Por IGNACIO HURTADO GÓMEZ
Inicio con dos acotaciones necesarias. El concepto de rabia va en línea con lo que en últimos tiempos se ha dicho de aquellas sociedades en donde se respira molestia, enojo o enfado grande en relación a temas cruciales de la vida democrática, y en ese sentido, que además coincide con el significado que considera la Real Academia de la Lengua, es como lo voy a tomar para calificar la molestia, el enojo y el enfado que nos sigue generando la violencia contra las mujeres en este país, a todos los niveles y en todas las variantes igualmente reprochables.
Y lo feminista, que no lo femenino, me permite incorporar, sin distinción, a aquellos que cobijamos la causa de erradicar cualquier tipo de violencia en contra de las mujeres. Particularmente asumiendo que a estas alturas no puede mantenerse como un tema exclusivo de ellas, sino que es algo que se trata de una herida abierta que cada día duele más, y que es de todos.
Ciertamente el tema no es menor, y ya gravita entre nuestras principales preocupaciones en términos de gobernabilidad y legitimidad a raíz de que cada vez con mayor fuerza –y en buena medida gracias a las redes sociales– se visibiliza la violencia que se está ejerciendo en contra de la mujer en una sociedad en donde nos hacemos llamar democráticos.
Y si bien esa molestia, esa rabia contenida al paso de los años se ha mostrado con mayor intensidad a raíz de la llamada marcha de la “diamantina rosa”, también debemos reconocer que gracias a esa marcha, y a los acontecimientos que la enmarcaron, nos hemos desnudado en nuestras convicciones, en algunos casos, dejando una vez más en segundo plano lo verdaderamente importante en esta lucha, y que no es otra cosa que el respeto irrestricto a la dignidad, a la igualdad y a los derechos de las mujeres.
No es un tema de estos tiempos, es de todos los tiempos, ha estado presente silenciosamente entre nosotros por décadas, incluso hay quienes erróneamente lo justifican desde nuestra genética social.

Pero al mismo tiempo, desde siempre han estado presentes los silencios, las indiferencias, la minimización de lo que nos duele, la aceptación de lo masculino “sobre” lo femenino, y sobre todo, la normalización de la violencia contra las mujeres. Y no debe ser así.
Recuerdo en este momento que aún en encuestas recientes, se justifica por una parte de la sociedad el pegarle a una mujer. Absurdo, pero es la realidad que respiramos.
Aquí el punto es que, desde mi perspectiva estamos ante un problema social, político, cultural y económico muy complejo, con diversas variables en juego, pero que también en cierta forma lo veo sobre diagnosticado; es decir, ya sabemos que mucha de la violencia contra ellas se inicia en casa, ya sabemos en donde hay mayor incidencia de feminicidios, ya sabemos algunas causas para su explotación laboral y sexual, ubicamos medianamente zonas en donde todavía se venden a las mujeres, sabemos de las causas que generan violencia política en contra de ellas.
Sabemos de la discriminación que sufren, de la problemática estructural de nuestros gobiernos para atender tantas exigencias; conocemos que los marcos jurídicos no responden a esas exigencias; sabemos que la propia cultura, la música y las redes alimentan estereotipos lamentables sobre el rol de la mujer en nuestra sociedad, claro que sabemos de la marginación, de la desigualdad, de la pobreza que alimenta mucho de los fenómenos anteriores, en fin, sabemos muchas cosas, y ciertamente eso es muy importante porque sabemos de nuestras dolencias, achaques, de nuestros miedos, del origen de muchos de nuestros males; sin embargo, no hemos sabido responder a la solución.

¿Qué hacer? Es la pregunta obligada.
Y en ese sentido, es muy importante recordar lo dicho por Victoria Camp cuando señala: “La tarea (debería ser) más ética que legislativa”. Y yo diría, más cultural que legislativa.
Sin duda valoró todos aquellos esfuerzos encaminados a legislar en materia de violencia de género, y de desigualdades, sin embargo, también estoy completamente convencido que mientras no atendamos el tema cultural, difícilmente podremos revertir todas aquellos factores de diversa tonalidad que alimentan esa violencia por razón de género.
Por eso, cada vez me convenzo en la necesidad de contar con verdaderas políticas públicas, o de verdaderas políticas de estado que reviertan estos factores.
Necesitamos una política pública transexenal, transversal, y todo lo trans que queramos, pero que atienda a lo largo y ancho, y de abajo para arriba el tema de la violencia. Que se inculque desde los ámbitos educativos formales e informales el valor del respeto y de la dignidad de todos. Que desde los medios de comunicación se impulsen políticas de igualdad.
Necesitamos algo que nos mueva en la misma dirección. Algo que conecte todos los esfuerzos dispersos que pierden fuerza en la individualidad. Algo que tenga como única ideología el reconocimiento y respeto de los derechos de las mujeres.
No verlo de esa manera, insisto, es seguir alargando una solución de fondo aunque sea a largo plazo, pues me queda claro que las realidades que hoy tanto nos duelen, difícilmente se van a transformar por decreto. Al tiempo.

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- Ignacio Hurtado Gómez. Es egresado de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Ha sido asesor del IFE (ahora INE) y actualmente es magistrado del Tribunal Electoral del Estado de Michoacán.
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