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OPINIÓN. “Evitar y erradicar la corrupción. La sociedad pide servidores públicos eficientes y preparados”. Por Jesús Sierra Arias

Por JESÚS SIERRA ARIAS*

A menudo se aborda el tema de la corrupción, un vocablo al que se le ha asignado una carga altamente negativa, merced a las implicaciones que genera no solo en el presente sino también, peligrosamente, en el futuro.

Es lamentable que la sociedad tácitamente haya institucionalizado este fenómeno, a punto tal que parece del todo natural. Y también lo es, que absolutamente todas las mediciones o estudios que se hacen sobre este fenómeno concluyan que México está mal calificado en el rubro. A nuestro país se le presenta como altamente corrupto. Esto es indignante e inaceptable.

Pareciera que el fenómeno de la corrupción es endémico, lo que significaría que es imposible su eliminación. También se dice que la corrupción no es privativa del sector público, aunque es donde mayor recurrencia presenta, sino que también se encuentra arraigado en los sectores privado y social.

Ilustración Iniciativa ciudadana Ley3de3 

Cuando se habla de corrupción no se habla únicamente de los grandes actos; quizá éstos sean los escandalosos o los que generen noticias de mayor impacto. Pero se trata de cualquier acto, por muy menor que sea, que se aparte del trámite ordinario a seguir conforme la norma.

Desde mi perspectiva, corrupción es la alteración que hace o provoca cualquier persona (pública o privada) del trámite ordinario que se debe seguir en cada caso para beneficio de alguien, en perjuicio de otro, o de algo.

Hay quienes en forma expresa incorporan el elemento poder en la mecánica de la corrupción y tienen razón; aunque pienso que, siendo esto verdad, también se trata de un elemento implícito sin el cual no podría concretarse el acto corrupto, por lo que este elemento de poder no solo se constriñe al poder formal, sino que se trata del poder de cualquiera a quien se le concede autoridad, de cualquier tipo.

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Partiendo de esta conceptualización simple sobre la corrupción, tenemos que el acto de pretender, digamos, saltarse la fila para llegar mas rápido a la ventanilla es considerado un acto corrupto; como también lo es que, ante cualquier obligación de trámite, de inmediato busquemos a algún conocido que nos lo facilite haciéndolo más sencillo o evitándonos parte de él. Ya no digamos obtener beneficios económicos, ocultar actos o acciones indebidas, etcétera, etcétera. Ejemplos de corrupción se cuentan por millones.

Ahora bien, no se trata de entretenernos en definir la corrupción, al parecer eso está suficientemente claro; se trata de evitarla y erradicarla. Aunque esto último pareciera que lo tenemos claro, al final no resulta ser así porque seguimos en las mismas.

Y digo que seguimos en las mismas porque a pesar de que existe un diseño institucional para combatir la corrupción, no hemos dado golpe. Hay un Sistema Nacional y treinta y dos Sistemas Estatales Anticorrupción con resultados muy modestos porque su desarrollo y operación aún es incipiente y, hasta cierto punto, desarticulado. Los resultados –reitero– nos hacen sentir insatisfechos; sin embargo, pese a todo, hay que seguir fortaleciendo estos sistemas para tener mejores noticias en el corto plazo.

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Al margen de lo anterior y en paralelo, podemos seguir haciendo cosas simples para combatir la corrupción desde otros muchos frentes, pero es imprescindible para ello que quienes tienen el poder y la autoridad, en cualquiera de sus modalidades, se decidan con toda su voluntad.

Estoy convencido de que mientras no haya decisión y voluntad no avanzaremos en este combate, cuyo beneficio no es solo para nosotros, sino fundamentalmente para nuestros hijos e hijas; para las próximas generaciones.

Es difícil ceder el poder –¿Por qué una decisión que solo me compete a mí la voy a compartir con otros o con alguien más?, se pensará–. Claro que sí, y pese a ello, ese acto de ceder representa el inicio de un camino prometedor en el combate a la corrupción y para generar confianza en la sociedad. Cuando se transita de una decisión personal a una colectiva estamos dando un paso trascendental, porque entre muchos se contrarrestan los apetitos del abuso.

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¿Por qué debo comunicar y transparentar lo que hago? Porque una comunicación permanente de lo que se hace deja huella auditable y favorece la rendición de cuentas.

¿Por qué debo evitar la opacidad? Porque la opacidad genera desconfianza; porque genera incertidumbre y suspicacia.

¿Tengo derecho a usar recursos públicos? Si y solo si se justifica en razón de la actividad que se lleva a cabo y de forma racional, en el entendido de que sea estrictamente necesario, sin extender ese beneficio a familiares y/o amigos.

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¿Es correcto hacer promoción de la imagen personal con recursos públicos? No. Es permitido hacer difusión de la labor institucional para promover el aprovechamiento social de los servicios que presta la institución en que se labora.

¿Por qué debo cumplir con la ley? Porque es lo que se espera de cualquier servidor público. Porque la ley está diseñada para generar una mejor convivencia social y garantizar la legalidad y la justicia. Porque cumplir con la ley, es lo que nos convierte en mejores seres humanos.

Desde luego que cada uno es responsable de sus actos y decisiones. A nadie se le debe imponer absolutamente nada. Sin embargo, en el caso del sector público si cada persona que lo integra se comprometiera (si decidiera) hacer aquellas acciones modestas que están en el ámbito de su competencia en contra de la corrupción, seguramente habría mejores resultados en el corto plazo.

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Si quienes tienen poder vigilan adecuada y permanentemente a sus subordinados y ejercen su autoridad sin tolerancia en acciones indebidas, sin duda estaremos en presencia de un cambio positivo.

Si los servidores públicos dejamos de ostentar los recursos de los que disponemos y nos comportamos del modo en que la sociedad espera, claramente habrá más comprensión a lo que hacemos y un mayor acompañamiento social a nuestras labores.

En mi manera de apreciar las cosas, atrás quedaron los tiempos de la ostentación, del influyentismo, del compadrazgo, del autoritarismo y del oropel. Eso ya pasó de moda, se ve mal quien aún lo practica. Me parece que la sociedad pide servidores públicos (en cualquier nivel o espacio) sencillos, eficientes, atentos, preparados, sin problemas en la justificación de sus gastos, y discretos.

No creo que nada de lo anterior sea difícil, ¿ustedes sí?

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*Jesús Sierra Arias. Es abogado por la Universidad Autónoma del Estado de México. Ha sido secretario ejecutivo del Nuevo Sistema de Justicia Penal; secretario de Educación en Michoacán; integrante del Consejo del Poder Judicial del Estado de Michoacán de Ocampo. Actualmente es magistrado presidente del Tribunal de Justicia Administrativa de Michoacán.

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