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Caminaba encorvada con la ayuda de su bastón por las calles de la zona rosa, vestía con ropas lujosas pero muy antiguas, iba maquillada  de manera exagerada, intentando darle lozanía a ese rostro marchitado por el tiempo.

Llevaba en el cabello flores, grandes flores de tela deslucidas, y una enorme bolsa donde cargaba su vida.

Los transeúntes que no la conocían la veían con asombró, algunos con desprecio, otros simplemente no la veían, pasaban de largo mientras tapaban su nariz tratando de evitar el olor a orines que emanaba la mujer.

En cambio los que la conocían la veían con admiración, le pedían un autógrafo o la saludaban con cariño, ella no les hacía caso; seguía su camino con su paso lento, mirando con altivez a esos humanos desconocidos que se  atrevían a dirigirle la palabra, sin que ella se los permitiera.

Entrada la tarde cuando el cuerpo le pedía de comer, la mujer de vez en cuando entraba a un restaurante lujoso y le ordenaba al mesero algún platillo acompañado con del mejor vino; si el mesero se negaba a complacer su petición, armaba un enorme escándalo maldiciendo con un vocabulario fino al dueño del restaurante a su progenitora y a su familia completa y salía del restaurante destrozando con su bastón   todo a su paso.

Pero no todos los restaurantes le negaban la entrada, había algunos que la dejaban comer y la atendían como lo que era una: ¡Gran dama! Y entonces  comía, comía despacio degustando cada bocado, tomando delicadamente la copa de vino para llevarla a sus labios pintados de rojo.

Si estaba de buen humor, sonreía a los comensales levantando la ceja coquetamente y hasta brindaba con ellos; al terminar su  comida tomaba su vieja bolsa llena de papeles y plumas, le sonreía al mesero y  salía del restaurante despacio apoyada en su bastón y  sin pagar la cuenta.

Estaba cansada pero tenía que vender sus poemas así que  entraba a un café y empezaba a sonreír a los clientes, preguntándoles: ¿A ustedes les gusta la poesía? 

Si la respuesta era afirmativa,  ella les ofrecía una hoja de papel que tenía un pequeño poema escrito con su puño y letra por unos cuantos pesos. Pero si la respuesta era negativa, la sonriente mujer se volvía una fiera, y les respondía: ¡Qué vas a saber de poesía una gata como tú, si a leguas se ve que eres una iletrada…analfabeta! y salía del café caminado furiosa ante el asombro de todos, para seguir  caminando por esas calles de Dios.

Cuando tenía ganas de orinar, lo hacía en una de las tantas jardineras que había en la zona rosa, y seguía su camino.

Quien la vio, jamás se imaginó que en su juventud esa anciana fue una de las mujeres más bellas de la Ciudad de México, hija de un hacendado, musa de pintores, amante de los hombres más adinerados de México, nada más y nada menos que la undécima musa, la poetisa, la única: Pita Amor …

Fuente y texto: Historias de tierra sagrada, mi México.