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ENTREVISTA. Revolucionó al Conalep Michoacán desde la Izquierda y la pasión. Es Osvaldo Ruiz Ramírez

Por VÍCTOR ARMANDO LÓPEZ

Aprendió la política en las calles, la teoría en los libros de derecho e historia y la praxis en las tomas de tribuna universitaria. Es, ante todo, un hombre que encontró en la educación media superior-técnica su causa más reciente y quizás una de las más profundas: Transformar el estigma en orgullo, la deserción en permanencia, y la precariedad en vanguardia.

Osvaldo Ruiz es, antes que cualquier título, un niño de la colonia Industrial. Nació en la clínica “Vasco de Quiroga”, en la Morelia de los setentas, y creció en la calle Cobalto, ese rincón obrero de la ciudad que entonces olía a feria y a tierra mojada.

En entrevista en el programa “Conexión” del portal www.lapaginanoticias.com.mx comparte que su infancia estuvo marcada por una ausencia y una presencia arrolladora: La muerte de su padre lo dejó huérfano a edad temprana, pero su madre, una mujer de origen humilde, militante de la sección dieciocho del SNTE, se convirtió en el pilar que sacó adelante a cinco hijos sola.

“Solamente con la cultura del trabajo y del esfuerzo se logra entender que somos gente de bien”, evoca Osvaldo, reconociendo en esa herencia materna los primeros valores de la ética que lo acompañarían siempre.

Fue en esa casa, entre las luchas sindicales y la izquierda combativa, donde un niño de trece o catorce años empezó a tener conciencia política. No fue un proceso abstracto: era la vida cotidiana, las conversaciones de su madre, las necesidades del barrio. A los dieciséis años, con la determinación de quien ya sabe de qué lado del espectro quiere militar, se incorporó a las filas del PRD, “la única posibilidad de izquierdas que había en aquel tiempo”.

Mientras otros adolescentes descubrían el rock o el primer amor, Osvaldo Ruiz encontraba a la organización estudiantil. En la secundaria, en la preparatoria, y luego en la Facultad de Derecho de la Universidad Michoacana, fue presidente del consejo estudiantil, dirigente universitario, consejero universitario, editor de revistas culturales como “El Búho”, y un orador nato que tomaba las tribunas para protestar por la masacre de indígenas en Chiapas en 1994, para pedir reforma universitaria y austeridad, o para solidarizarse con las causas sociales más urgentes.

“Era muy común que nos juntábamos organizaciones estudiantiles, sociales, populares y sindicales para protestar por el precio del transporte público”, recuerda. Era una época donde no había becas, donde cincuenta centavos de aumento en el camión era una afrenta que movilizaba a toda una ciudad. Esa efervescencia, esa convicción de que la calle era el lugar de la política verdadera, forjó su carácter.

Y aunque estudió la Licenciatura en Derecho en la Universidad Michoacana, su verdadera vocación siempre fue otra: La historia. Se inscribió en la Facultad de Historia, pero no pudo con las dos carreras. “Dije pues mejor saco una bien”, confiesa, pero esa pasión por el pasado, por la investigación seria y densa, nunca lo abandonó. Escribió, investigó, y sigue soñando con regresar al Instituto de Investigaciones Históricas para concluir lo que dejó pendiente.

Como estudiante, Osvaldo fue de esos que no entienden la palabra promedio. “Yo tengo la choche del TDA”, bromea, explicando que si un tema no le parecía relevante, lo borraba de su memoria y se conformaba con un seis o un siete. Pero si el académico era docto, si incendiaba el tema con pasión, entonces era de diez. “Hacía disertaciones, investigaciones, tesinas, ensayos de diferentes tipos de trabajos académicos que no se evaluaban”.

Recuerda con especial cariño al maestro Adolfo Mejía González, primer presidente del Tribunal Electoral de Michoacán, formador de izquierdas, preso político en 1968, un hombre íntegro y de una oratoria y congruencia extraordinarias. “Él nos enseñó esos valores, esa mística de la izquierda”. Pero también rescata a maestros de derecha o del PRI, como Estrada Sámano o la maestra Lupita Morales Ledesma, porque eran “pulcros”, académicos excepcionales. “La facultad tenía esa variedad… pensamientos de derecha, izquierda, de centro, pero doctos, muy preparados”. Esa apertura, ese respeto por el conocimiento por encima de la filiación, es una lección que Osvaldo ha aplicado toda su vida.

En la universidad, también forjó amistades y complicidades que marcarían su carrera. Fue parte del grupo estudiantil “Avance”, el mismo que hoy, con el gobernador de Michoacán, Alfredo Ramírez Bedolla, sigue siendo un referente. “Él propuso ese nombre”, recuerda Osvaldo.

Detalla que “Avance” fue el grupo que hizo Salvador Allende en la Universidad Católica de Chile. “Se sometió a una asamblea y le dije: “Está bien, nomás porque el nombre… pero hay que agregarle Avance Nicolaita. Porque somos nicolaitas’. Y así quedó. Por unanimidad”, rememora con una sonrisa. Esa generación, la de finales de los ochenta y principios de los noventa, estaba destinada a ocupar espacios en la política y la administración pública.

Y así fue. Osvaldo Ruiz fue candidato del PRD a diputado local, dirigente, congresista, consejero estatal, y luego, al llamado del obradorismo, se identificó con Andrés Manuel López Obrador como “un relevo natural del ingeniero Cárdenas”. Fue pionero de ese movimiento, incluso antes de que fuera oficial. Ha estado en el gobierno federal (en Bienestar), en el gobierno estatal, y en el gobierno municipal como regidor.

Pero ser director general del Conalep Michoacán, cargo que asumió el primero de octubre de hace casi cinco años, ha sido una experiencia que no tenía y que lo ha transformado. “Me enseña el valor de la negociación, de los acuerdos con nuestros sindicatos, de cuidar de seguir las normas, de ejercer con honestidad y probidad los recursos, y buscar el crecimiento del colegio”, enumera.

La anécdota de su nombramiento tiene el tono de una película de aventuras. El gobernador tomó protesta un primero de octubre, y Osvaldo, confiado en que lo llamarían en unos quince días, se fue a visitar a su mamá a la zona de El Palmar, en Tierra Caliente. Andaba en una cascada, comprando mezcal, cuando en un lugar donde apenas había señal, su teléfono explotó: lo habían buscado veinte mil veces. Era el gobernador. “Vente volando, ya está tu nombramiento”. Se cambió, se bañó, y en una conversación de una hora, Alfredo Ramírez Bedolla le preguntó dónde se sentía cómodo. Osvaldo respondió: “Donde tú indiques, mi orientación ha sido social, educación, gobernanza”. El gobernador, conociendo sus nueve años como docente en la Universidad Michoacana, le ofreció el Conalep. Osvaldo aceptó con una convicción que resume su filosofía de servicio: “Vengo a apoyar a Michoacán en una extensión de tu encomienda… mi labor es quedar bien para que tú quedes bien”.

Asumir la dirección del Conalep en 2021 no fue una tarea menor. La institución, fundada a nivel nacional en 1978 y en Michoacán en 1981, arrastraba un lastre de clasismo y racismo. “Normalmente era: A ver quién es rechazado de tal escuela, pues aviéntalos al Conalep”, confiesa Osvaldo, reconociendo el bullying institucionalizado que durante décadas sufrieron sus estudiantes. Incluso el comediante Franco Escamilla, admite, hizo famoso el chiste de “eres del Conalep” porque es la única institución con cobertura nacional, aunque luego rectificó y reconoció su valor.

Pero más allá del estigma, la realidad era dura. Cuando Osvaldo llegó, la eficiencia terminal era del 51 por ciento. Había 9 mil 500 estudiantes, sólo 17 jóvenes en el programa de educación dual, y un presupuesto que no daba para más. Además, la pandemia de COVID-19 había dejado una secuela profunda: una brecha de aprendizaje entre quienes tenían acceso a internet y computadora y quienes no. “Teníamos un déficit”, admite. “Ahora nos llegó la hora de enderezar”.

Pero Osvaldo Ruiz no es hombre de excusas. Es de los que se levantan a las seis y media, se toma su jugo de berries, y sale a recorrer los trece planteles del estado. Su día tipo, como el de hoy, puede implicar ir a Zitácuaro, certificar docentes, reunirse con los dos sindicatos (una tarea que requiere “negociación y acuerdos”, como él mismo dice), escuchar a los maestros, a los administrativos, a los padres, y luego regresar a Morelia para una entrevista o una reunión de trabajo. Cuando tiene tiempo, se escapa al gimnasio dos horas, duerme alrededor de las diez y media, y repite el patrón.

En sus ratos libres, que escasean, disfruta de las cosas simples: Un café en casa, un documental, una película. Es un cinéfilo de viejo formato, reacio a las series (“se me hacen muy largas”), amante de las epopeyas históricas realistas como Espartaco o El Gladiador, aunque confiesa su amor por Star Wars, de cuya saga colecciona todo.

También colecciona elefantes (piezas de cualquier tamaño) y, sobre todo, libros. “Soy un comprador compulsivo de libros, no precisamente un lector”, aclara con honestidad. Tiene una biblioteca de unos cinco mil tomos, quizás la mitad leídos, pero están ahí para cuando necesita investigar un tema. “Tengo la densidad para recoger, investigar lo que en el momento yo considere pertinente”.

En esos libros, y en su memoria de historiador, habitan sus héroes. Admira a Andrés Manuel López Obrador, a Claudia Sheinbaum, pero también a luchadores infatigables como el ingeniero Heberto Castillo, Arnoldo Martínez Verdugo, Genaro Vázquez, Lucio Cabañas, Emiliano Zapata, Pancho Villa, el generalísimo Morelos. “Pero hay muchos héroes anónimos”, dice, y menciona a Gertrudis Bocanegra, a Cuca García (militante comunista sufragista de los treintas), y sobre todo, a su madre. “Heroínas anónimas que le han dado validez a este país”. Su madre, aunque militante de izquierda, entendía que su patria era que sus hijos comieran tres veces al día y pudieran estudiar para ser hombres y mujeres de bien. “Empezando por las cosas pequeñas”, reflexiona.

En cinco años, Osvaldo Ruiz ha logrado una verdadera revolución silenciosa en el Conalep Michoacán. Los números, esos datos fríos que tanto le gusta confrontar con la realidad, hablan por sí solos: Pasaron de 9 mil 500 a 12 mil estudiantes (2 mil 500 más con el mismo presupuesto); de 14 a 19 carreras; de 17 jóvenes en educación dual a 700 (con meta de 715); la eficiencia terminal subió del 51 al 63 por ciento, y su objetivo es llegar al 81. “De 51 a 81 son treinta puntos”, enfatiza. “Van a venir investigadores a ver con lupa qué pasó en el Conalep. Pues es una revolución educativa”.

Crearon el departamento psicopedagógico para atender las causas emocionales de la deserción (hoy la principal causa de “desafiliación”, término que prefiere al militarista “deserción”), implementaron tamizajes con semáforo rojo, amarillo y verde, y canalizan a los jóvenes con problemas de depresión o desajuste emocional. Además, retomaron las actividades cívico-deportivas y culturales, y fortalecieron la escuela de padres para la corresponsabilidad.

La fórmula, según Osvaldo, es simple pero exigente: “Dar confianza a tus docentes, apoyo a tus directivos y administrativos, incentivar a la comunidad y a los padres de familia”. Y añade un ingrediente que pocos funcionarios públicos mencionan sin sonrojarse: La austeridad con ejemplo. Sigue usando la misma camioneta que cuando llegó, porque prefiere invertir los ochocientos mil pesos que costaría una nueva en computadoras, climas para Apatzingán, proyectores, herramientas. “¿Para qué quiero una camioneta nueva?”, se pregunta retóricamente. El gobernador mismo lo ha visto llegar en su vehículo modesto y no ha dicho nada, pero Osvaldo sabe que el mensaje cala. “Es conciencia, e incluso ética”, sentencia.

Hoy, el Conalep Michoacán ya no es la última opción. En Apatzingán ya no tienen fichas. Planteles como Zitácuaro, Uruapan, Pátzcuaro, Los Reyes, Zamora y Zacapu son prestigiados en sus regiones. Han creado nuevas carreras como Agrotecnología, Autotrónica, Pilotaje de Drones y Mecatrónica, y se preparan para recibir en agosto con más oferta educativa. Además, el gobierno estatal y federal han apoyado con becas (Benito Juárez, Rita Cetina, Gertrudis Bocanegra), internet gratuito y mejoras a la infraestructura.

“El Conalep está en su mejor momento en los últimos tiempos”, afirma con orgullo, pero también con la humildad de quien sabe que los encargos son temporales. “No hay que enamorarse de los encargos. El movimiento es vida. Ya quedarse de más es gula”, dice, parafraseando a su madre: “Eso ya no es hambre, es gusguera”.

Cuando se le pregunta si está satisfecho, Osvaldo responde con una honestidad que desarma: “Quien diga que está satisfecho es que no hizo el mejor esfuerzo. Tú siempre sabes: ‘híjole, me faltó’”. Se va contento, pero no satisfecho. Sabe que aún hay brecha de aprendizaje, que el tiempo apremia, que los noventa minutos del partido ya van avanzados y hay que apretar. Pero algo tiene claro: El cariño de la familia Conalep, de docentes, administrativos, padres y, sobre todo, de los estudiantes, se ha ganado a pulso. “Los estudiantes de Conalep son el motor, el alma”, dice. “Nuestro trabajo no es barro, no es madera, no son automóviles. Son seres humanos. No hay margen de error”. Porque en una fábrica se puede planear un porcentaje de merma, pero con los jóvenes, con sus vidas, ese lujo no existe.

Osvaldo Ruiz Ramírez cierra la entrevista con una declaración que es también un destino, pues al participar en la dinámica de “La llave mágica” puntualiza que con ella abriría la puerta del Ayuntamiento de Morelia, de esa vieja casona del centro histórico, para que el pueblo ejerza un gobierno popular y democrático, con austeridad, responsabilidad y transparencia. Un gobierno de, para y con el pueblo, no para una persona, sino para un proyecto de amor por la ciudad.

Es es uno de sus objetivos, esa es su coherencia. Mientras tanto, seguirá madrugando, manejando kilómetros, negociando con sindicatos, diseñando nuevas carreras y, sobre todo, creyendo en esos jóvenes que, como él cuando era niño en la colonia Industrial, merecen una oportunidad. Su legado, aunque él no lo diga, ya está escrito en números, pero también en vidas transformadas.

En el Conalep Michoacán, la izquierda dejó de ser teoría para convertirse en praxis educativa. Y eso, en un país donde la educación técnica fue durante tanto tiempo el hermano pobre de las opciones escolares, es quizás la revolución más silenciosa y más profunda de todas.