Por ANA MARÍA CANO

Morelia, Michoacán.- Ni la lluvia que mojó su cuerpo, ni el cansancio que pesaba sobre sus hombros, ni el agua que le llegaba a las rodillas o el lodo que ensució sus zapatos; le impidieron cocinar y llevar alimento caliente a quienes perdieron todo con el paso del huracán Nora, por Playa Azul, Michoacán.

Grande fue Nora, pero más grande es el corazón de Conchita a quien no venció para apoyar cada mañana a sus vecinos dándoles de comer y llevando un mensaje de solidaridad.

Fueron diez días en los cuales Concepción López Villegas, cocinera tradicional y mejor conocida como Conchita, era la alegría y la esperanza de los pobladores para llevarse un taco a la boca.

A pesar que ella y sus propiedades también sufrieron los estragos de Nora, dejó de lado su desgracia para avocarse en aquellos vecinos de poblados cercanos a quienes durante diez días llevó alimentos, ayer terminó dicha labor para descansar un poco y tomar fuerzas para seguir adelante con lo que se necesite.

“Hoy comparto mi alegría por haber podido apoyar como cocinera tradicional en esta labor tan importante que nos dejó muy palpable el huracán Nora. Fue un placer de poderlos apoyar en esta necesidad tan importante en Playa Azul, El Habillal y El Cerrito. Ayer fue el último día de llevarles sus alimentos a estas personas en desgracia, pero no ahí no terminamos. Seguiremos apoyando”.

Rostros con lágrimas, sin esperanza, con angustia, sin certeza de qué seguirá mañana, rostros de dolor, lágrimas en los niños y un “tengo hambre”, le daban a Conchita fuerzas cada día para levantarse temprano y preparar los alimentos que repartía hasta tres veces al día, pues no quería que nadie, menos los niños, durmieran sin alimentos en sus estómagos.

Le dolió ver como gritaban diciendo que lo habían perdido todo, pero no solo lloró con ellos, les dio de comer día con día a quienes no les quedó nada en sus casas.

“Ya llegó Conchita con la comida”, era el grito de niños y mujeres cuando la veían llegar con sus grandes cazuelas, para correr luego luego hacia ella esperando su plato para mitigar el hambre.

Diariamente entregaba cerca de 300 comidas, mismo número de personas quienes comían gracias a su gran corazón; sus guisados eran la morisqueta, albóndigas de pollo, frijoles, queso, verduras con pollo, chicharrón entomatado y duro, coliflor en salsa de crema con queso, pollo en estofado, sopa aguada con huevos duros; todos, con el sazón de una orgullosa cocinera tradicional michoacana.

Agradeció infinitamente a todos y cada uno de quienes la apoyaron con alimentos para poder cocinarles a quienes lo necesitaron, migrantes de Playa Azul se unieron con ella y le mandaban dinero para la compra de lo que necesita para cocinar.

Mucha gente, dijo, hizo recolectas de víveres y me los traían, nuestros migrantes estuvieron brazo con brazo con nosotros, mi familia, mis familiares; todos me apoyaron, y confiaron en mí, yo no me quedé con nada, le dije a una chica que me mandó 500 pesos del norte, si no me los gastos te los regreso.

“Gracias a todos los que apoyaron a esta causa sé que fueron muchos y Dios les multiplicará a cada uno porque él conoce los nombres, quizás yo no me acuerdo de todos los nombres pero el Señor tiene la lista qué jamás se borrara de la lista del Señor, gracias, muchísimas gracias a todos”.

El agua no le impidió llevar “un taco” a los necesitados, no buscó recompensa ni ser reconocida, porque sabe que amor con amor se paga.

Pero no solo cocinó para ellos, también le dio ropa, cobijas y despensas que le llegaban de personas bondadosas como ella.

“Cuando vi tanta desgracia pensé en echarles la mano rápido, en no dejarlos solos, ellos están limpiando sus casas, entonces yo con lo poco que tenía les llevé de comer, ya después nos llegaron los apoyos”.

Fueron diez días de apoyar con su comida, pero Conchita dice que ahí no ha terminado su labor, que sabe que las necesidades están ahí, y que seguirá apoyándolas con lo necesario, que no los dejará, que no quiere ver más las lágrimas de niños y de las mujeres, pidiendo ayuda.