero el fin de semana no tenemos quien nos quiera’”. Fue una experiencia durísima. Niños de seis, siete, ocho años en situación de calle, inhalando cemento amarillo. “Nos llenamos de sarna. Nos contagiamos. Pero era con mucho compromiso”.
Muchos de esos niños, lamentablemente, terminaron en El Cereso. Esa vivencia fue “un antes y un después” en su concepción del servicio educativo. “Allí conocí la vulnerabilidad, el abandono, las cuestiones emocionales y psicológicas”.
Al participar en la dinámica de “La llave mágica” del programa “Conexión”, Carmen Escobedo Pérez puntualiza que con ella le abriría a Michoacán la puerta de la educación.

“Hay que abrir la puerta para todas las niñas y los niños del estado, para los jóvenes, para los adolescentes. Con la puerta de la educación, hay un mundo posible de cambio para todos. El niño o niña que deja las aulas no es buen camino. En cambio, la educación te abre muchas posibilidades de ser un mejor humano”.
Carmen Escobedo Pérez es una mujer que ha transitado por múltiples mundos: El aula de primaria, la comunidad marginada, el Congreso de la Unión, las direcciones de organismos públicos y hoy la subsecretaría de Educación. Pero en todos ellos ha mantenido una coherencia: La convicción de que la educación es la herramienta más poderosa para transformar realidades.
Tiene vigente la memoria de sus raíces michoacanas y la fuerza de quien aprendió desde los quince años que servir es la única forma de vivir con dignidad. Su legado no está solo en las leyes que ayudó a construir o en los programas que impulsa, sino en cada niño que aprendió a leer con ella, en cada maestro que recuperó la autoestima y en cada rincón de Michoacán donde la tierra mojada sigue oliendo a esperanza.

