Por ANA MARÍA CANO

Morelia, Michoacán.- Fue en el 2011 cuando investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) descubrieron la Tumba II en la Zona Arqueológica de Tingambato, en Michoacán, donde estaba enterrada una joven mujer con más de 19 mil objetos asociados.

Desde ese año han analizado los restos óseos y tras una década de estudio, determinaron que pertenecen a una joven de la realeza, quien fue un personaje de la élite local.

Los restos fueron encontrados en una cámara funeraria construida a cinco metros de profundidad, con fuertes paredes de piedra y un techo abovedado de lajas en sentido de espiral, donde fue inhumada con un rico ajuar compuesto por 19 mil 428 objetos de concha y lapidaria.

Los restos mortales estaban colocados sobre una cama de piedras lajas, vestía un ajuar funerario, junto a ellos había una cantidad de los objetos.

De acuerdo con Alejandro Valdés Herrera, integrante del proyecto de investigación, los análisis osteológico y de ADN antiguo confirmaron que los restos óseos depositados en la Tumba II, pertenecían a una mujer de 16 a 19 años.

Su antigüedad se remonta hacia el año 630 d.C., según el análisis de colágeno por radiocarbono hecho en el Laboratorio de Espectrometría de Masas con Aceleradores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), cuyo dato coincide con la etapa de mayor crecimiento de Tingambato, de 550 a 850 d.C.

Debido a la fragmentación y malas condiciones de conservación que presentaba el cráneo, se hizo una cuidadosa reconstrucción en el Laboratorio de Antropología Física del Centro INAH-Michoacán, a cargo del antropólogo Carlos Karam Tapia, donde se descubrió que presentaba deformación cefálica intencional del tipo tabular erecta, así como trabajos de modificación dental.

“Esas modificaciones eran recurrentes en su tiempo y se asocian a ciertos grupos de la sociedad, lo que nos lleva a pensar que era parte de la élite local”, dijo.

Por otro lado, al analizar su dentadura se observó que las modificaciones no estaban desgastadas ni presentaban evidencias de uso, por lo que pudieron haber sido realizadas en un momento cercano a su muerte.

Mediante los estudios también se determinaron diversas paleo-patologías, las cuales indican que sufrió periodos de enfermedad, como fiebre y un grado leve de desnutrición, aunque no parecen ser la causa de muerte, la cual aún se desconoce.

Al examinar los 18 mil 601 elementos elaborados con conchas marinas, se determinó que la mayor parte de las cuentas y pendientes son de la especie Spondylus princeps, proveniente del Pacífico, peculiar por su tonalidad anaranjada, la cual fue altamente apreciada por las culturas antiguas.

De ese universo, resaltan por su cantidad, tres mil 38 caracoles usados como sartales.

El pectoral que portaba, perteneciente a la tradición de ropa enconchada, fue complementado con 10 anillos hechos también con concha, uno en cada dedo, y en los tobillos presentaba sartales de cuentas en forma cilíndrica de la especie Tripsycha tripsycha, así como cascabeles elaborados con caracoles marinos.

Cerca del cráneo se localizó una diadema de placas de concha, además de una orejera compuesta, tipo discoidal con cuenta cilíndrica central —similares a las utilizadas en el área maya, aunque en este caso hecha con concha y no con jade—, así como más de dos mil caracoles pequeños del género Olivella, los cuales se cree fueron insertados directamente en el cabello de la joven, pues no se encontraron sobre el cráneo sino dispersos a su alrededor.

Además, se localizaron cinco átlatl o lanzadardos rodeando el cuerpo de la joven, cuatro de ellos presentan agarraderas de concha y uno más de piedra verde, se trata de versiones de lujo de esas armas y manifiestan el carácter guerrero de esa mujer.

También se hicieron análisis de huellas de manufactura, en la Subdirección de Laboratorios y Apoyo Académico del INAH, conjuntamente con el doctor Emiliano Melgar Tísoc, con los que se determinó que la elaboración de la mayoría de los objetos de concha y 827 elementos lapidarios presenta diferentes procesos, lo que indicaría que fueron hechos en diversos talleres.

Por lo que los primeros estudios revelan aspectos de ese descubrimiento y lo colocan como uno de los más importantes en la arqueología del occidente de México, en particular de Michoacán.